Tenía pendiente reseñar el último disco de Nogato, pero me costaba dar el paso: temía no hacerle justicia a una banda a la que le tengo tantísimo cariño. El tiempo ha pasado, y ya lleva un buen rato sonando de fondo en casa.
Ayer tuve la suerte de, después de seis años, volver a verlos junto a los Boys Kissing Boys. Desde aquel maravilloso concierto con Isla Canela y Mentah, joder, cuánto tiempo ha pasado. La sala en la que tocaron (la mítica Nave) ya no está, porque Renfe ha iniciado su macroreforma y ya no existen esos pequeños edificios antiguos de la estación.
Así que, si me permitís, más que hablaros canción por canción de su increíble último trabajo, me gustaría extenderme con una reflexión.
Yo también he cambiado. He vivido muchas cosas y, por el camino, he aprendido también de mis errores. Desde luego, he ganado unas cosas y perdido otras. Pero, de fondo, me han acompañado (entre otras bandas) mis queridos Nogato.
Cuando escuché Lo que he ganado, lo que he perdido por primera vez, pensé: qué disco más bonito. Su música, sin darte cuenta, se te queda calada; te emociona. Nunca olvidaré cómo me removió la primera vez que escuché Al otro lado del andén.
Pero en directo siempre es otra cosa: todo es más intenso, ese primer acorde que barre con todo, esa energía desbordante y la gente gritando a pleno pulmón. Porque Reactor Mako suena mejor cuando todos gritamos al unísono.
Esta anécdota que voy a mencionar ya la he contado miles de veces, pero la repetiré tantas como haga falta, porque es de esas historias que atesoraré siempre. La primera vez que iba a escucharlos tocar fue en el sótano de un bar que aún sigue en pie, La Maleta. Pero, al poco de estar tocando otra de las bandas, Playa Desmayo, vino la policía a echarnos por el ruido. Tras una serie de casualidades y movidas varias, acabamos en la asociación okupa La Insumisa (que tampoco existe ya), donde hicieron un acústico para recordar.
Las cosas vienen y van, pero ayer pude gritar una vez más Solo Aquí y El Arrepentimiento. Porque, a veces, un viernes después de una semana de mierda, lo único que necesitas es ver en directo a tu grupo emo-punketa-japo de confianza y gritar. Gritar mucho, hacer pogo e irte a casa hecho un trapo sudado, pero feliz. Porque, aunque muchas cosas cambien, la música va de esto: de grupos que se hacen importantes y te acompañan durante tu vida.







