No soy redactor. Soy fotógrafo, y lo mío es observar y sentir. Y lo que observé y sentí el pasado 6 de marzo en la Sala 16 Toneladas de Valencia fue algo grande. Así que perdonadme si esto no suena a crónica convencional. Es que no lo es.

La sala estaba llena. Sold out. Y no era un público cualquiera. Era gente que llevaba tiempo esperando esto, algunos desde primera hora en la calle, parte de ellos para el meet & greet, para ver las pruebas de sonido, para estar cerca. Porque con RUTH la cercanía no es un recurso de marketing, es la naturaleza del proyecto.

Hay que tener un par de huevos para hacer lo que está haciendo Ruth Lorenzo con RUTH. Dejar atrás lo que el mundo esperaba de ella y hacer rock. Rock de verdad. Rock hecho con las entrañas, no el capricho de quien ya lo ha tenido todo y ahora quiere probar en otro sector. Además el rock es territorio de hombres, es algo que decidió la industria durante décadas. Y hay mucho pollavieja que callar. Ruth Lorenzo lo sabe. Y ha venido a hacer exactamente eso.

Abrió con I Hate My Life, un mantra construido sobre un coro de adolescentes de la Fundación Alice Cooper Solid Rock Teen Center que pone los pelos de punta antes de que la noche haya empezado de verdad. Desde ahí no hubo respiro. Dirty Love con un riff de guitarra que marca carácter desde el primer segundo. Don’t Break My Heart, que empieza vulnerable y explota en rabia controlada y poesía desgarrada. Un repertorio que es un viaje, el de Blacksheep, disco grabado en vivo y en cinta analógica en los icónicos Real World Studios del Reino Unido, producido por ella misma junto a Emilio Esteban, grabado por Rafa Sardina y mezclado y masterizado por Silvia Massy. No es un disco menor. Es una declaración.

Y luego estuvieron las versiones. Tie Your Mother Down. The House of the Rising Sun. Whole Lotta Love. Odio la frase hecha de «las hizo suyas» porque no le hace justicia. Las cogió y las llevó a otro lugar. Su lugar. Reinterpretaciones que respetan el espíritu sin imitar la forma, que es exactamente lo que separa a un artista de un imitador.

Lo que no se puede describir del todo, aunque lo intente, es la voz. Escuchar a Ruth Lorenzo a menos de dos metros es una experiencia física. Una voz infinita con un control de la afinación milimétrico. Poderosa cuando tiene que serlo, frágil cuando elige serlo. Un instrumento descomunal al servicio de canciones que lo merecen.

Hubo problemas técnicos. Y lejos de romper la noche, la hicieron más real. Más cercana. Porque este proyecto es de salas, de contacto y de sudor. No de palacios y distancia segura. Y Ruth lo gestionó con la naturalidad de quien sabe exactamente dónde está y por qué está ahí.

Junto a ella, una banda que es parte del alma de todo esto. Sergio Bernal a la batería, Ricardo Ruíz al teclado, Nando Robles al bajo y David Lozano a la guitarra y jugando en casa. Las canciones las han construido juntos, y se nota. No hay relleno. No hay acompañamiento. Hay cinco personas que tocan como tocan porque lo sienten, porque los temas les pertenecen.

A la salida se escuchaba una sola palabra: asombro.

Yo me quedé con algo más. Con la certeza de que esto es importante. De que lo que está construyendo Ruth Lorenzo con RUTH es de esas cosas que dentro de unos años la gente va a recordar haber visto en una sala pequeña, de cerca, antes de que todo se hiciera más grande.

Suerte que estaba allí con la cámara. Y con los ojos y los poros bien abiertos.