hubris. y Maya Ongaku convierten el 16 Toneladas en un viaje entre el post-rock, la psicodelia y la mitología.

En la Antigua Grecia, hubris era sinónimo de soberbia. En Valencia, sin embargo, es sinónimo de post-rock capaz de llevarte a otros lugares, ya sea a través de la mitología griega, como en sus antiguos trabajos, o, como ocurre en su nuevo álbum White Shores, a ese viaje que, según la literatura de J. R. R. Tolkien, emprendemos cuando llega la hora de dejar este mundo.

Y es que hubris. acaba de arrancar su nueva gira, y sí, se escribe con h minúscula y punto al final. No es que se me haya ido el teclado. La gira comenzó en su Friburgo natal, el de Suiza, no el alemán, y desde allí, carretera y furgo mediante, fueron recorriendo Francia, haciendo alguna parada para descansar y, de paso, dejar algún bolo por el camino, hasta llegar a Valencia para ofrecer el primero de los cuatro conciertos que tienen programados en España.

Pero hubris. no llegó solo a Valencia. Le acompañaron los japoneses Maya Ongaku, un trío que se mueve entre la nueva psicodelia y el folk cósmico. Llegué a su concierto sin haberlos escuchado previamente, algo que hice aposta. No quería llegar con ninguna idea preconcebida; prefería plantarme delante del escenario y ver qué eran capaces de ofrecerme.

Y lo primero que pensé es que tres músicos pueden ocupar mucho espacio. El escenario del 16 Toneladas se les quedó pequeño entre teclados, sintetizadores y un suelo con más pedaleras que personas hay en el metro de Tokio.

El 16 Toneladas estaba casi lleno, un muy buen dato para ser martes por la noche, y además con bastante público que no hablaba precisamente la lengua de Cervantes. Se apagaron las luces, dejó de sonar la música de fondo y Maya Ongaku salió al escenario para empezar a llevarnos de viaje al espacio con Hisoku Blue. Daba gusto mirar hacia atrás y ver al público con los ojos cerrados, moviéndose al ritmo de la música como si estuvieran en trance. Hasta me daba cierto reparo moverme entre la gente para buscar distintos ángulos; no era cuestión de ser yo el que despertase a nadie de aquel viaje.

La verdad es que no es un género al que esté demasiado acostumbrado, pero la experiencia me gustó mucho. Por momentos parecía estar en Japón y, en otros, directamente en el espacio. Todo sonaba muy bien y, sobre todo, muy suave. Tanto que hasta tuve que quitarme los tapones, algo que no suelo hacer precisamente en un concierto.

Había poca voz y mucha atmósfera: psicodelia, una guitarra limpia, toques de saxofón y flauta travesera y ni rastro de batería. Una propuesta muy relajante, de esas que te hacen bajar las revoluciones y simplemente dejarte llevar. Y había algo que me llamó especialmente la atención: el silencio. La sala estaba completamente en silencio, no se escuchaba ni un murmullo. Todos, absolutamente todos, estaban en trance. Me alegro de habérmelos encontrado en el camino.

Después del cambio de escenario más rápido que he visto en mi vida —y eso que había unos cuantos cables y cacharros que sacar de allí— llegó el turno de hubris.

Hace mes y medio no sabía ni que existía esta banda. Vi el anuncio de la gira en Instagram y pensé: ¿por qué no? A mí me gusta el metal moderno, pero es verdad que de joven tuve mi pequeño coqueteo con el post-rock gracias a la banda sonora de mi serie favorita, Friday Night Lights, que corría a cargo de Explosions in the Sky. Así que decidí darle una oportunidad a hubris. y la cosa se me fue un poco de las manos: llevo un mes escuchándolos a diario. En el coche camino del trabajo, en la ducha y hasta haciendo deporte. De hecho, White Shores dura más o menos lo que tardo en hacer seis kilómetros. La media no es precisamente para presumir, pero oye, mejor que estar en el sofá. Se podría decir que son mi crush de este año.

Mi primera sorpresa llegó cuando salieron al escenario tres músicos. En mi cabeza eran cuatro, pero Matt Grillet, uno de los guitarristas, no ha podido incorporarse a esta gira por prioridades personales. Tocaba comprobar cómo funcionaría en directo el disco con un miembro menos.

Y empezaron justo como me lo imaginaba: Death e Is, las dos primeras canciones de su nuevo álbum. Y digo canciones porque hubris. ha dividido White Shores en seis cortes: Death, Is, Just, Another, Path I y Path II. Cada uno es una pieza de un mismo puzzle y están pensados para escucharse prácticamente como una única obra, sin apenas cortes entre tema y tema. Algo que se nota especialmente al comienzo del disco, donde Death e Is parecen más dos partes de una misma canción que dos temas independientes. Y es que no concibo escuchar la segunda sin antes poner la primera. Is es mi canción favorita del nuevo álbum, con ese comienzo tan cinematográfico que poco a poco va creciendo hasta romper al final. Podría escucharla una y otra vez sin cansarme, pero eso sí, siempre con Death antes. Si me la saltas, tenemos un problema.

Y es que, además, sonaron de maravilla en la sala. Y no lo digo por hacerle la pelota a Pablo, el técnico de sonido, con el que además he currado en otros bolos. Si algo suena bien, también hay que decirlo, y si los pelos se me pusieron de punta y llegue a emocionarme, eso es porque sonaba.

Cambiamos de tercio y nos metemos de lleno en la mitología griega con Heracles y Shade and Gloom, dos temas de unos nueve minutos que se cocinan a fuego lento, como las cosas buenas. Aquí no hay prisa por llegar a ningún sitio: las canciones van creciendo poco a poco, sumando capas y tensión hasta que todo acaba encajando. Nueve minutos pueden parecer muchos sobre el papel, pero cuando la música está bien construida, pasan bastante más rápido de lo que uno espera.

Y para terminar eligieron Of Light, de su anterior trabajo, once minutazos que fueron creciendo hasta desembocar en un final apoteósico, con el trío suizo dejándose todo sobre el escenario.

En El Señor de los Anillos, Gandalf reconforta a Pippin asegurándole que la muerte no es más que otro camino: death is just another path. Una frase que no solo da sentido al concepto de White Shores, sino que también parece hecha a medida para describir lo que acabábamos de vivir. Durante buena parte del concierto, los pasajes instrumentales de hubris. parecían llevarnos precisamente hacia esa Blanca Orilla.

Y qué gusto da ver una sala como el 16 Toneladas casi llena un martes para ver a una banda de post-rock. A veces parece que para vivir un concierto inolvidable hay que gastarse 200 euros en un macrofestival, pero tardes como esta demuestran que no hace falta tanto. Una sala, una buena banda, un buen sonido y ganas de disfrutar. Con cosas mucho más sencillas también se pueden vivir grandes conciertos y salir de allí con la sensación de haber descubierto algo que merece la pena.