Crónica | Rata Blanca en Valencia: Metal para corazones eléctricos
Ni la pierna de Walter, ni los kilómetros de distancia, ni los años que pasan con furia pudieron apagar el fuego sagrado. Rata Blanca volvió a demostrar que hay cosas que no se oxidan, sólo se templaron mejor.
Desde temprano se sentía en el aire algo distinto. La Sala Madison de Valencia latía como caja de resonancia de una promesa hecha hace décadas: que el heavy metal también puede ser épico, melódico y emocional hasta la lágrima. Y cuando esa promesa viene firmada por Rata Blanca, no hay más que rendirse ante la evidencia.

El recinto, a lleno total, fue el escenario de una noche bien metalera. Walter Giardino, lesionado de la rodilla, se sentó en un taburete como si fuera un trono de distorsión, y desde ahí repartió solos que hicieron temblar a más de un Marshall. Jugar en una pierna, sí. Pero cuando sos un genio, podés dirigir la orquesta desde el suelo lunar.

Adrián Barilari, de frente al huracán, comandó con esa voz que no envejece ni aunque le tiren agua bendita. Energía inagotable, carisma de frontman curtido y ese pacto no escrito con el diablo del show que lo convierte en el alma de la noche. A su derecha, Juan Pablo “el Tiempiesta” Maranissso puso orden desde las cuatro cuerdas con un groove sobrio y justo. En la retaguardia, Alan Fritzler en la batería golpeó como si estuviera abriendo la Puerta del Dragón, mientras que Danilo Moschen, desde los teclados, tejía las atmósferas encantadas que hacen que Rata Blanca suene siempre… a Rata Blanca.

Todo arrancó con Hijos de la Tempestad, un título que ya anticipa la tormenta emocional que se venía. Y no hubo tregua: le pegaron derecho con Diario de una sombra y Solo para amarte, ese triángulo inicial que dejó en claro que el viaje iba a fondo, sin cinturón de seguridad. Ahí, entre distorsión y gritos, se escuchó el primer “¡Hola Valencia!” de Adrián Barilari, y el delirio colectivo fue inmediato. Siguió Volviendo a casa, como una caricia entre tantas cicatrices.

Entonces, pausa. Walter Giardino, sentado en su taburete de guitarrista herido pero invencible, dejó reposar las seis cuerdas para regalar un pequeño monólogo que nadie esperaba. Habló de la “maldita DANA” —esa borrasca que había castigado la zona meses antes—, y por un momento los riffs se hicieron silencio. Fue un instante íntimo, de esos que ajustan gargantas y humedecen ojos.

La banda retomó con La canción del guerrero y La otra cara de la moneda, como quien se calza la armadura para seguir. La llama crecía. Llegó Talisman, esa joya de medio tiempo con tintes épicos, y luego la trifecta eléctrica de Rock es rock, El círculo de fuego y ese momento que rompió el espacio-tiempo: Mujer amante. Esos primeros acordes fueron dinamita pura. Giardino, desde su trono, entregó un solo que dejó a más de uno literalmente culo para arriba. No hay otra forma de describirlo.

El set siguió como una avalancha de hits: Guerrero del Arco Iris, épica pura; Rock and Roll Hotel, en donde la banda jugó su carta más rockera; y Aún estás en mis sueños, balada infalible que aún derrite corazones metaleros.
Y cuando parecía que no quedaba nada, llegó La leyenda del hada y el mago, ese himno que no necesita presentación. Fue el final perfecto de una noche que se sintió como conjuro, como liturgia y como trinchera de la memoria.








