Rock am Ring 2026 Día 3: Un último día para disfrutar sin correr

El domingo amaneció con una sensación contradictoria. El cuerpo empezaba a pasar factura después de dos días de festival, pero también existía esa necesidad de aprovechar cada minuto restante. Porque cuando un festival se acerca a su final, cada concierto empieza a sentirse un poco más importante.

La primera banda de mi último día en Rock am Ring fue Black Veil Brides. Aunque hace años que no sigo su trayectoria tan de cerca como antes, ver su nombre en el cartel despertó una sensación de nostalgia difícil de ignorar.

Hubo una época, durante mis años de colegio, en la que escuchaba la banda constantemente. Como muchas personas de mi generación que atravesaron su etapa más alternativa en los primeros años de la década de 2010, asociar canciones como Knives and Pens o Perfect Weapon con recuerdos concretos resulta casi inevitable. Por eso, escuchar esos temas en directo tantos años después se sintió como un guiño de lo lindo que puede traer el futuro.

Más allá de la nostalgia, también fue interesante ver cuánto han cambiado desde entonces. Durante mucho tiempo tuve asociada la imagen de Black Veil Brides a aquella estética, glam y teatral que los hizo tan reconocibles en sus primeros años. Sin embargo, ver hoy a Andy Biersack sobre el escenario transmite una sensación muy diferente. Sigue conservando ese carisma, pero ahora proyecta una madurez que resulta inevitable después de más de una década de carrera.

La banda abrió el concierto con Knives and Pens, provocando un auténtico flashback a aquella etapa de adolescencia en la que sus canciones formaban parte habitual de mis auriculares. Tampoco faltaron temas como Coffin y Perfect Weapon, que fueron algunos de los momentos más especiales del set para quienes crecimos escuchándolos.

También interpretaron canciones más recientes como Certainty y Vindicate. Curiosamente, ambos videoclips fueron grabados en Bogotá, Colombia, un detalle que descubrí después del concierto y que despertó todavía más mi curiosidad por volver a conectar con una banda que llevaba años sin escuchar con tanta atención.

Black Veil Brides fue un reencuentro con quién eras cuando descubriste ciertas bandas por primera vez.

La última vuelta por Nürburgring

La siguiente parada del día fue Boundaries en el Orbit Stage, una banda a la que llegué casi por accidente. La primera vez que los vi fue en Barcelona, abriendo para The Ghost Inside en 2024, y recuerdo salir de aquella sala pensando que necesitaba prestarles más atención.

No siempre ocurre, pero hay grupos que consiguen engancharte en el acto. Sin necesidad de conocer toda su discografía, despiertan la suficiente curiosidad como para que termines buscándolos al llegar a casa.

Boundaries ph: @kbaezortiz

Por eso tenía ganas de volver a encontrármelos en Rock am Ring. A veces los festivales sirven precisamente para eso: para recuperar bandas que descubriste tiempo atrás y comprobar si aquella primera impresión sigue intacta. Y en este caso, la respuesta fue sí. El concierto también sirvió para escuchar parte de su material más reciente, con temas como, Skies cast amber black y Death will follow me.

El death metal progresivo no es un género diseñado para las masas de un festival de verano, pero Blood Incantation llegó al Mandora Stage dispuesto a romper todos los prejuicios. Los de Colorado desplegaron un arsenal sónico denso, oscuro y complejo que, lejos de ahuyentar al público masivo de Rock am Ring, terminó por hipnotizar por completo a los pocos escépticos que se acercaron con dudas al escenario.

A primera vista, su propuesta parecía un desafío arriesgado para el ambiente festivo del circuito: canciones kilométricas, estructuras cambiantes que rompen cualquier lógica comercial y pasajes instrumentales que viajan desde la brutalidad más cavernícola hasta el ambient de sintetizadores analógicos. Sin embargo, lo que ocurrió sobre el asfalto fue una demostración de pura maestría musical.

Blood Incantation ph: @kbaezortiz

Sus temas —auténticas odiseas de 10, 15 o hasta 20 minutos— funcionaron como una montaña rusa hipnótica. Un segundo te encontrabas en medio de un blast beat demoledor y riffs disonantes heredados de la vieja escuela de Morbid Angel, y al siguiente, la banda te sumergía en pasajes psicodélicos y progresivos que recordaban a unos Pink Floyd pasados por el filtro del espacio exterior.

La puesta en escena sin disfraces estridentes ni poses de estrellas de rock, la banda dejó que la música hablara por sí sola. La densidad del sonido, sumada a una densa capa de humo y luces frías, creó una atmósfera claustrofóbica y expansiva a la vez.

Lo hermoso del Mandora Stage fue ver cómo las caras de confusión de los menos habituados al género se transformaban gradualmente en un cabeceo hipnótico y rítmico. Blood Incantation logró que la complejidad técnica no se sintiera fría ni aburrida, sino sumamente atractiva y mística.

Fotos y texto: @kbaezortiz

Para muchos de los asistentes, la confirmación de Hollywood Undead era una de las grandes citas marcadas en rojo en el horario del festival. No es una banda fácil de ver en según qué circuitos europeos, lo que convertía su concierto en Nürburgring en un auténtico acontecimiento para sus fieles seguidores. Había expectación, había ganas acumuladas y, sobre todo, había sed de esa mezcla única de rap-rock y nu-metal que ellos manejan como nadie.

Desde el segundo en que pisaron el escenario, quedó claro que la espera había valido la pena. Los californianos salieron a comerse el festival, desplegando esa complejísima pero perfecta dinámica escénica que los caracteriza, donde las voces y los roles se intercambian de manera frenética sin perder un solo ápice de potencia.

Hollywood Undead ph: @kbaezortiz

Canciones como Undead, Day of the Dead o la fiestera Everywhere I Go funcionaron como detonadores. La conexión con el público fue instantánea y mutua: la banda se alimentaba de la energía del foso y el circuito respondía convirtiéndose en un gigantesco mar de personas saltando en perfecta sincronía.

La comunión entre la banda y el público de Nürburgring llegó a su punto álgido cuando miles de gargantas corearon sus estribillos, demostrando que, por más esquivos que sean de ver en directo a veces, su legado y su masa de fans en Europa siguen intactos y con más hambre que nunca.

Fotos y texto: @kbaezortiz

Bloodywood, una de las bandas que más tiempo llevaba queriendo ver en directo. Desde que los descubrí, siempre me llamó la atención la forma en la que integran elementos de la cultura india dentro de una propuesta que, lejos de sentirse forzada, resulta natural y genuina.

Gran parte de su identidad reside precisamente en eso. Los instrumentos tradicionales, los ritmos de percusión, los símbolos presentes en los visuales y la estética de la banda construyen una propuesta con personalidad propia dentro de una escena donde a veces resulta difícil diferenciar unas bandas de otras. Me gustó ver como todos esos elementos que tanto destacan en sus grabaciones también tienen un papel fundamental en directo.

Más allá de la intensidad habitual del metal, había algo espiritual en la energía que transmitían. Los visuales reforzaban constantemente mensajes relacionados con la superación personal, la fuerza interior y la capacidad de seguir adelante pese a las dificultades. Por momentos, el concierto se sentía menos como una descarga de agresividad y más como una celebración colectiva de resiliencia y crecimiento personal.

La respuesta del público estuvo a la altura. Durante gran parte del set fue imposible perder de vista la cantidad de crowd surfers que cruzaban por encima de las primeras filas, mientras la energía parecía aumentar con cada canción.

Una de las canciones que más esperaba era Bekhauf, su colaboración con Babymetal. Por la manera en que combina distintas influencias culturales sin perder coherencia. De hecho, toda la narrativa visual del concierto me recordó en ciertos momentos a ellas, no tanto por el sonido, sino por como construyen un universo a través de símbolos, referencias culturales y una identidad visual muy definida.

Bloodywood encontró una forma de expresar quiénes son sin renunciar a sus raíces, algo que el público de Rock am Ring aprecio tanto como yo.

También aproveché para ver parte del concierto de Breaking Benjamin. No fue una de las actuaciones en las que más tiempo pasé durante el festival, pero sí una de esas bandas que siempre resulta agradable encontrarse en un cartel.

President, una banda que me generaba curiosidad por la estética enigmática que han construido. Tienen una intención muy cuidada detrás de cada elemento: la imagen, la narrativa y la forma en la que presentan el proyecto.

Sobre el escenario destacaba una gran cruz de neón en el centro y un atril que reforzaba ese aire ceremonial que forma parte de su identidad. El concierto comenzó con Fearless, seguida de Dionysus y Doom Loop. A nivel visual, habian elementos interesantes y se notaba un esfuerzo por construir una narrativa. Incluso detalles como la prohibición de tomar fotografías durante el concierto reforzaban esa idea de mantener una imagen muy controlada y misteriosa alrededor de la banda.

Sin embargo, a nivel personal, sentí que esa misma distancia terminó jugando en su contra. Aunque hay canciones suyas que disfruto y entiendo el atractivo de la banda, durante el directo me costó encontrar una conexión más allá de la estética. Es una sensación difícil de explicar, pero por momentos sentía que estaba frente a un proyecto muy pensado y calculado, no terminaba de encontrar la emoción detrás de todos esos elementos.

Quizá también influyó el contexto. President es una banda que ha aparecido de forma muy rápida en muchos carteles importantes, algo que me resulta curioso por la velocidad con la que han generado tanta atención. No es necesariamente algo negativo, pero personalmente me hizo llegar con cierta intriga sobre si el en vivo conseguiría transmitir algo más allá del concepto.

En un festival como Rock am Ring, donde siempre hay varias historias ocurriendo al mismo tiempo, a veces también forma parte de la experiencia aceptar que algunas propuestas simplemente no consiguen encontrarte.

Para los amantes de los ritmos imposibles y las atmósferas envolventes, la cita con TesseracT en el Orbit Stage era, sin duda, uno de los puntos álgidos del festival. En una edición donde el progresivo y el metal técnico han seguido ganando un terreno muy merecido —algo que desde esta casa siempre celebraremos—, los británicos llegaban como los arquitectos definitivos del djent y la vanguardia. No defraudaron: lo suyo no fue solo un concierto; fue una exhibición de diseño sonoro.

Tesseract ph: @kbaezortiz

Entre tanta adrenalina festivalera, el concierto de TesseracT funcionó como un viaje cerebral. Temas monumentales como Nocturne o las nuevas suites de su último trabajo envolvieron el Orbit Stage en una atmósfera envolvente y vanguardista, donde miles de miradas se cruzaban compartiendo la misma sensación: estábamos presenciando a una banda en su absoluto momento de gracia.

Fotos y texto: @kbaezortiz

Hay nombres que están escritos con letras de oro en la historia del punk rock, y el de Social Distortion es, sin duda, uno de los más sagrados. Por eso, su presencia en el cartel de Rock am Ring era una de las citas más esperadas para los amantes de los sonidos añejos. Sin embargo, el festival les jugó una mala pasada con un horario que no hacía justicia a su estatus de leyenda, obligándolos a defender su repertorio en una franja complicada donde el cansancio acumulado o el sol de justicia dividían la atención del público.

Pero a Mike Ness y los suyos les importan muy poco las manecillas del reloj. Salieron al escenario con esa actitud imperturbable de quien lleva más de cuatro décadas en la carretera, dispuestos a regalar uno de esos conciertos que se sienten como un triunfo personal para quienes llevábamos años esperando este momento.

Social Distortion ph: @kbaezortiz

Para los que tuvimos la inmensa fortuna de estar en el foso, cámara en mano, el concierto tuvo un sabor a redención. Capturar la silueta de Mike Ness —con su eterna estética de los años 50, sus tatuajes cargados de historia — fue sacarse una de las espinas fotográficas bastante grandes. Cada arruga de su rostro narraba una canción, y ver eso a través del visor mientras sonaban los primeros acordes fue puro misticismo rockero.

El setlist fue una lección magistral de cómo fusionar el punk neoyorquino, el country proscrito y el rockabilly más crudo. Himnos incombustibles como Story of My Life, Ball and Chain y Born to Kill sonaron con una honestidad brutal. No hay trampa ni cartón, no hay pistas pregrabadas; solo cuatro tipos haciendo rock and roll a la vieja usanza.

Fotos y texto: @kbaezortiz

Las cartas para Alter Bridge estaban echadas, otros que solo necesita enchufar sus guitarras, ecualizar el sonido a la perfección y dejar que la música hable por sí sola. Los comandados por la dupla estelar de Myles Kennedy y Mark Tremonti regresaron al festival con un estatus indiscutible y firmaron una de las actuaciones más sólidas, elegantes y contundentes de la jornada.

No hay que ser fan de la banda para percibir que la maquinaria perfectamente engrasada. No hay espacio para el error, y el nivel de compenetración entre sus miembros se palpa en la atmósfera desde los primeros temas.

Alter Bridge ph: @kbaezortiz

El clímax absoluto se lo llevo rotundamente los primeros acordes de Metalingus. El circuito intento corear estribillo con todas sus fuerzas para darle a la banda esa retribución necesaria de artista-fan. Esta dinamica entre ellos nunca fallan, nunca defraudan y siempre nos recuerdan por qué son jodidamente grandes en directo.

Fotos y texto: @kbaezortiz

Canciones que llevan años acompañando generaciones

Después de varios días corriendo entre escenarios, el domingo decidí vivir el festival de una manera diferente. En lugar de intentar llegar a todo, la idea era disfrutar más de los momentos que realmente quería vivir, aunque eso significara perderme algunas cosas por el camino.

Por eso terminé dirigiéndome al Utopia Stage para ver a The Offspring, aunque llegué para la parte final de su concierto. Aun así, fue suficiente para tener uno de esos momentos especiales , estar frente a una banda que forma parte de la historia del rock y pensar en todas las veces que sus canciones han acompañado diferentes etapas de tu vida.

Verlos en directo tuvo algo muy nostálgico. En mi caso, fue imposible no recordar aquellas partidas de Crazy Taxi de cuando era pequeña y cómo ciertas canciones terminan quedándose asociadas a momentos concretos.

Durante los últimos minutos del set sonaron algunos de sus temas más reconocibles como Pretty Fly (For a White Guy), The Kids Aren’t Alright y You’re Gonna Go Far, Kid. Después de tantos conciertos descubiertos durante el festival, ver a The Offspring fue rememorar el lado más clásico de la música: esas bandas que quizá no necesitas escuchar todos los días para saber que sus canciones forman parte de tu historia.

Y hablando de clásicos, llego una leyenda a la tarima, Iron Maiden, Aunque nunca he sido una seguidora cercana de la banda, sí sentía curiosidad por ver en directo a un grupo con una trayectoria tan enorme y entender un poco mejor por qué han conseguido mantenerse como una referencia durante tantas décadas.

Con un set de dos horas y media, el concierto fue una oportunidad para descubrir una parte del legado de una banda que ha acompañado a varias generaciones. Uno de los momentos que más disfruté fue cuando sonó The Number of the Beast. Fue imposible no tener un pequeño flashback a aquellas partidas de Guitar Hero de cuando era pequeña, donde muchas de estas canciones llegaron por primera vez a personas que quizás todavía no conocían la historia detrás de ellas.

También me llamó mucho la atención la narrativa visual del espectáculo. Mientras que con Ice Nine Kills había visto una reinterpretación del terror más cercano a la cultura pop actual, Iron Maiden parecía moverse en un terreno mucho más clásico, con referencias al imaginario del cine de terror antiguo y figuras como Nosferatu. Era interesante ver cómo dos bandas tan diferentes pueden utilizar elementos similares para construir narrativas completamente distintas.

Frente al escenario había una mezcla muy bonita: personas que probablemente llevan décadas siguiendo a la banda, padres compartiendo el concierto con sus hijos y gente más joven descubriéndolos por primera vez. Más que una diferencia generacional, se sentía como un punto de encuentro entre personas que habían llegado por caminos diferentes al mismo lugar.

Distintas formas de vivir un escenario

Me dirigí al Mandora Stage para ver a A Perfect Circle, fue notable el contraste con lo que acababa de vivir con Iron Maiden. Lo que más me llamó la atención fue el enorme peso que tuvo la parte visual. Las pantallas mostraban formas, colores y composiciones que cambiaban constantemente, creando imágenes que no buscaban contar una historia concreta, sino acompañar la sensación de estar viendo algo abstracto.

También fue interesante vivir ese cambio dentro de mi propio día. Venía de reencontrarme con bandas asociadas a recuerdos de mi adolescencia y de ver nombres con décadas de historia sobre el escenario, pero A Perfect Circle representaba otra forma de entender un concierto. No era una cuestión de energía o de

buscar la reacción inmediata del público, sino de una banda con una identidad muy marcada, construida durante años, que apostaba por crear una experiencia mucho más atmosférica y visual.

Dejé de pensar en horarios, escenarios o en cuál sería la siguiente parada. Simplemente me quedé allí observando cómo la música y las imágenes se mezclaban, disfrutando de un concierto que funcionaba desde un lugar completamente diferente.

Hay bandas que cierran un festival con sutileza y luego está Sabaton, que decide asaltar el escenario como si estuviera recreando el desembarco de Normandía. Los suecos llegaron con los galones bien puestos para firmar un cierre históricamente épico, demostrando que su power metal de temática histórica está hecho a la medida exacta de los grandes estadios y de la energía incontrolable de Nürburgring.

Desde que las alarmas de guerra y las pantallas gigantes anunciaron el despliegue del batallón, la masa humana del festival supo que no iba a presenciar un concierto cualquiera, sino una auténtica superproducción bélica. Con su imponente tanque sirviendo de tarima para la batería y Joakim Brodén comandando las tropas con su característico chaleco de placas metálicas, Sabaton convirtió el circuito en su propio campo de batalla musical.

Sabaton ph: @kbaezortiz

La cantidad de pirotecnia utilizada fue descomunal. Columnas de fuego gigantescas se elevaban al ritmo de los guitarrazos en temas como Ghost Division o The Red Baron, iluminando por completo la noche alemana y haciendo que las primeras filas sintieran el calor de las explosiones en plena cara.

Lo de Sabaton en este festival no fue solo una descarga de heavy metal; fue el punto final perfecto a un fin de semana inolvidable. Lograron que sus canciones históricas sonaran con el triple de pegada y épica que en el estudio, impulsados por una puesta en escena teatral impecable y una entrega absoluta por parte del público.

Cuando el humo de las últimas llamaradas se disipó y los fuegos artificiales de despedida del festival iluminaron el cielo, quedó claro que la victoria de Sabaton había sido total. Los suecos asaltaron Nürburgring y, una vez más, se marcharon con el botín más valioso: el respeto unánime de un festival que se rindió incondicionalmente a sus pies.

Fotos y texto: @kbaezortiz

Para cerrar el festival, fui a ver a Kublai Khan, Aquí no había tanto espacio para quedarse observando los detalles del escenario o dejarse llevar por una narrativa visual. Kublai Khan iba directo al punto: un sonido pesado, una presencia imponente y un público que respondía a cada breakdown, Desde donde estaba se veía cómo se abrían varios circle pits al mismo tiempo, con personas corriendo, empujándose y lanzándose unas sobre otras mientras la banda mantenía esa intensidad que no bajo en ningún momento.

Fue una forma bastante acertada de terminar mi recorrido por Rock am Ring: después de tres días pasando por distintas formas de entender la música, acabar frente a un escenario donde todo se reducía a la conexión más física y caótica entre banda y público.

Llegué al recinto sintiéndome completamente perdida, intentando entender distancias, horarios y cómo sobrevivir a un festival de esta magnitud. Tres días después, ya me movía por sus escenarios con tranquilidad, disfrutando más de los momentos y menos de la necesidad de llegar a todo.

Más allá de los nombres del cartel, lo que hizo especial esta edición fueron esos pequeños momentos entre bandas: descubrir artistas que no conocía, reencontrarme con canciones que formaron parte de otras etapas de mi vida, ver cómo distintas generaciones compartían el mismo espacio y descubrir que cada persona estaba viviendo su propio Rock am Ring.

También me quedo con la experiencia de poder verlo desde otra perspectiva, acompañando cada concierto con una cámara y buscando capturar esos segundos que hacen que un directo sea diferente. Porque al final, entre tantas luces, escenarios y miles de personas, son esos instantes concretos los que terminan quedándose contigo.

Rock am Ring 2026 fue una mezcla de nostalgia, descubrimientos y muchas primeras veces. Y aunque después de tres días el cansancio se hace presente, también queda esa sensación de que algunos lugares tienen algo especial que hace que quieras volver.