Rock am Ring 2026 Día 2: cuando el festival empezó a sentirse como hogar
Después de un primer día marcado por las prisas, las carreras entre escenarios y la constante sensación de estar descubriendo un lugar nuevo, la mañana del sábado comenzó de forma muy diferente. Con el mapa del recinto ya aprendido y las distancias mucho más claras, Rock am Ring empezó a sentirse menos como un desafío logístico y más como un hogar temporal para los siguientes días.
La ansiedad de perderse algo importante había desaparecido casi por completo. Por primera vez desde mi llegada al Nürburgring, los desplazamientos entre escenarios dejaron de ser una incógnita y se convirtieron en parte natural de la experiencia. Esa familiaridad permitió disfrutar del festival desde otra perspectiva, prestando más atención a lo que ocurría alrededor: las conversaciones entre desconocidos, los campamentos cada vez más personalizados y las miles de personas que ya se movían por el recinto con la misma confianza de quien lleva allí una semana.
Y fue precisamente esa sensación de comodidad la que acompañó una segunda jornada que volvió a demostrar la enorme variedad que puede ofrecer Rock am Ring. Desde artistas que llevan décadas dejando huella hasta bandas que hoy representan su evolución más reciente.
De los héroes locales a los gigantes del festival
La primera parada del día fue en el Orbit Stage junto a Max Grimm. Aunque para muchos asistentes internacionales podía tratarse de un descubrimiento, bastó observar durante unos minutos lo que ocurría para entender el vínculo que existía entre el artista y buena parte del público. Las canciones eran recibidas como si se tratara de viejos conocidos y, entre tema y tema, era imposible no fijarse en pequeños momentos que reflejaban la cercanía y la sensación de comunidad, como un rowing pit que terminó arrancando sonrisas tanto a quienes participaban como a quienes observaban la escena desde la distancia.

Más allá de la música, fue uno de esos conciertos que recuerdan la importancia de reservar espacio para artistas locales en festivales de esta magnitud. Porque mientras algunos descubrían nuevas propuestas, otros tenían la oportunidad de ver cómo uno de los suyos compartía cartel con algunos de los nombres más destacados del fin de semana.

Nuestra siguiente parada fue Paleface Swiss en el Mandora Stage. Había tenido la oportunidad de verlos a comienzos de año en Razzmatazz 2, por lo que llegué al concierto con una referencia muy reciente de cómo suenan en una sala. Sin embargo, igual que me había ocurrido el día anterior con Architects, volví a encontrarme con la misma sensación: una banda puede ser exactamente la misma sobre el papel y, aun así, parecer completamente diferente dependiendo del entorno.
Puede sonar obvio tratándose de un festival del tamaño de Rock am Ring, pero ver a Paleface Swiss en un escenario de estas dimensiones fue una experiencia distinta a la de una sala. La escala del recinto, la respuesta del público y la energía transformaron canciones que ya conocía en algo nuevo, como estar viendo dos bandas distintas.

También ayudó el hecho de que Zelli se dirigiera al público en alemán. Esa cercanía lingüística parecía reforzar todavía más el vinculo con los asistentes. Con un set reducido, el repertorio combinó algunos de los temas más reconocibles de su trayectoria, como The Orphan y And With Hope You’ll Be Damned, con material de The Wilted, publicado este mismo año, incluyendo Let Me Sleep y Everything Is Fine.
Los siguientes en ocupar el Mandora Stage fueron Bilmuri, una de las bandas que más ganas tenía de ver durante el día. Su propuesta siempre me ha parecido diferente dentro de una escena que a veces puede caer en ciertas fórmulas, gran parte de su encanto reside precisamente en esa capacidad para no tomarse demasiado en serio a sí mismos sin que ello reste calidad a la música.

Johnny Franck salió acompañado por una banda cuyos integrantes parecían tan protagonistas como el, la saxofonista se robo el show, cada una de sus intervenciones era recibida con entusiasmo y aportaba una personalidad muy particular a canciones que ya de por sí escapan de los límites habituales del género. También resultaba interesante detenerse a observar a los demás músicos sobre el escenario.

Desde una bajista que aportaba una presencia poco habitual respecto a la imagen que muchas veces se asocia a este tipo de bandas, hasta el multiinstrumentista encargado de alternar entre banjo y teclados, cuyo peculiar atuendo de granjero parecía sacado directamente de algún personaje de dibujos animados. En más de una ocasión me recordó a uno de esos villanos extravagantes que podrían haber aparecido en un episodio de Las Supernenas. Gran parte del repertorio estuvo centrado en American Motor Sports y en el Kinda Hard
Al terminar Bilmuri salimos corriendo hacia The Pretty Reckless. Son las pequeñas tragedias que vienen incluidas en cualquier festival con varios escenarios funcionando al mismo tiempo. En este caso tocaba perder parte del concierto de Taylor Momsen, una artista que me hacía especial ilusión ver, aunque solo fuera por la curiosa conexión de ser fan de El Grinch.

Por suerte llegamos a tiempo para disfrutar de tres canciones, suficientes para comprobar la enorme presencia escénica que tiene Taylor sobre el escenario. Más allá de la música, lo que más destacaba era la seguridad con la que se mueve, la forma en la que domina el espacio y esa actitud que hace que sea difícil apartar la mirada de ella. Su manera de interactuar con el público y desenvolverse en un escenario de la magnitud de Rock am Ring hacía que incluso una aparición breve terminara siendo un momento que merecía la pena vivir.
Una de las bandas que más curiosidad tenía por ver era Wargasm. Recuerdo descubrirlos por primera vez gracias al algoritmo y quedarme enganchada a una propuesta que parecía hecha para funcionar especialmente bien en directo. Desde ese momento tenía la sensación de que debía ser una banda divertida de ver sobre un escenario, y al llegar su turno en Rock am Ring quedó claro que esa intuición no iba muy desencaminada.
Lo primero que llamaba la atención era la estética del grupo. Wargasm tiene una identidad visual muy marcada, con una mezcla de actitud punk, rebeldía y elementos de la cultura pop que encajan perfectamente con su sonido. El look de la cantante Milkie Way, con un cinturón de balas y un peinado inspirado en Marilyn Monroe, parecía una extensión de la propia personalidad de la banda: provocadora, exagerada y pensada para no pasar desapercibida.

También los elementos visuales del escenario seguían esa misma línea. La tipografía utilizada en las pantallas recordaba directamente al universo de Evangelion, mezclando referencias que podrían parecer alejadas entre sí, pero que dentro del mundo de Wargasm terminaban funcionando de forma natural. Era como si diferentes influencias de la cultura popular chocaran en un mismo espacio sin perder coherencia.
En el público se notaba esa sensación de descubrimiento. Aunque había seguidores que ya conocían sus canciones, también daba la impresión de que muchas personas estaban viendo a la banda por primera vez, intentando descifrar qué estaba ocurriendo sobre el escenario. Y poco a poco esa curiosidad se transformó en conexión, especialmente cuando el techno tomo protagonismo.

La siguiente parada fue Landmvrks en el Mandora Stage, aunque llegamos cuando el concierto ya había comenzado porque se solapo con Wargasm, lo primero que llamó mi atención fue la cantidad de gente reunida. Era una de esas imágenes que reflejan cómo una banda puede pasar de ser una promesa dentro de la escena a empezar a ocupar espacios cada vez más grandes.
La banda francesa es uno de los nombres que más ha crecido dentro del metalcore europeo en los últimos años, y esa tarde en Rock am Ring fue la muestra de ello. Incluso llegando con el concierto empezado, era fácil percibir la energía que había en el escenario.
Uno de los momentos más especiales llegó durante Say No Word, cuando Florent Salfati invitó a Marc Zelli, vocalista de Paleface Swiss, a subir al escenario. Después de haber visto a Paleface unas horas antes, resultó curioso ver cómo dos bandas que habían formado parte del mismo día del festival terminaban encontrándose sobre el escenario.

La colaboración convirtió la canción en uno de esos momentos inesperados que hacen que los festivales tengan algo diferente: la sensación de que en cualquier momento puede ocurrir algo que no te esperabas.

La ciudad que existe entre conciertos
Tras el concierto de Landmvrks aproveché para bajar el ritmo por un momento y recorrer algunas zonas del recinto que hasta entonces no había detallado del todo. Entre carreras de un escenario a otro y horarios que parecían solaparse constantemente, apenas había tenido tiempo de detenerme a explorar todo lo que Rock am Ring ofrecía más allá de la música.
Uno de los espacios que más llamó mi atención fue la tienda de Impericon, donde ofrecían camisetas y sudaderas sorpresa a precios bastante tentadores. Más que la propia promoción, lo divertido era observar lo que ocurría alrededor. Mientras esperaba para entrar, veía a la gente abrir sus paquetes nada más salir de la tienda, enseñando emocionados lo que les había tocado a sus amigos o incluso a desconocidos que observábamos con la misma curiosidad. Durante unos minutos, aquella fila se convirtió en una especie de pequeño evento improvisado donde la sorpresa de unos terminaba siendo compartida por todos.
Tampoco pasó desapercibida la tienda exclusiva de Bad Omens, un lugar capaz de despertar pensamientos poco compatibles con cualquier presupuesto razonable. Entre prendas exclusivas y artículos difíciles de encontrar fuera de la gira, era uno de esos espacios donde resultaba muy fácil convencerte de que necesitabas absolutamente todo.
Más allá del merchandising, el recinto funcionaba casi como una pequeña ciudad temporal. Había stands oficiales del festival con diseños exclusivos que cambiaban cada día, una tienda de tatuajes, puestos de accesorios, activaciones de marcas, zonas de karaoke y diferentes espacios pensados para ofrecer algo más que conciertos. Aunque no tuve tiempo de explorarlo todo con la calma que me habría gustado, fue imposible no pensar que Rock am Ring es una experiencia que se vive también entre escenario y escenario. Quizá en una próxima edición toque reservar algunas horas para descubrir esas otras pequeñas historias que ocurren lejos de los focos principales.

El legendario guitarrista de Rage Against the Machine, Tom Morello, subió al escenario del mítico festival alemán Rock am Ring con su habitual arsenal de activismo y distorsión. El público alemán no se imaginaba que estaba presenciando uno de los últimos shows de la manga europea de su gira en solitario.
Fiel a su estilo de «orquesta de un solo hombre», Morello desató una tormenta sónica. Verlo en directo es siempre una lección de alquimia musical: usando sus dientes, frotando los cables de la guitarra y manipulando los controles para hacer que un instrumento de seis cuerdas suene como un sintetizador de los ochenta o un plato de DJ de hip-hop. El momento cumbre de la noche llegó con su ya clásico e incendiario popurrí de Rage Against the Machine, donde miles de gargantas corearon himnos como Killing in the Name, transformando el asfalto del circuito de carreras en un gigantesco mar de saltos y puños en alto.

El concierto no fue solo ruido; fue un mitin. Con mensajes de resistencia social impresos detrás de su guitarra y sus habituales proclamas de unión y poder popular, Morello demostró que a sus 62 años mantiene intacto el mismo fuego político de los noventa.
Pocos días después de incendiar los escenarios alemanes de Rock am Ring y su festival hermano Rock im Park, la gira europea se detuvo en seco. A finales de junio, Morello emitió un comunicado urgente en sus redes sociales anunciando la cancelación del resto de sus fechas. El motivo conmovió a toda la comunidad del rock: Mary Morello, su madre de 102 años, había tenido que ser ingresada de nuevo en el hospital.
Mary Morello no es una madre cualquiera para el ecosistema del rock; es una conocida activista e historiadora que ha acompañado a Tom a lo largo de toda su carrera y es profundamente respetada por los fans de RATM. La respuesta de la comunidad musical fue inmediata, llenando las redes del músico con miles de mensajes de apoyo bajo una misma premisa: la familia siempre va primero.
Aquella tarde en el Rock am Ring quedó grabada no solo como un despliegue brutal de virtuosismo, sino como el último gran estruendo antes de que el héroe de la guitarra colgara su instrumento para atender su misión más importante en casa.
Fotos y texto: @kbaezortiz
Una película de terror en directo
Llego el turno de Ice Nine Kills. Había tenido la oportunidad de verlos anteriormente en la sala Apolo de Barcelona y salí con la sensación de haber visto uno de los shows más entretenidos que recuerdo en los últimos años. Sin embargo, también pensé que una propuesta tan teatral como la suya parecía necesitar todavía más espacio para desplegar todo su potencial.
Por eso tenía tantas ganas de verlos en un escenario de la magnitud de Rock am Ring. Ice Nine Kills es una de esas bandas que podría ver una y otra vez sin cansarme. Más allá de las canciones, cada actuación funciona como una experiencia completa donde la música convive con elementos teatrales, personajes y referencias constantes al cine de terror.

Como aficionada al género, gran parte de la diversión consiste precisamente en reconocer cada guiño. A lo largo del concierto fueron apareciendo diferentes personajes inspirados en clásicos del terror, mientras Spencer Charnas iba transformando el escenario en una sucesión de escenas sacadas directamente de una película. En algunos momentos aparecía Ghostface y en otros lucía el icónico guante de Freddy Krueger.
La narrativa del espectáculo también jugó un papel fundamental. Las pantallas mostraban escenas enmarcadas como si estuvieran siendo emitidas a través de un televisor, difuminando constantemente la línea entre lo que ocurría en vídeo y lo que sucedía en el propio escenario. Era como asistir a una colección de pequeñas historias de terror conectadas entre sí por la música.
Uno de los momentos más divertidos llegó con la aparición de Art the Clown. El cual protagonizó algunas de las escenas más absurdas y entretenidas de todo el concierto, interactuando con los músicos y aportando ese humor oscuro que caracteriza gran parte de la propuesta de la banda. También destacó la participación de Alissa White-Gluz, cuya aparición fue recibida con entusiasmo y añadió otro momento memorable a una actuación que parecía tener preparada una sorpresa tras otra.
Hay bandas que repiten cartel y corren el riesgo de aburrir; luego está Electric Callboy, que convierte cada regreso en un evento de culto. Los originarios de Castrop-Rauxel jugaban en su propia región y la presión era máxima: ¿cómo sorprender a un público que ya se sabe de memoria sus coreografías? La respuesta llegó en forma de una renovación escénica total, pantallas gigantes con visuales retro-futuristas dignos de un videojuego arcade y una descarga de confeti que tiñó el cielo de Nürburgring desde los primeros minutos.
El carisma de Nico Sallach y Kevin Ratajczak al frente de la banda volvió a ser el motor de un show que no da respiro. Vestidos con su particular mezcla de ropa deportiva fluorescente y pelucas (que los fans imitan religiosamente en las primeras filas), la banda se ha consolidado como el «placer culpable» más adictivo de la escena pesada mundial.

El setlist fue un equilibrio perfecto entre la nostalgia fiestera y sus lanzamientos más recientes. La inclusión de temas frescos de su era Tanzneid demostró que la maquinaria no se oxida, encajando a la perfección junto a clásicos modernos como Spaceman, Pump It o la demoledora RATATATA.
Lo que hace invencibles a Electric Callboy en este festival es su total falta de pretensiones. Mientras otras bandas buscan la solemnidad del metal, ellos celebran el absurdo, la diversión y el sudor. Cuando sonó el colofón final de We Got the Moves, con todo el circuito saltando en perfecta sincronía, quedó claro que no importa cuántas veces vuelvan: el Rock am Ring siempre guardará su hora punta para la rave más pesada del mundo.
Fotos y texto: @kbaezortiz
Un refugio entre el caos
Llego el momento de ver a Thornhill una de mis bandas favoritas en la actualidad y llevaba meses imaginando cómo sería verlos en vivo. Mientras ellos actuaban, también estaban tocando Electric Callboy y Marteria en otros escenarios, algo que podría haber dejado el Orbit medio vacío. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Había mucha gente reunida frente al escenario, algo que me hizo apreciar todavía más una de las cosas que más me gustaron del Rock am Ring: siempre parecía haber público para todas las propuestas. Da igual el tamaño de la banda o el escenario que ocupara, siempre había alguien dispuesto a descubrir música nueva o a acompañar a sus artistas favoritos.
Thornhill tiene algo difícil de explicar y es la manera en la que conectas de una forma más personal, Llevo escuchando Bodies prácticamente en bucle desde el año pasado y tenía muchísimas ganas de comprobar cómo trasladaban esa atmósfera tan particular al directo.

Siempre me han atraído esa mezcla entre estética dosmilera, melodías envolventes y una sensibilidad que a veces resulta casi romántica. Hay algo en su música que transmite nostalgia sin quedarse atrapada en ella, y en directo esa sensación se vuelve todavía más intensa. Canciones como Revolver, nerv o Mercia fueron algunos de los momentos más emocionantes del concierto para mí, especialmente por el vínculo personal que he construido con ellas, También resultó interesante observar la reacción del público con Lily & The Moon, uno de los temas que generó más emoción entre quienes se encontraban allí.

A todo ello se sumó un trabajo de iluminación que encajaba perfectamente con la intención de la banda. Lejos de buscar el impacto constante, las luces contribuían a crear esa atmósfera etérea y envolvente que caracteriza gran parte de su música. Por momentos, el concierto tenía algo dreammy, de sueño despierto, como si el Orbit Stage hubiera quedado aislado del resto del festival. Necesito volver a ver a Thornhill. Y espero que la próxima oportunidad llegue pronto en España.
Hay bandas que salen a ganarse al público y luego está Volbeat, que sale al escenario del Rock am Ring sabiendo que el terreno ya es suyo. Para los daneses, el mítico circuito de Nürburgring no es una parada más en el mapa de festivales de Europa; es su patio de recreo particular, el lugar donde su particular fusión de heavy metal se transforma en una fiesta de dimensiones titánicas.
Desde los primeros acordes, quedó claro por qué la banda liderada por Michael Poulsen se mueve por este escenario como Pedro por su casa. La masa humana que abarrotaba el recinto rugió al unísono cuando la batería empezó a marcar el compás. No importa cuántas veces encabecen este festival: el público alemán devora su propuesta con el hambre de la primera vez.

El concierto fue una apisonadora de buen rollo y distorsión. Poulsen, con su característica voz que cabalga entre James Hetfield y Elvis Presley, manejó las dinámicas de la noche a la perfección. Himnos de estadio como Lola Montez y Still Counting desataron la locura colectiva, provocando monumentales crowdsurfings que ponían a trabajar a los equipos de seguridad a destajo.
Lo que hace grandes a Volbeat en el Rock am Ring es que no necesitan artificios. No dependen de pirotecnia exagerada ni de disfraces; su show se basa en una ejecución instrumental impecable, la imponente presencia de Poulsen y una colección de canciones diseñadas específicamente para ser coreadas por 80.000 personas.
Cuando las luces del escenario principal se apagaron tras el estruendo final, la sensación en el ambiente era de absoluta plenitud. Volbeat lo había vuelto a hacer. Confirmaron una vez más que, cruzar la frontera desde Dinamarca para tocar en el Ring, para ellos no es irse de gira… es, simplemente, volver a casa.
Fotos y texto: @kbaezortiz
La última gran cita del día era Bad Omens. y pensaba seriamente en cómo iba a aguantar otras dos horas más. Sin embargo, bastaron unos segundos de concierto para olvidarme del cansancio por unos instantes.
Ver a Bad Omens en directo era uno de esos momentos que llevaba tiempo imaginando. Existe algo extraño en escuchar una banda durante años a través de unos auriculares y, de repente, encontrarte frente a ellos en un escenario gigantesco. Durante los primeros minutos todavía estaba procesando la sensación de que aquello estaba ocurriendo de verdad.
Las luces se apagaron y el concierto comenzó con una introducción que parecía sacada de una película de terror. Los visuales proyectaban imágenes con una estética apocalíptica que marcaba el tono de lo que estaba por venir. La elección de Specter como apertura resultó especialmente efectiva, funcionando como una puerta de entrada al universo que Bad Omens había construido para esa noche.
Era visible el cuidado que existe detrás de cada detalle en sus conciertos. Desde el trabajo visual hasta la iluminación, todo parecía diseñado para reforzar la atmósfera que caracteriza a la banda. Utilizando las pantallas como parte fundamental de la narrativa. Cada visual, cada cambio de luz y cada transición ayudaban a construir esa sensación oscura e introspectiva que atraviesa gran parte de su música.
Siempre he sentido que la música de Bad Omens tiene algo de onírico, tiene esa capacidad de transportarte hacia espacios mucho más oscuros, emocionales e introspectivos. Sus canciones hablan de dolor, identidad, relaciones y autoconocimiento desde una perspectiva muy interna, y eso se reflejaba también en la puesta en escena.
Por supuesto, gran parte del peso del espectáculo recaía sobre Noah Sebastian. Su actuación fue impecable tanto a nivel vocal como interpretativo, alternando momentos de sensibilidad con otros mucho más agresivos.
Antes de empezar pensé que probablemente habría momentos más pausados en los que la energía bajaría, pero ocurrió justo lo contrario. El repertorio avanzaba de una canción a otra sin dar demasiado margen para desconectar, manteniendo constantemente la atención.
Entre mis momentos favoritos estuvieron Concrete Jungle, Anything > Human, el fragmento de What It Cost, Like A Villain y Just Pretend Y cuando parecía que ya iba a terminar el show, llegó Dethrone. El cierre fue puro caos: fuego, energía y una demostración vocal impresionante por parte de Noah Sebastian. Fue el contraste perfecto entre un Bad Omens más introspectivo y uno devastadoramente pesado cuando quiere.
Mientras los últimos acordes desaparecían y una lluvia de papeles caía sobre el público, sentí que haber presenciado este show justifico por sí solo el viaje entero. No solo por la calidad musical o la producción, sino porque durante dos horas consiguieron crear un mundo propio dentro de un festival gigantesco.





















































