Estamos de vuelta…. y en lucha

Hay noches en las que uno agradece tener un visor entre el ojo y la realidad, aunque solo sea para que no se noten los nervios en las manos. El 9 de octubre de 2026, fue una de esas noches. Mi estreno absoluto fotografiando a Vetusta Morla coincidía con mi primera vez pisando esa mole imponente que es el Roig Arena de Valencia. El veredicto antes de disparar: un coliseo espectacular, un templo de vanguardia sónica que parecía esperar la descarga de los madrileños tras dos años de silencio y parón. No cabía un alfiler; más de 14.000 personas apretadas, empujando con la respiración contenida en un reencuentro que se vaticinaba histórico dentro del tour «Gira de vuelta. Canciones de ida».

Desde el foso, con los equipos preparados, la arquitectura escénica ya me avisaba de que esto no iba a ser un concierto al uso. Qué despliegue. Rompiendo con las geometrías aburridas, plantaron la batería hacia el lateral izquierdo, dejando la percusión al flanco derecho, mientras el bajo y la guitarra blindaban la retaguardia. Y en medio de esa trinchera sónica, Pucho, plantado en el centro del escenario y por delante de todos. Capturar esa disposición ya era un festín para cualquier fotógrafo, pero el verdadero dolor de cabeza —y la delicia visual— fue lidiar con un traveling implacable, una cámara en órbita constante que no paraba de girar por fuera de ellos, devorando el espacio exterior del escenario en un bucle infinito para registrar el ritual cinematográfico.

La banda no entró a especular ni a vivir de la nostalgia. Abrieron fuego clavando la bandera del futuro con cuatro canciones inéditas que anticipan su próximo trabajo discográfico. Pero el verdadero impacto visual y conceptual llegó de golpe: durante las tres primeras canciones, Pucho cantó completamente de espaldas al público, mirando fijamente a sus compañeros, como si se tratase de un ensayo privado en el salón de su casa, ignorando la inmensidad del pabellón para encerrarse en su propio núcleo creativo.

Ver los rostros de la gente desde el foso mientras asimilaban esa estampa mística y escuchaban los acordes de la recién parida «Bailar en Beirut» ,lanzada ese mismo día, o la crudeza de «Si vuelves», junto a «Mi colección de duelos» y «De alguna forma», fue un ejercicio de puro fotoperiodismo musical. Vetusta demostró en esos primeros compases que no vuelve para arrastrarse por los escenarios, sino para romper las reglas del juego.

A partir de ahí, Pucho se giró hacia la masa y la comunión eléctrica fue total, pero la banda no solo utilizó los micrófonos para cantar; los usaron como altavoces de la calle. El grupo no se escondió detrás de las melodías y lanzó tres proclamas demoledoras desde el escenario, monumental puesta en escena con unos cenitales en rojo increibles. Reivindicaron de forma tajante un pacto climático urgente, mostraron un apoyo total y explícito a Palestina, y cerraron filas con un respaldo incondicional a las acampadas por la vivienda que en estos momentos están tomando las plazas de España. Un baño de realidad política cada vez menos frecuente en el mainstream.

El repertorio continuó en un despliegue monolítico que recorrió las diferentes etapas de su trayectoria, destrozando los obturadores de mis cámaras. La épica de «La deriva», la rabia contenida de «Golpe maestro», la cadencia de «Maldita dulzura» y trallazos como «Mapas», «Finisterre», «Valiente» o «La cuadratura del círculo» mantuvieron la caldera a máxima revolución. Entre ráfaga y ráfaga de fotos, el sonido del recinto demostró una pegada impecable, envolviendo las composiciones de siempre y los nuevos experimentos que dejaron caer, como el estreno absoluto de «No dirás que no».

Tras más de dos horas de liturgia laica, sudor y compromiso, llegó el espacio para el bis, donde la banda volvió a desafiar al respetable estrenando otra pieza inédita: «El campo de violín». La traca final y el broche de oro llegaron con una celebración colectiva de sus temas más emblemáticos. Ver desde mi lente las miles de manos alzadas rozando el techo del Roig Arena con la emoción a flor de piel durante el tramo final de «Consejos de sabios», «Copenhague» y «Los días raros» fue la confirmación absoluta. La nueva era de Vetusta Morla ya es un hecho inobjetable y el Roig Arena, su primer gran templo conquistado a base de canciones y verdades.