El pasado viernes 30 de enero, la sala Razzmatazz se vistió de gala para recibir una de las giras más esperadas del año. No era una noche cualquiera; era el reencuentro de Barcelona con tres visiones distintas del metal, lideradas por tres de las voces femeninas!
La apertura de la noche fue, cuanto menos, sorprendente. No es habitual ver una sala tan concurrida desde los primeros compases del evento, pero la expectación por ver a Charlotte Wessels en solitario era palpable. Acompañada por su banda The Obsession, Charlotte se mostró visiblemente conmovida ante el calor de una audiencia que no ha olvidado su legado. Tras un camino personal y profesional complejo, marcado por una salida abrupta de su anterior banda y un proceso de reinvención no exento de altibajos, este show se sintió como una redención.


Fue una actuación emocional e hipnótica. La química entre la intérprete y sus fanáticos destiló una pureza que rara vez se ve en las giras internacionales. El inicio con la vibrante Chasing Sunsets y la magnética Dopamine atrapó todas las miradas.
Cabe destacar la maestría de Timo Somers, cuyos solos de guitarra, tan técnicos como llenos de alma, envolvieron el recinto. La épica se tornó humana al ver a su batería, quien pese a comparecer con muletas y actuar con evidentes limitaciones físicas, entregó un set impecable que salvó el bolo con una dignidad admirable. El cierre con The Exorcism terminó por elevar el concierto a la categoría de culto, dejando en el aire una certeza: Charlotte tiene entidad de sobra para regresar muy pronto como cabeza de cartel absoluta.
Charlotte Wessels
Con el ambiente ya caldeado, Amaranthe saltó al escenario para demostrar por qué son una de las bandas más sólidas del circuito actual. Su propuesta es una apuesta segura: un setlist diseñado con precisión quirúrgica y una coreografía escénica donde nada queda al azar.


El trío vocal —combinando guturales, voces limpias masculinas y la potencia de Elize Ryd— insufló vida a ese «metal popero» tan característico. Es una mezcla adictiva de sintetizadores, ritmos machacones y estribillos de estadio que logra doblegar incluso al espectador más purista. Su paso por Razzmatazz fue una inyección de adrenalina pura, sirviendo como el puente perfecto hacia la oscuridad sinfónica que estaba por venir.
Amaranthe
El broche de oro, como no podía ser de otra forma, lo puso Epica. Los holandeses decidieron romper con lo establecido desde el primer segundo. El inicio con Apparition fue una declaración de intenciones: una Simone Simons etérea y misteriosa aparecía al fondo del escenario, cubierta por un velo negro que le confería una cualidad casi espectral.
A partir de ahí, la banda nos embarcó en un viaje cronológico de contrastes. La agresividad de Martyr of the Free Word rescató la esencia del aclamado Design Your Universe, recordándonos por qué son los reyes del metal sinfónico extremo. Sin embargo, el concierto también tuvo momentos de una belleza sobrecogedora; el set acústico de Tides of Time y la interpretación de Unleashed empaparon de nostalgia a los veteranos, creando un equilibrio perfecto entre la fuerza bruta y la delicadeza.


Apostaron fuerte por su material más reciente, destacando las composiciones de su álbum Aspiral. Temas como la imponente Fight To Survive o la compleja y progresiva The Grand Saga of Existence demostraron que la banda sigue en estado de gracia compositivo. No obstante, el respeto por su discografía clásica quedó patente con joyas como Never Enough y The Last Crusade. Todo este despliegue sonoro estuvo respaldado por una puesta en escena impactante, con una arquitectura de luces y pantallas que transformó Razzmatazz en un templo visual dinámico y moderno.


El clímax final llegó con Beyond the Matrix, ese nuevo clásico que incita al salto colectivo y que siempre garantiza una explosión de energía en la pista. Sin embargo, la despedida dejó un sabor de boca agridulce: fue algo fría y breve, dejándonos con esa sensación de «querer más» tras un despliegue de tal magnitud. Pese a ese cierre algo abrupto, el balance general es incuestionable: ha sido uno de los mejores directos de Epica en general, una noche donde Barcelona volvió a rendirse ante el poder del metal sinfónico.

































