Una noche de nostalgia, guitarras y emociones compartidas en la que Dani Martín celebró su trayectoria repasando las canciones que han marcado a varias generaciones.

 

Hay conciertos a los que vas a escuchar canciones y otros de los que sales con la sensación de haber viajado unos cuantos años atrás. Lo de Dani Martín en su cuarto Roig Arena de Valencia fue un poco de ambas cosas. Una noche para cantar, saltar, recordar y, en algún momento, darte cuenta de que aquellas canciones que escuchabas en la adolescencia siguen hablando de ti, aunque ahora las escuches desde otro lugar.

El aniversario merecía una celebración a la altura, y Dani Martín se encargó de que no faltaran motivos para hacerlo. Desde que arrancaron los primeros acordes de Zapatillas, después de una introducción muy emocionante recordando al gran Robe Iniesta, a quien hizo varios guiños durante el concierto, quedó claro que aquello iba a ser una fiesta. De las de cantar hasta quedarse sin voz, de las que convierten un recinto lleno de gente en una sola garganta. El repertorio, que alternó su carrera en solitario con los grandes himnos de El Canto del Loco, fue construyendo un recorrido por distintas etapas de una trayectoria que forma parte de la memoria musical de toda una generación.

Y es que hay algo especial en escuchar en directo canciones que llevan tantos años contigo. Volverá, Canciones, Desaparece, Vuelve o Besos fueron poniendo sobre la mesa ese legado compartido, el de una banda que consiguió convertir sus historias en las de miles de personas. Con Tal como eres, A contracorriente, Son sueños y Puede ser, la sensación era la de estar recuperando recuerdos que, en realidad, nunca se habían marchado del todo.

Uno de los detalles que dieron personalidad a la noche cuando subió al escenario Oli Gutiérrez el hijo de Rulo, de Rulo y la Contrabanda, para tocar la guitarra. Un gesto que conectó distintas generaciones del rock nacional y que encajó perfectamente con el espíritu de una celebración en la que el pasado y el presente compartieron protagonismo.

A lo largo del concierto, la banda sonó con una contundencia que acompañaba perfectamente la voz y la energía de Dani. En algunos momentos, la presencia de cinco músicos de cuerda amplió el sonido, aportando una dimensión distinta a las canciones y envolviendo el repertorio en una intensidad especial. El Roig Arena, por su parte, volvió a demostrar lo bien que puede responder un recinto cuando todo encaja: el sonido fue espectacular y permitió disfrutar de cada matiz sin perder la fuerza que exige un concierto de estas características.

Pero si algo definió la noche fue la capacidad de Dani para hacer que un recinto de estas dimensiones pareciera mucho más cercano. Entre canciones que ya son parte de la historia sentimental de varias generaciones, hubo momentos para bajar las revoluciones y acercarse todavía más al público. La suerte de mi vida y Peter pan cantadas desde la grada, mezclado entre la gente, fue uno de ellos. Verlo ahí, rodeado de quienes habían ido a cantar sus canciones, rompía por un momento la distancia entre escenario y público. Ya no había grandes pantallas ni un recinto enorme: solo una canción compartida por miles de personas.

Quizá fue el momento más difícil de vivir desde la distancia que uno intenta mantener cuando escribe sobre música. Escucharla allí, rodeado de miles de personas que probablemente también guardan sus propios recuerdos ligados a ella, tuvo algo de golpe inesperado. No hizo falta que ocurriera nada extraordinario sobre el escenario. Bastaron las canciones, el momento y esa sensación tan familiar de que el tiempo pasa mucho más deprisa de lo que nos gustaría. A veces, una letra que llevas años cantando de memoria adquiere un significado nuevo sin que hayas cambiado una sola palabra. O quizá has cambiado tú.

Y eso también es lo bonito de los conciertos: descubrir que una canción puede seguir acompañándote, aunque ya no seas la misma persona que la escuchó por primera vez.

La recta final continuó con El último día de nuestras vidas e Insoportable, cerrando una noche en la que hubo espacio para la euforia, los recuerdos y esa emoción difícil de explicar que aparece cuando la música conecta directamente con algo que llevas dentro. Dani Martín celebró su aniversario recorriendo su historia musical sin olvidarse de quienes han estado ahí durante todo el camino. Y lo hizo con la naturalidad de quien entiende que las canciones no terminan cuando acaba el disco ni pertenecen únicamente a quien las escribió.

Al salir del Roig Arena, quedaba la sensación de haber asistido a algo más que un repaso de grandes éxitos. Había sido una celebración de todo lo que permanece, incluso cuando parece que ya nada volverá a ser como antes. De las canciones que sobreviven a las modas, de los recuerdos que regresan al escuchar los primeros acordes y de esa extraña capacidad de la música para devolvernos, durante unos minutos, a una versión anterior de nosotros mismos.

Dani Martín demostró en Valencia que su repertorio sigue teniendo esa fuerza. Y que crecer no significa dejar atrás todo lo que fuimos, sino aprender a escucharlo de otra manera.

A veces basta con volver a cantar Peter Pan para entenderlo.