Crónica: Graveyard pasan por Madrid ofreciendo una lección de autenticidad y elegancia.
Ya teníamos ganas de poder ver a una banda del nivel de Graveyard por la capital, y para variar, los suecos no defraudaron el pasado viernes en la sala Changó de Madrid.
Texto: Andrea Fotos: Beatriz Blanco
Abrieron la noche los barceloneses The Mothercrow, que presentaron hace poco su más reciente trabajo, Foráneo. Una propuesta que se mueve entre el hard rock de corte clásico con pinceladas psicodélicas y un sonido sólido, cercano también al blues, pero siempre potente, destacando especialmente la voz de la siempre carismática Karen Asensio.

Entre su setlist, temas como Standing My Ground, Swat It!, Revolution y Lizard Queen sirvieron para dejar claro que podemos sentirnos orgullosos, a nivel nacional, de tener bandas de este calibre (y más aún dentro de este tipo de géneros).
Quince minutos más tarde, tras preparar el escenario, los de Gotemburgo subieron sin hacer demasiado ruido, en su línea habitual. Arrancaron con Twice, tema de su más reciente álbum, 6, quizás más cercano al rock clásico y bastante bien escogido para sentar el tono y desarrollar un conciertazo a partir de ahí.

Fueron sucediéndose temas de sus discos anteriores, como el tremendo Hisingen Blues (2011), Lights Out (2015) y Peace (2018). Canciones como Bird of Paradise, Cold Love o Goliath encadenaron una demostración de elegancia y ejecución precisa, sin florituras, destacando, por supuesto, las preciosas y celebradas (no es para menos) Hisingen Blues y Uncomfortably Numb, de su ya mencionado álbum más reconocido (mientras escribo esto, no he podido evitar abrir una pestaña del ordenador para comprar ese vinilo).
Todo sin apenas pausa, dejando claro que lo suyo es hablar poco y tocar mucho (y muy bien).

La sala Changó, eso sí, quizás se quedó algo pequeña para una banda de la envergadura de Graveyard (hace poco tuve la oportunidad de verlos en el festival Sonic Blast, con más efectos y público, y aunque parte de ese público estuviese mentalmente en otro lugar —ya os imagináis—, fue un concierto potentísimo). Sin embargo —y sin por ello lamentarme, ni mucho menos—, en esta ocasión tuvimos a unos Graveyard cercanos, más íntimos, sin artificios, ni discursos innecesarios, adornos o pretensiones, ya que hicieron poco más que saludar. Prefirieron tocar y dejar que la música (y sus espectaculares solos de guitarra) hablasen por sí solos.
Y es que, mención especial, la banda finalizó con The Siren, seguramente una de esas canciones por las que muchos de los allí presentes les conocimos, y cuya letra y melodía es imposible que no cautiven a cualquiera con un mínimo de alma.
Graveyard —o como decimos muchos, “los Graveyard”— cuentan ya con casi 20 años de carrera a sus espaldas y no han dejado de ser fieles a un sonido que, aun con raíces clásicas, se mantiene actual y fresco. Su propuesta, entre la nostalgia y lo vintage, sirve de referencia a otras bandas que han intentado recuperar ese sonido. Y por supuesto que lo consiguen: suenan clásicos sin parecer viejos o manidos, son fieles a su estilo sin resultar repetitivos, y auténticos sin impostar. Conocen su terreno, su parcela de cementerio (nótese el juego de palabras) y, en lugar de intentar venderse, se limitan a tratar de ser unos de los mejores actualmente en su género.
Era fácil escuchar a cualquiera de los que estábamos por allí comentar, con motivo, que Graveyard es una de esas bandas injustamente infravaloradas, y que, seguramente, si hubieran nacido hace 40 o 50 años, estaríamos hablando de una banda de culto absoluto en el panorama del blues rock psicodélico. Pero como, por suerte, están aquí, ahora, solo nos queda ir a verlos cada vez que pasen cerca y agradecer que sigan haciendo lo que hacen, siempre que no vuelvan a intentar separarse. Con ese sonido recuperado del pasado, pero que suena más vivo que nunca.











