Crónica y pulso de una noche histórica en Valencia, donde las arterias musicales de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota cruzaron el océano para sanar el hambre de rock.
La espera se hizo larga. Larguísima. De esas que te muerden los talones en las noches frías, del olor a asfalto húmedo y de esa baranda a sudor y libertad que solo se respira en nuestros antros. Fueron años de mirar videos viejos, de atesorar canciones como si fueran la única bandera que nos queda en la valija, añorando un pedazo de ese suelo. Pero el calendario, que a veces es sabio y otras es cruel, esta vez nos dio una tregua. Llegó el día. Porque sí, loco: Patricio Rey, o la sangre viva que todavía le late en las venas, pisó el Viejo Continente. Llegaba La Kermesse Redonda.

Ahí estábamos. Una marea de hambrientos. Tipos y minas que cruzaron el charco y que hoy estamos acá, pero con el corazón clavado allá. Hambrientos de ese rocanrol con olor a patria, a verdad y a resistir. La Sala Madison de Massanassa no era España; esa noche fue una sucursal del sentimiento argentino. Y de golpe, mirás a los costados y te estalla la cabeza. Algo pasó, hermano. Algo hicieron estos tipos que desafía a la ciencia y a la lógica del tiempo. Los que ya pasamos la barrera de los 50, los que gastamos las topper en las calles y llenamos los estadios de los 90, ahí metidos, hombro con hombro, cantando a los gritos con pibas y pibes de 20… ¡o menos! ¿Cómo se explica que un pibe que no había nacido cuando la banda se rompió llore con la misma intensidad que vos, que yo? No se puede. Hay misterios que nacieron para no ser explicados, sino para ser vividos a flor de piel. Y punto.
La oscuridad se tragó el murmullo y el aire se puso espeso. No arrancó una guitarra, no golpeó una batería. Arrancó la palabra. La silueta del Chino Laborde se plantó en el escenario y su voz trajo el primer gran tajo de la noche. Fue un monólogo cortante, poético, marginal. En el ambiente, flotando entre el humo y las luces bajas, sobrevolaba el espíritu indomable de Enrique Symns. Ese viejo zorro de la contracultura, el profeta de las tinieblas ricoteras, metiéndose en los pulmones de cada uno de los que estábamos ahí. Un nudo en la garganta, ciego y sordo, nos apretó a todos. Era el recordatorio de que esto no es una fiesta de cotillón; es poesía y es trinchera. Y también es calle.
Pero el Chino no estaba solo en esa invocación. En el centro del escenario, Sergio Dawi hacía sonar el saxo, dialogando con las palabras, metiendo esos lamentos dorados que te entran por los oídos y te desarman el pecho. Cada nota de Dawi era una firma, una forma de decir «sí, es verdad todo lo que les estamos contando». Y mientras el dolor y la poesía nos anestesiaban, Semilla Bucciarelli se plantaba entre las sombras, a la derecha del escenario. Quietito, firme como un tótem, nos miraba fijo. Y nosotros a el, hermano.
Y justo ahí, después de ese golpe al corazón, cuando las lágrimas ya ganaban el partido, se terminó la tregua y nos tiraron un camión de frente. Arrancó Cabrera con Nuestro amo juega al esclavo. Olvidate de las sutilezas, hermano: entramos fuerte, fuerte de verdad. Sergio al frente reventando al saxo, Semilla custodiando la derecha con el pulso sagrado del bajo, y Cabrera parado a la izquierda escupiendo las verdades más crudas. Atrás, sosteniendo los trapos de la demolición, Hernán Aramberri manejaba los parches como el tiempista descomunal que es. Al mismo tiempo, en los teclados, Mariano Pirato se volvía infaltable, creando los climas que te meten adentro de la caverna ricotera. Fue en ese segundo milagroso, mientras la sala se iluminaba con la violencia del rocanrol, donde vino el zarpazo político, cultural y humano: Sergio dio un paso al frente y sacó un trapo que rezaba, con letras de fuego: «LA PATRIA NO SE VENDE». El foso de fotógrafos pasó de ser un lugar de laburo a convertirse en la primera línea de fuego de una batalla hermosa. Las cámaras me temblaban y el cemento crujía bajo las zapas.
A partir de ahí, el show se transformó en un ida y vuelta asesino. Cabrera y el Chino Laborde se iban turnando el micrófono, como dos boxeadores que se pasan la posta para seguir demoliendo al rival. Cabrera se metio en el alma de la sala metiendo un violento e inolvidable Me matan Limón. Mientras todo explotaba a nuestro alrededor, Tito Fargo, el tipo que estuvo en los cimientos de Gulp! y Oktubre, llevaba el sentimiento metido bien adentro. Abajo era un manicomio, pero él seguía ahí, inmutable, dándonos cátedra de riffs sin necesidad de firuletes demagógicos. Y ahí nomás, metido atrás de Semilla como un verdadero custodio del sonido, con gafas negras e inmutable, estaba Oscar Kamienomosky, metiendo la rítmica perfecta que nunca falla.
Y si de mística e historia viva hablamos, la Madison se terminó de venir abajo cuando sonaron los acordes de Masacre en el puticlub y apareció un invitado de lujo, un prócer de las trincheras ochenteras: el Gonzo Palacios. Sí, nene, el mismísimo tipo que soplaba el saxo alto en La dicha en movimiento de Los Twist subió a la cancha a tirar magia. Otra bestia de nuestro rock poniendo el lomo y el aire de sus pulmones para que el viaje en el tiempo fuera completo.
El golpe al mentón definitivo, el que rompió todos los diques emocionales, vino cuando el Chino se calzó la corona para regalar Juguetes Perdidos que flotó como un estandarte. Ahí metido, con el lente pegado a la realidad, vi la postal de la noche, esa que ninguna crónica de diario careta te va a poder contar: un pibe de veinte años que se puso a llorar desarmado, quebrado por completo; y al lado, otro pibe que no lo conocía de ningún lado, lo agarró, lo abrazó fuerte contra el pecho y lo contuvo, salvándolo de la tormenta. Todo eso pasaba abajo mientras arriba el Chino bramaba, desgarrándose y desgarrandonos, y nos soltaba la bendición final para los desterrados: «Son pájaros de la noche que oímos cantar y nunca vemos…».
Y en medio de esa marea de sentimientos, justo después de que Juguetes perdidos nos dejara el corazón latiendo en carne viva, apareció ella. Leticia Lee subió al escenario a poner lo que hay que poner. Con una estampa guerrera indestructible, plantándose frente al micrófono con la prepotencia de los que llevan el rock en la sangre, Leticia soltó las fieras y terminó de encender el huracán para que la fiesta fuera total, indomable y absoluta. No vino de invitada a cumplir con el libreto; subió a morder las tablas y a recordarnos, con esa voz que te arranca la piel, por qué este sentimiento nos sigue doliendo y salvando al mismo tiempo.
A partir de ahí, la noche fue transcurriendo en una ráfaga de puñaladas directas a la memoria: sonaron Nadie va a escuchar tu remera, Todo un palo, El pibe de los astilleros y la melancolía flotante de Canción para naufragios. Y amagaron con irse… pero ¿a dónde nos vamos? No nos vamos nada, loco. De la Madison no se movía nadie hasta que no llegara el momento definitivo, el que justifica los mapas rotos y las valijas llenas de exilio.
Y llegó. El riff maldito, el latigazo eléctrico. Apareció Jijiji y el pogo más grande del mundo se materializó en la Madison de Valencia, a 13.000 kilómetros de casa.
Ahí abajo se desató el mismísimo infierno de la felicidad. Una marea humana flotando, saltando, chocando hombro con hombro, llorando y gritando para ganarle la pulseada a la distancia. El pibe lloraba, el otro lo abrazaba, el Chino bramaba, Leticia incendiaba el aire, Tito, Oscar, Mariano y Hernán sostenían el templo y el saxo de Dawi volvía a rugir como un animal acorralado. Bajé la cámara porque los ojos ya no me dejaban enfocar, pero no hacía falta: esa postal se quedó a vivir en mi retina para siempre. Nos miramos entre todos y entendimos el mensaje silencioso que flotaba en el aire. No importa los kilómetros, no importa el océano, no importa la distancia: esto está en nuestras manos, nene. Y el rocanrol, por suerte, sigue siendo nuestro único refugio. Ya no puedo escribir mas….
Nos vemos en otra, Que Sea Rock!
Crónica y fotografía de un náufrago ricotero en Valencia.




























