Hace muchos – ¡muchos! – años tenía un amigo aficionado al reggae que me habló de un grupo de rastafaris, llamados Bad Brains, que tocaba “metal-o-lo-que-fuese”. La referencia no me resultaba desconocida del todo; me sonaba el nombre y me sonaban las portadas. Sin embargo, por aquel entonces andaba en mis años post-adolescentes – es decir, en mis años de gasolina y fuego – y solo quería saber de death metal, grindcore, sludge o cualquier sonido más o menos aberrante. Pese a que absorbía música como una esponja, ahí quedó la cosa y me olvidé de aquel grupo, sin más.

Pasó cierto tiempo y a finales de los 90 empecé a encariñarme con la escena hardcore de mi ciudad, Barcelona. Eran los años de X-Milk, E-150, No More Lies, All Ill, Aina y un largo etcétera. Mi corazón seguía con el death metal, pero me lo pasaba mucho mejor en los conciertos de hardcore. Y por supuesto empecé a frecuentar la tienda del Boliche (batería de los míticos Subterranean Kids) para comprar discos, fanzines y enterarme de lo último en cuanto a música. En aquellos tiempos descubrí a bandas como Converge, 24 Ideas, Cro-Mags, Gorilla Biscuits, Jawbox y unas cuantas docenas más. De aquel puñado de bandas pocas eran las que no citaban a Bad Brains como una referencia fundamental.

Y llegó el momento de escucharlos por primera vez

Cuando por fin me decidí a escuchar a aquellos reverenciados rastafaris que hacían hardcore punk – ¡y reggae! – y que habían influenciado a (literalmente) todo dios, me picaba la curiosidad aunque también cierto escepticismo. Era rebelde, iconoclasta y también presuntuoso: no estaba a favor de la narrativa de las vacas sagradas, ni de sabias lecciones desde pasados fundacionales. Alma de cántaro, no supe prever lo que me estaba esperando. El pasado suele pillar por sorpresa a quien se atreve a indagar en él.

Empecé por su primer disco, el de la icónica portada, y el impacto fue inmediato. El primer tema, Sailin’ On, me sacudió de una forma inesperada. Un mazazo veloz e impregnado de melodía que hizo patente como a mis escasos veinte años aún tenía mundo por descubrir. A partir de ahí todo fue in crescendo, ¡in crescendo! 15 temas redondos – brillantes – que, en apenas 36 minutos, me dejaron balbuceante y con ganas de una segunda vuelta. Aquellas canciones me habían atravesado como un rayo; sí, como ese rayo.

La versatilidad y precisión con que Bad Brains combinaban riffs de rock, punk o metal a velocidades de vértigo fue lo nunca visto en los ochenta; y me atrevería a decir que lo sigue siendo a día de hoy. A pesar de la intensidad y la rapidez de las canciones, su sonido estaba cargado de groove y cierto latido funk. Técnicamente, estaban a años luz de sus compañeros de la incipiente escena hardcore. Bad Brains, el mítico cassette amarillo, es una rotunda colección de himnos que apabulla por su abundancia: Sailin’ On, Attitude, The Regulator, Banned in D.C., Fearless Vampire Killers, I, Right Brigade, etc. Como dirían los yankees, todo el disco es un banger.

Pero ¿de dónde salían aquellos “magos” del punk?

Bad Brains se formaron en Washington D.C., en 1976, aunque por aquel entonces aún no se llamaban Bad Brains y tampoco tocaban punk ni nada por el estilo; su nombre era Mind Power y lo suyo era el jazz fusión con muchas dosis de funk. En algún momento al inicio de sus andaduras un amigo les introdujo el punk, lo que les llevó irremediablemente a conocer bandas como los Sex Pistols o los Dead Boys. Dr. Know, Darryl Jenifer, H.R. y su hermano Earl Hudson supieron que querían tocar ese tipo de música. En las canciones de los Ramones encontrarían un nuevo nombre y también un objetivo: la nueva encarnación de Mind Power, Bad Brains, iba a ser más rápida y más técnica que la de sus inspiradores.

El resultado de aquella transformación resultó en una versión cruda aunque sofisticada de punk, mucho más rápida y energética. Por otro lado, más allá de los componentes estilísticos, Bad Brains contaban con una filosofía de vida que los alejaban del nihilismo habitual en ese género. El PMA (Positive Mental Attitude) ponía el acento en el poder de las personas y en la capacidad que estas tienen para cambiar las cosas. La música de Bad Brains era un grito de rabia, pero también de celebración y empoderamiento. Estaba naciendo el hardcore.

Bad Brains, grabado en 1981 y editado en casete por ROIR records en 1982, se convirtió en fuente de inspiración para una nueva generación de músicos que todavía bebía del punk pero que estaba destinada a romper lazos con él. Al nuevo credo se acogerían bandas – hoy en día clásicas – como Minor Threat, Black Flag, Agnostic Front, Cro-Mags, Murphy’s Law o incluso Beastie Boys, Faith No More o Red Hot Chili Peppers. En el “cassette amarillo”, hallamos una modélica muestra de los componentes por antonomasia del hardcore: la velocidad, el angular uso de la dinámica, la actitud, la base punk, las trazas de metal. También los breakdowns, los famosos breakdowns. Como por ejemplo el de Banned in D.C., que seguirá poniéndome la piel de gallina por muchos años que pasen.

Pero se quedaron a mitad del difícil camino hacia el éxito…

A pesar de un futuro que se preveía brillante para la banda, Bad Brains jamás logró dar ese salto hacia el mainstream que tantos profetizaban. El errático comportamiento del carismático vocalista, H.R., a causa de su – recientemente diagnosticada – enfermedad mental fue, en buena parte, la causa de ello. Por otro lado, la permanente tensión creativa dentro de la banda – hardcore vs reggae – también tuvo mucho que ver. Sin embargo, a pesar de todo, Bad Brains conseguirían grabar otros dos grandes discos: I Against I, considerado una obra maestra por una amplia parte de su público y Quickness, un maravilloso e infravalorado álbum. Con ambos álbums, sentarían la base para el funk metal y el estilo de bandas como Fishbone o Living Colour.

No son pocos los músicos que, como Adam Yauch de Beastie Boys, dicen que Bad Brains, nuestro querido cassette amarillo, es el mejor disco de hardcore punk de la historia. Suelo huir de afirmaciones tan grandilocuentes, pero no seré yo el que les lleve la contraria. Por mi parte, aunque no suelo pensar en clichés tipo “discos que me llevaría a una isla desierta”, sé de antemano que este sería uno de ellos.