Crónica: Baiuca en  el Roig Arena de Valencia

El pasado sábado 31 de enero, los alrededores del Roig Arena presentaban un contraste curioso. Con el concierto de Mikel Izal programado en el mismo recinto, se produjo el lógico cruce de públicos y más de un despistado acabó, entre risas, en la cola equivocada. Pero una vez dentro del Auditorio, las dudas se disiparon: lo que Alejandro Guillán, el alma tras Baiuca, propone en su gira Fin do barullo es una experiencia inmersiva donde la vanguardia electrónica y la raíz gallega conviven en perfecta armonía.

Con el cartel de «Sold Out», algo que ya empieza a ser habitual en sus fechas por España, el ambiente estaba cargado de una electricidad especial. Valencia tenía ganas de fiesta, y Baiuca no dio tregua.

De Catoira al Mediterráneo: Un puente de morriña y neón

Foto: Suso Pardal
Foto: Suso Pardal

Para un gallego de Catoira, como el que suscribe estas líneas y como el propio artista, vivir esta experiencia en Valencia resulta casi surrealista. Hay algo profundamente impactante en ver a un auditorio a orillas del Mediterráneo entregado a los ritmos de nuestra tierra.

Resulta sorprendente y emocionante ver a la gente bailar muiñeiras sin complejos y dejarse la garganta cantando las letras en gallego. Pero lo más increíble era la respuesta de un público que no paró de bailar en todo momento; cada aturuxo era recibido con vítores, como si el grito ancestral hubiera conectado directamente con la audiencia valenciana. Esto demuestra que la música es un lenguaje universal; no importan los géneros, los idiomas ni las fronteras para poder disfrutar cuando la propuesta tiene alma.

Un oasis de instrumentación real en la era del Play

Foto: Suso Pardal

En una época en la que cada vez proliferan más los conciertos de artistas comerciales que salen al escenario sin músicos, apoyándose exclusivamente en pistas grabadas, lo de Baiuca es una lección de respeto al directo. En un género como la electrónica de vanguardia, donde sería sumamente sencillo prescindir de instrumentistas, llama la atención la apuesta por el factor humano que define a Fin do barullo.

Contar con percusionistas en escena marca la diferencia. Ver el manejo de instrumentos rurales como la caja de pimentón Jauja, sartenes, el rítmico frotar de las conchas de vieiras o el golpe seco del legón, crea una atmósfera hipnótica. Por momentos, la acústica del Roig Arena nos hacía dudar de nuestra ubicación geográfica: no sabíamos si estábamos en un club de las profundidades de Londres o sudando en la mítica Sala Capitol de Santiago de Compostela.

Voces que recogen el testigo.

Foto: Suso Pardal

Uno de los retos de llevar al directo el universo de Baiuca es la ausencia física de colaboradores de estudio como Rodrigo Cuevas o Carlangas. Sin embargo, las canciones fueron defendidas con una solvencia arrolladora por las cantareiras Antía Muíño, Andrea Montero y Alejandra Montero. Ellas elevaron la polifonía tradicional al nivel de un himno de festival, manteniendo al público en un estado de trance y movimiento constante durante toda la velada.

El concierto no paró de crecer hasta un final de infarto. El bis terminó de incendiar el auditorio con la progresión emocional de «Morriña», la energía oscura y tribal de «Veleno» y ese estallido final de «Ribeirana» que dejó a todo el mundo exhausto.

Baiuca no solo hace música; construye puentes. El pasado sábado, Valencia no solo bailó; Valencia se sintió, por un momento, a la sombra de las Torres de Oeste de Catoira.

Foto: Suso Pardal