En la tradición celta gaélica, “keening” es la palabra para definir la tradición sagrada de lamentar a los difuntos, de carácter prácticamente femenino, y muchas veces acompañado de versos o melodías.
En torno a esta ancestral forma de expresión se inscribe el proyecto de The Keening, concebido por Rebecca Vernon (SubRosa), que se presentó en el escenario de la sala Nazca de Madrid el pasado viernes con una propuesta de folk gótico. Se desmarca así del sonido más doom de su banda anterior, erigiéndose en un proyecto musical notablemente elaborado y maduro, integrado por una amplia y sofisticada variedad instrumental.
Con un sonido que se mueve entre la luminosidad, la melancolía y la tragedia, Vernon despliega varias piezas de su único trabajo hasta la fecha, Little Bird, como Autumn, Eden, Little Bird, The Hunter I, The Hunter II, y aprovecha para incluir un homenaje a la delicada situación actual en Palestina.

Resulta una elección interesante, cuando menos, que una banda como Bell Witch, considerada por muchos como “funeral doom”, sea precedida por un grupo de dark folk con un sonido casi totalmente distinto, pero resonando en algún modo con conceptos relativos a la tragedia.

Tras aplausos, petición a la banda de tocar un tema adicional (y negación por parte de Vernon argumentando la extensa duración del único tema que no habían interpretado –The Truth, de más de 17 minutos-), entran dos músicos al escenario a afinar sus instrumentos, casi a modo de interludio. Se acompañan de luces añil y una suave melodía ambiental.

El anterior y aclamado trabajo de Bell Witch, Mirror Reaper, fue lanzado poco después de la muerte de su ex miembro Adrian Guerra en 2016, e incluye voces grabadas por él. Este trabajo comparte, de forma cohesionada, los 83 minutos de duración de su sucesor, Future’s Shadow 1: The Clandestine Gate (2023). Una única composición dividida en tres movimientos y que evoca las estructuras de la música clásica. Bell Witch lleva interpretando íntegramente en vivo el mencionado trabajo desde su lanzamiento, incluyendo el concierto objeto de esta crónica.

The Clandestine Gate se erige como el comienzo de un tríptico (Future’s Shadow) que, según han comentado en entrevistas, gira en torno al concepto de prisión o de purgatorio, de estar atrapado en algo de lo que no se puede llegar a escapar, que culminará con una tercera pieza que hace referencia a la primera, cerrando el círculo y representando el pasado, presente y futuro (donde, de alguna forma, el presente siempre será representado como purgatorio).
La idea de prisión se entrelaza aquí con la del eterno retorno, un concepto ampliamente presente en diversas tradiciones y corrientes filosóficas. Para la alquimia, por ejemplo, este eterno retorno (simbolizado a través del Uróboros) representaba la lucha perpetua; pero también el renacer eterno. La destrucción y la reconstrucción. En palabras de Carl Jung, este es el símbolo de la inmortalidad, puesto que el uroboros se mata sí mismo y se trae a la vida, se fertiliza y se da a luz.

Como en un ciclo de muerte y renacimiento, acorde con esta narrativa conceptual, The Clandestine Gate inicia y concluye con un lamento fúnebre de órgano que impregna la sala de un silencio absolutamente solemne. En el escenario solo podemos ver a Dylan Desmond y Jesse Shreibman. El primero porta un bajo de siete cuerdas, y Shreibman está al cargo de la batería, un teclado de pedales, un gong, y una campana tubular.
De fondo, se proyectan imágenes que parecieran remitir a otros planos de existencia, de carácter casi onírico. Hay una mujer caminando por un desierto, velas, una cascada. Existe cierta narrativa, una intención de contar una historia sin palabras.

El sonido es una sucesión de segmentos interconectados que comienzan con un riff al que se le van sumando sonidos, y esta sucesión se contrae y se expande, baja y se eleva, de forma circular.
The Clandestine Gate remite a planos donde no se despliega una concepción lineal del tiempo. Pasan casi 45 minutos hasta que podemos escuchar una voz, unos gritos que nos anclan a un plano más terrenal, para luego incrementar la potencia del sonido y volver a elevarlo (como reza un precepto alquímico, “de la Tierra al Cielo, y, luego, nuevamente desciende a la Tierra”). Es la plasmación de una idea ensamblada y compleja, con una variedad notable de texturas y paisajes sonoros, tan profunda que logra una completa inmersión donde efectivamente los 83 minutos de duración del concierto transcurren de forma distinta, como una mera imagen mental dilatada en el tiempo.
La sucesión cíclica de sonidos procede a atenuarse pasada una hora desde el inicio del concierto, y poco a poco, el órgano regresa para volver a conectar el final con el principio y formar este ciclo que en realidad no tiene principio ni fin. Y tras un silencio sepulcral de la totalidad de la sala, los músicos abandonan el escenario entre aplausos.







