Despedida al Indio Solari
No sé qué mierda decir, sabíamos que esto iba a pasar más temprano que tarde, lo sabíamos. El viernes, 5 de junio de 2026, el Indio se fue. Y con él, un pedazo de esa rebeldía que se cocinaba a fuego lento en los márgenes, lejos de los focos y los sellos multinacionales. Músico, poeta, artista, pensador… un tipo que nos marcó a fuego, que nos hizo sentir vivos en cada pogo, en cada letra que nos taladraba el alma, un estandarte de la independencia y la autogestión.
Soy fotógrafo, en realidad creo imágenes. El título de fotógrafo nunca me gustó, y a veces invado el territorio de la escritura cuando sé qué decir, que generalmente sucede después de un concierto porque me apasiona y escribo lo que vivo. Pero el viernes se fue el Indio y no sé qué decir, en realidad sé qué decir, tengo tantas cosas para decir y no sé por dónde empezar. Es como si el rock argentino, o mejor dicho, la música popular argentina se hubiera quedado muda por un instante, un silencio atronador que nos golpea el pecho. La puta madre, Indio, ¿y ahora qué hacemos? La puta madre, Indio, ¿y ahora qué hacemos? ¿Quién va a seguir gritando las verdades que nadie quiere escuchar, con esa voz que era un puñal en el aire?
El Indio no era solo un músico, era un fenómeno social, un catalizador de multitudes que se movilizaban por el país en verdaderas transhumancias ricoteras. Las «misas ricoteras» eran mucho más que conciertos; eran rituales de pertenencia, de resistencia, donde miles de almas encontraban un refugio, una voz que los representaba. Y todo eso, gestado desde la independencia más absoluta. Nunca grabaron para ninguna compañía, nunca se vendieron al mainstream que hoy consume a tantas bandas. Su sello era la autogestión, la libertad de decir y hacer lo que se les cantaba, sin ataduras ni compromisos.
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Fue a partir de la década del 90, esa década infame de Carlos Menem, de la pizza con champán y la falsa promesa de un país primermundista pero que se desmoronaba, cuando esa masividad explotó. Todos los marginados de ese sistema nefasto, los que no encajaban en el brillo superficial y la frivolidad impuesta, encontraron en las misas ricoteras un lugar, una trinchera, un espacio donde ser y sentir. El Indio y Los Redondos fueron la voz de los que no tenían voz, el grito de los que se ahogaban en la indiferencia de un modelo que dejaba a miles en la calle. Sus conciertos no eran solo un escape, eran una catarsis colectiva, una afirmación de identidad frente a la despersonalización reinante ( como se vive hoy).
Esa rebeldía política, esa coherencia inquebrantable, fue lo que lo convirtió en un ícono. No era un artista de pose, era un tipo que vivía lo que cantaba, que se plantaba frente al sistema con la frente en alto. Y esa actitud, esa forma de entender el rock como una trinchera, es lo que lo hace inmortal. Porque el Indio no muere, el Indio se multiplica en cada pogo, en cada corazón que sigue latiendo al ritmo de esa libertad que él nos enseñó a defender. Su legado no es solo musical, es una lección de vida, un grito de independencia que resuena más fuerte que nunca. Hasta siempre, Indio. Gracias por tanto, a pesar de todo y de todos, seguis siendo MI UNICO HEROE EN ESTE LIO.
Porque al final del camino, la verdad es una sola, y el Indio la gritó siempre: «El rock es no». Si el rock es sí, es entretenimiento, es la palmadita en la espalda del sistema, es la música funcional para la fiesta de los poderosos. Los Redondos y el Indio siempre fueron no. Un no rotundo a la complacencia, a la venta, a la domesticación. Un no que se hizo himno en cada pogo, en cada letra que desafiaba lo establecido. Ese «no» es su legado más grande, la herencia que nos deja para seguir peleando, para seguir creyendo que otro rock es posible, que otra vida es posible. Y por eso, y por tanto más, el Indio no se fue. El Indio es el «no» que sigue resonando en el alma de este país.
Y mientras tanto el sol se muere….


