Rock am Ring 2026: Día 1 — Cuando el Nu metal volvió a reunir generaciones

Texto principal: Maria Paula

El circuito de Nürburgring volvió a convertirse durante un fin de semana en el punto de encuentro de decenas de miles de personas llegadas de todo el mundo, todas con el mismo objetivo: vivir tres días donde la música se convierte en el engranaje central de todo.

Llegar a Nürburgring: el inicio de un sueño

Esta edición de 2026 suponía un nuevo regreso a uno de los eventos más especiales del calendario para nuestro medio. Sin embargo, para mí tenía un significado distinto: era la primera vez que iba a vivir Rock am Ring en persona. Una idea que me tenía especialmente ilusionada, sobre todo teniendo en cuenta un cartel que, desde su anuncio, me parecía absolutamente demencial.

La aventura comenzó la mañana del viernes 5 de junio. A primera hora tomé el shuttle que me llevaría desde Colonia hasta Nürburgring. Durante el trayecto no podía evitar sentirme nerviosa y expectante. Había visto cientos de fotos y vídeos del festival a lo largo de los años, pero nada me había preparado para entender realmente la magnitud de lo que representa Rock am Ring.

Tras llegar al camping comenzó otro desafío completamente nuevo para mí: montar una tienda de campaña. Después de clavar y desclavar las piquetas varias veces, reajustar la estructura y preguntarme en más de una ocasión si realmente estaba haciendo las cosas bien, conseguí instalar mi pequeño hogar para los siguientes días.

Con la misión cumplida, por fin puse rumbo al recinto. Antes incluso de cruzar las puertas me encontré con algo que elevó inmediatamente mis niveles de emoción: un Mercedes completamente brandeado con elementos de Linkin Park, diseñado en colaboración con la propia banda. Puede parecer una tontería, pero fue uno de esos detalles que te recuerdan dónde estás. Linkin Park ha sido una banda importante a lo largo de mi vida, así que resultaba casi surrealista pensar que, en apenas unas horas, iba a verlos, y que justo después iba a ver a Limp Bizkit

Los encargados de encender la mecha en el Orbit Stage fueron los californianos Slay Squad, una banda que llegó dispuesta a romper esquemas desde el primer minuto. Mientras que algunos ya les habíamos echado el ojo gracias a su potente faceta como teloneros en la gira de Limp Bizkit, para una gran parte del público del Rock am Ring supusieron una auténtica y gratificante sorpresa.

ph: kbaezortiz

El gran sello de identidad de Slay Squad es la osadía. Con una propuesta increíblemente agresiva, la banda demostró no tener ningún miedo a mezclar lo inmezclable, fusionando sin complejos las bases del trap y el hip-hop underground con la crudeza pesada del hardcore y el nu-metal. Esa híbrida bofetada sónica pilló desprevenidos a los más madrugadores del festival, transformando la curiosidad inicial de los asistentes en puro movimiento sobre la pista.

Texto y fotos: @kbaezortiz

También estuvimos en We Came As Romans, la banda estadounidense aprovechó su paso por Rock am Ring para seguir presentando All Is Beautiful Because We’re Doomed, su más reciente trabajo de estudio, publicado el año anterior. Gran parte del repertorio giró en torno a este álbum. A medida que avanzaba el concierto me descubrí sonriendo más de una vez. No solo por la actuación de la banda, sino por la sensación de estar finalmente allí, en medio de uno de los festivales con los que llevaba años soñando. Mi pensamiento era siempre el mismo: esto apenas está comenzando.

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Ver a Ankor adueñarse por completo del Orbit Stage fue, sin duda, uno de los momentos más emotivos y significativos de mis cinco años asistiendo fielmente a este festival. Lo que la banda catalana logró sobre el escenario no fue casualidad; fue la prueba irrefutable de que la perseverancia da sus frutos y el claro ejemplo de un fenómeno agridulce: lo mal que tratamos a las bandas de nuestro propio nicho en casa.

Lejos de la frialdad que a veces se espera para una banda extranjera a plena luz del día, Ankor parecía una auténtica banda local alemana. El panorama era sobrecogedor: el público vestía con orgullo sus camisetas y la marea humana se extendió de tal forma que logro llenar el circuito de coches destinado a la zona del escenario, hasta el punto de no caber un solo alfiler.

Ph @kbaezortiz

Verlos desatar esa locura colectiva genera una inmensa ilusión, pero al mismo tiempo obliga a una profunda y amarga reflexión sobre cómo tantas veces se cumple el dicho de que nadie es profeta en su tierra. Mientras en España a menudo se les ha mirado de reojo o con indiferencia, el mercado internacional los abraza con fervor. Una gran parte de este éxito rotundo se debe a la espectacular evolución de la banda; tras un puñado de modificaciones estratégicas en su formación y en su sonido en los últimos años, Ankor ha dado completamente en el clavo, consolidando una propuesta visual y musical de nivel mundial que el Rock am Ring supo coronar como se merece.

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Aprender a perderse en Rock am Ring

Antes de llegar tenía calculadas las bandas que quería ver. En mi cabeza el plan era impecable: moverme de escenario en escenario y no perderme absolutamente nada. Sin embargo, bastaron unas horas dentro del recinto para darme cuenta de la realidad. Rock am Ring es tan grande que resulta imposible estar en todas partes al mismo tiempo.

Lo que sobre el papel parecía una ruta sencilla terminó convirtiéndose en una carrera constante de un escenario a otro. Parte de la experiencia durante aquella primera jornada fue aprender a orientarme, entender la distribución del recinto, calcular los tiempos entre conciertos y descubrir los atajos que me permitirían desplazarme más rápido. Cada trayecto suponía una nueva vista del festival: grupos de amigos sentados en la hierba, disfraces y miles de personas caminando con la misma misión que yo, intentando llegar a tiempo a la siguiente banda.

Conforme avanzaba la tarde entendí que Rock am Ring no se disfruta intentando controlarlo todo. Hay que dejar espacio para la improvisación, aceptar que algunos conciertos se quedarán en el camino y confiar en que, a veces, los mejores momentos aparecen precisamente cuando no estaban en el plan. Supongo que, al final, funciona un poco como la vida misma.

La siguiente parada fue Bush en el Utopia Stage. Aunque no me considero una fan acérrima son de esos nombres que te alegra tener la oportunidad de ver. Su actuación estuvo compuesta por diez canciones que recorrieron distintas etapas de su carrera.

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Clásicos como Machinehead, Everything Zen y la siempre emotiva Glycerine convivieron con material más reciente como More Than Machines, con un sonido mucho más contundente y hasta con aires industriales. Lejos de limitarse a revivir éxitos del pasado Bush sigue encontrando formas de mantenerse vigente frente a nuevas generaciones de oyentes.

El arrollador concierto de The Hives al ritmo del público alemán volvió a demostrar por qué son una de las apuestas más seguras sobre un escenario; la banda sueca no defraudó en absoluto. Su hiperactivo y carismático líder, Pelle Almqvist, desplegó una vez más esa arrolladora personalidad que lo caracteriza, demostrando que es capaz de animar hasta al asistente más desvalido y desganado de la jornada.

El verdadero milagro de la tarde fue ver cómo lograron revivir a los muertos que abarrotaban las primeras filas: una gran masa de público que llevaba horas guardando sitio meticulosamente para el plato fuerte de la noche, Linkin Park. Con la audiencia inicialmente estática y en modo de espera, Almqvist y los suyos no tardaron ni dos canciones en dinamitar esa pasividad a base de guitarrazos garajeros, trajes elegantes y una actitud punk incorregible.

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The Hives se metieron a absolutamente todo el mundo en el bolsillo. El magnetismo fue tal que la multitud terminó respondiendo masivamente a cada una de las órdenes del vocalista, logrando que miles de personas se agacharan, saltaran y formaran parte activa de un espectáculo caótico y perfectamente calculado. Una lección magistral de cómo domar a un festival entero.

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Cuando el público sabe exactamente a qué viene

Más allá de la música, hubo algo que me llamó la atención desde el primer momento. Pasar de uno de los escenarios principales a un espacio más pequeño suponía también un cambio completo de ambiente. A pesar de formar parte del mismo festival, la sensación era completamente distinta. Todo se sentía más cercano, más espontáneo, casi como si durante unos minutos Rock am Ring se transformara en un evento mucho más pequeño y underground.

Y precisamente esa fue la impresión que me dejó Magnolia Park. Con una estética muy marcada, la banda consiguió crear un espacio propio dentro del caos del festival. Su mezcla de pop punk, rock alternativo y elementos modernos conectó de inmediato con el público, pero lo que más me llamó la atención fue la sensación de que todos los que estábamos allí habíamos tomado la misma decisión consciente. No parecía uno de esos conciertos en los que la gente se queda esperando a la siguiente banda; daba la impresión de que la mayoría sabíamos exactamente a qué habíamos venido. el concierto terminó sintiéndose mucho más íntimo de lo que cabría esperar en un festival de estas dimensiones y personalmente fui muy feliz escuchando en vivo Shallow y Ask For It

Siguiendo nuestro itinerario frenético, la siguiente parada fue The Plot In You en el Mandora Stage. El inicio del concierto me pareció algo contenido, como si tanto la banda como el público estuvieran encontrando poco a poco el ritmo adecuado. Sin embargo, a medida que avanzaba el set, la intensidad fue creciendo hasta terminar con el escenario rodeado de llamas 

La banda abrió con Divine, una elección que funcionó a la perfección para romper el hielo, buena parte de los asistentes conocía perfectamente el repertorio. De hecho, la sensación era similar a la que había experimentado antes con Magnolia Park: no parecía un público casual, sino uno formado por personas que habían acudido específicamente para ver a la banda. No me sorprendería que muchos de los que estábamos en el Orbit Stage hubiéramos terminado recorriendo el mismo camino hasta el Mandora.

La diferencia estaba en la escala. Aunque no se trataba del escenario principal, el Mandora Stage imponía una distancia mucho mayor entre artistas y espectadores. Con un repertorio de 15 canciones, uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la capacidad de Landon Tewers para transmitir cada palabra. Hay vocalistas que interpretan canciones y otros que parecen revivirlas; Tewers pertenece claramente al segundo grupo. La crudeza, la vulnerabilidad y la carga emocional que caracterizan gran parte de las composiciones de la banda se trasladaron al directo de forma completamente natural

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Por otro lado, Sharon den Adel y compañía tenían ante sí una tarea monumental en esta edición del Rock am Ring. Tras más de 20 años sin pisar el mítico festival alemán, la banda neerlandesa regresaba con una mochila completamente diferente: ya no eran las promesas del metal gótico de principios de los 2000, sino auténticos veteranos con un legado consolidado y un sonido que ha evolucionado hacia terrenos más modernos y combativos.

El desafío de la jornada no era menor. Al programar los horarios, Within Temptation tuvo que competir directamente por la atención del público contra la modernidad arrolladora de Architects. Para las generaciones más jóvenes que rondaban el festival ese día, la balanza parecía inclinarse hacia el metalcore británico; sin embargo, el magnetismo de los neerlandeses demostró su fuerza. Una imponente masa de fieles y curiosos dio un vuelco hacia el escenario principal, listos para entregarse al metal sinfónico de la banda.

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El concierto se convirtió en una auténtica celebración de su historia. Con un setlist milimétricamente equilibrado, Within Temptation descargó un arsenal de hits característicos que repasaron toda su carrera —desde sus himnos más clásicos y teatrales hasta sus potentes composiciones recientes—. Fue la estrategia perfecta no solo para renovar las aguas de su antiguo paso por el festival, sino para plantarse con autoridad, sacudirse la nostalgia y demostrarle al Rock am Ring que su legado sigue más vivo y vigente que nunca.

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¡Vaya absoluto descubrimiento ha sido Drain! Si un festival se mide por la pasión y la frescura de las bandas emergentes, los de California se coronaron por derecho propio como una de las grandes revelaciones de la edición. Desde el segundo en el que se subieron al escenario, quedó claro que estos chicos no venían simplemente a cumplir con el horario; traían unas ganas acumuladas de festival que desbordaban por todos los costados y una energía tan eléctrica como contagiosa.

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Esa actitud tan característica y desenfadada, que mezcla la agresividad del hardcore más rudo con las buenas vibras playeras de Santa Cruz, fue el combustible perfecto para encender la pista. El mosh pit respondió de inmediato, disfrutando y desatándose como nunca. El concierto se transformó rápidamente en una fiesta de saltos, sudor y pura adrenalina, donde la banda y el público se fundieron en una sola masa hambrienta de ruido.

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Decisiones imposibles: Don Broco vs Architects

Y llegó otra de las decisiones complicadas que ya me había planteado desde casa mientras organizaba el planning: ¿Architects o Don Broco? Dos bandas que tenía muchas ganas de ver, pero al final había una que llevaba meses sonando en mi cabeza prácticamente a diario. Así que no hubo mucha más discusión: tocaba volver corriendo al Orbit Stage para intentar llegar a tiempo a Don Broco.

La banda salió con Pretty dándonos una vibra mucho más festiva, divertida y contagiosa. Era imposible no sonreír viendo a Rob Damiani moverse por todo el escenario, bailar, interactuar con el público y transmitir esa sensación de estar disfrutando cada segundo del concierto.

La energía no venía solo del cantante; toda la banda parecía estar en la misma sintonía, creando una atmósfera que invitaba a dejarse llevar. Entre las canciones que más esperaba escuchar estaban Disappear, Gumshield, Everybody y, especialmente, True Believers, esta última en colaboración con Sam Carter de Architects.

Aunque sabía perfectamente que Sam estaba tocando en ese mismo momento en el Utopia, mantenía en el fondo una pequeña esperanza de que apareciera para cantar la canción juntos. Y durante unos segundos parecía que iba a pasar: justo antes de empezar el tema, Rob presentó a Sam como si realmente fuera a salir al escenario. La reacción fue inmediata; todos nos emocionamos esperando ese momento.

Pero la realidad llegó rápidamente cuando bastaba con mirar las pantallas del festival para ver que Sam seguía en el otro escenario, cantando con Architects. Don Broco nos había tendido una pequeña trampa y, lejos de decepcionarnos, Rob aprovechó para reírse de todos los que habíamos caído. Un momento sencillo, pero de esos que hacen que un concierto se sienta todavía más cercano y te enamores de la espontaneidad de la banda. 

Al terminar corrí al Utopia Stage, con la esperanza de alcanzar a ver al menos una parte del concierto de Architects. Por suerte llegué a tiempo para escuchar las últimas canciones del set, entre ellas When We Were Young, Everything Ends, Seeing Red y Animals.

Aunque me habría encantado ver la actuación completa, esos últimos minutos fueron suficientes para disfrutar de una de mis bandas personalmente favoritas del cartel. La última vez que los había visto fue en Razzmatazz durante la gira de su disco más reciente, por lo que el contraste no estaba tanto en la banda como en el entorno. Pasar de una sala cerrada a un escenario gigantesco frente a decenas de miles de personas cambia por completo la experiencia.

Incluso llegando al final del concierto, resultaba impresionante ver cómo canciones como Seeing Red o Animals eran recibidas por una multitud que respondía a cada palabra. Fue uno de esos momentos en los que tomas conciencia de la magnitud de Rock am Ring y de lo diferente que puede sentirse una misma banda dependiendo del lugar donde la veas.

El festival siempre plantea decisiones difíciles, y uno de los solapes más dolorosos y comentados de la jornada fue, sin duda, el de Papa Roach y Trivium. En los minutos previos al concierto, se respiraba en el ambiente esa inconfundible mezcla de molestia y resignación entre los asistentes, divididos por tener que elegir entre dos gigantes del metal. Sin embargo, cualquier rastro de duda se disipó en cuanto Matt Heafy y los suyos pisaron el escenario: el equipo de Trivium salió dispuesto a darlo absolutamente todo, sin importar nada más.

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Aunque la coincidencia de horarios hizo que el recinto no estuviera lleno hasta la bandera, un escenario a medio gas nunca ha sido un problema para una banda con la intensidad de Trivium. La respuesta del público fue inmediata y feroz; la falta de espacio se compensó con pura adrenalina, desatando una oleada de pogos y mosh pits salvajes entre los fieles que eligieron la opción más pesada de la tarde.

Respaldados por un despliegue implacable de fuego, pirotecnia y un sonido atronador, los estadounidenses demostraron por qué son una de las bandas más respetadas en directo. Al final, la comunión entre la banda y sus seguidores fue total, dejando a los asistentes exhaustos, felices y con la certeza de haber tomado la decisión correcta.

Texto y fotos: @kbaezortiz

Una noche escrita con himnos generacionales

Llego el turno de ver a la tripleta de la noche, Papa Roach, Linkin Park y Limp Bizkit, muy loco para ser cierto, solo verlo escrito parece el cartel imaginario que uno habría creado hace años. El set incluyo 16 canciones empezando por Even if it kills me, seguido de clásicos como Blood Brothers y Dead Cell, Ver a Jacoby Shaddix en directo es contemplar a alguien que lleva toda una vida dominando escenarios. Se movía con una naturalidad absoluta, recorriendo el Utopia Stage sin esfuerzo aparente y manteniendo al público conectado en todo momento. Hay artistas que transmiten energía; Jacoby transmite experiencia. Tiene esa presencia que solo desarrollan los músicos que han pasado décadas frente a miles de personas y aun así siguen disfrutándolo como si fuera la primera vez.

Uno de los momentos que más me emociono llegó con el Nu Metal Time Machine, la banda rindió homenaje a algunos de los himnos más emblemáticos del género interpretando fragmentos de canciones como Blind de Korn, My Own Summer de Deftones, Break Stuff de Limp Bizkit y Chop Suey de System of a Down. Cada referencia era recibida con una explosión de gritos y nostalgia colectiva, antes de desembocar en una apoteósica interpretación de Last Resort.

Fue uno de esos momentos que trascienden el propio concierto. Durante unos minutos no parecía que estuviéramos viendo únicamente a Papa Roach, sino celebrando toda una generación de bandas que marcaron la adolescencia de miles de personas. Y sí, mientras sonaba Last Resort, pensé varias veces en la suerte que tenía de estar allí viviéndolo.

Sentí una mezcla de nostalgia y felicidad cuando terminó el concierto de Papa Roach, pero entonces recordé que lo mejor para mí todavía estaba por llegar, Linkin Park, mi banda favorita durante años y la responsable de que comenzara a adentrarme en este mundo.

Recordaba a mi yo de pequeña viendo el DVD del Road To Revolution, ahí fue cuando verlos se convirtió en un sueño. Y me recorrían todos estos recuerdos mientras las luces seguían apagadas y el escenario permanecía en silencio. 

Fue un momento extrañamente emotivo, una mezcla de nostalgia, ilusión y agradecimiento por todas las decisiones, grandes y pequeñas, que me habían llevado hasta ese lugar. viéndolos. El set abrió con With You del Hybrid Theory, luego Somewhere I Belong, pero también canciones recientes como Up From The Bottom y The Emptiness Machine, el equilibrio entre pasado y presente funcionó de manera natural, sin que ninguna de las dos facetas se sintiera fuera de lugar. 

Fue emocionante ver a Mike Shinoda en frente, una leyenda para mi. También a Joe Hahn haciendo lo suyo, como si siguiera viendo ese dvd hace tantos años. También tenía mucha curiosidad por ver cómo funcionaba la banda en directo junto a Emily Armstrong. Desde su incorporación me ha interesado el camino que han decidido tomar y quería comprobar por mí misma cómo se trasladaba esa nueva etapa al escenario. Emily se mostró segura, enérgica y completamente integrada en la dinámica del grupo, aportando su propia personalidad a las canciones sin intentar replicar aquello que pertenece a otra época.

Lo que terminó de hacer especial el concierto fue el público. Frente al escenario se extendía una multitud inmensa de personas que parecían compartir exactamente la misma emoción, habían personas cantando, sonriendo, abrazándose o simplemente contemplando el momento. Durante un par de horas, miles de historias diferentes coincidieron en un mismo lugar por una razón muy sencilla: todos estábamos allí porque Linkin Park había significado algo importante en nuestras vidas.

Y cuando parecía imposible que la noche pudiera ofrecer algo más, todavía quedaba Limp Bizkit.

Ph: @kbaezortiz

Después de la carga emocional que supuso ver a Linkin Park, el concierto de los estadounidenses se sintió como una fiesta gigantesca para cerrar la jornada. A esas alturas llevaba horas caminando de un escenario a otro, con las piernas agotadas y la cabeza llena de momentos que todavía estaba procesando, el cansancio estaba presente, pero nadie parecía dispuesto a marcharse antes de tiempo. miles de personas abandonamos el Utopia Stage para dirigirnos hacia el Mandora, donde Fred Durst y compañía se preparaban para poner el broche final a la primera jornada. Era otro de esos momentos en donde percibes la magnitud de Rock am Ring: una auténtica marea humana desplazándose de un escenario a otro con el mismo objetivo.

Fred Durst apareció sobre el escenario siendo uno de los frontman más carismáticos y polémicos de nuestra época. El repertorio fue una sucesión de himnos generacionales. Rollin, My Generation, Break Stuff y Nookie Había algo casi surrealista en mirar a mi alrededor y ver a miles de personas cantando canciones que llevan más de dos décadas formando parte de la cultura popular.

Y aunque había esperado durante años para ver a Linkin Park, terminar la jornada con Limp Bizkit fue el broche perfecto para un primer día que había superado cualquier expectativa que pudiera haber tenido al subir al shuttle aquella misma mañana en Colonia.

Mientras caminaba de regreso al camping, con los pies cansados y la voz bastante peor de lo que había empezado el día, no podía evitar pensar lo mismo que horas antes viendo a We Came As Romans: esto apenas estaba comenzando.