El Roig Arena rozó el lleno absoluto —unas 17.000 personas— para recibir a Fito y Fitipaldis en su paso por Valencia dentro del Aullidos Tour. Y no fue un concierto más: fue uno de esos reencuentros colectivos donde el público no solo asiste, sino que forma parte del espectáculo desde el primer acorde.
Desde el inicio quedó claro que esta gira mira de frente al presente. La apertura del show estuvo marcada por las canciones de El monte de los aullidos,el último disco de la banda, que arrancaban con una coreadísima A contraluz. Lejos de sentirse como un bloque ajeno, los temas nuevos convivieron con naturalidad con canciones antiguas como Whisky barato, que Fito fue intercalando desde el principio, recordando que su carrera es un continuo más que una sucesión de etapas.

El ambiente fue, sencillamente, imparable. Todo el auditorio coreaba, saltaba y bailaba cada canción, confirmando algo que no admite discusión: Fito es ya un artista mítico del rock estatal. Da igual el año, el disco o la ciudad; sus canciones pertenecen al imaginario colectivo y se cantan como si formaran parte de la vida de cada uno.
Uno de los momentos más especiales de la noche llegó cuando miles de linternas de móviles se encendieron al unísono, iluminando el Roig Arena durante una de esas canciones que calan hondo, Cada vez cadaver, que resuena como una declaración vital. Un instante íntimo dentro de un recinto gigantesco, de esos que ponen la piel de gallina y bajan el pulso sin perder intensidad.
Además del magnetismo de Fito al frente del escenario, el concierto fue también una demostración del músculo musical de una banda absolutamente engrasada. Carlos Raya, director musical del proyecto, volvió a ser el arquitecto invisible del sonido Fitipaldi: guitarras precisas, matices cuidados y una capacidad brutal para sostener tanto la crudeza rock como los momentos más emocionales. A su alrededor, una formación sólida, elegante y sin protagonismos innecesarios, donde cada músico suma desde la discreción y la excelencia, construyendo un directo potente, limpio y orgánico. No hay artificio: hay oficio, años de carretera y una complicidad real que se nota en cada transición, en cada silencio y en cada crescendo.

La recta final fue, como no podía ser de otra manera, una auténtica traca de clásicos. Ahí Fito sacó la artillería pesada, demostrando que su cancionero sigue siendo infalible y que el paso del tiempo solo ha reforzado su conexión con el público. Cada tema fue recibido como un himno, celebrado con una entrega absoluta.
Más allá del setlist o la puesta en escena, el concierto dejó una sensación clara: Fito es necesario para el rock y para la música en España. No solo por lo que representa como artista, sino por lo que ha significado —y sigue significando— para generaciones enteras. Como él mismo podría decir, muchos damos gracias a quien nos puso su música por primera vez. En mi caso, a mi padre, por ayudarme sin saberlo a construir un gusto musical que, noches como esta, cobra todo el sentido.
Valencia no solo escuchó a Fito y Fitipaldis. Valencia aulló con ellos.






























