Crónica: The Hives en Madrid
Tengo algo que confesar: nunca he sido especialmente fan de The Hives. Y es que, en parte, creo que es una banda que o te gusta muchísimo o te da bastante igual y me posiciono más en este segundo grupo. Pero tras el concierto que dieron los suecos anoche en La Riviera de Madrid, quizá la próxima vez que me ponga sus temas los escuche con otros oídos.
Si tuviera que elegir una única palabra para describir el directo de The Hives sería ‘electrizante’. Y no puede ser casualidad que los trajes que les han vestido durante todo este tour estén estampados con relámpagos que brillan en la oscuridad, tanto como ellos sobre un escenario que anoche se les quedó pequeño. El setlist: 15 canciones que llegaron como un rayo; empezaron y acabaron tan rápido que nos dejaron sin aliento, sin un momento para procesar la cantidad de estímulos que nublaban nuestros sentidos. Ni un momento de silencio hubo desde que, con los focos apagados y al ritmo de la Marcha Fúnebre de Chopin, la banda de Suecia entró en el escenario en un caminar compuesto que les duró a penas unos minutos. Todo lo que vino después fue puro caos.

Bogus Operandi, Main Offender y Walk Idiot Walk pusieron la sala –que estaba hasta los topes (y es que más de alguno se quedó sin su entrada, que se agotaron prácticamente al inicio de su venta)– a punto y sirvieron de calentamiento para un público que lo dio todo saltando, bailando, gritando y tocando en innumerables ocasiones a un Pelle que no sabía (o no podía) quedarse quieto ni un solo segundo. Hubo alguno que inclusó intentó bailar un tango en pareja en mitad del pogo que se había formado en el centro de La Riviera y alguno que otro, con el móvil apuntando al cantante, se llevó un lametazo a la cámara que seguramente se convierta en la anécdota del año.
Si en ocasiones la voz temblaba, no llegaba a las notas más altas, las estrofas más complejas y demandantes no quedaban del todo allá y el micrófono se acoplaba en un chirrido infernal de todas las veces que voló por los aires, lo cierto es que la puesta en escena y el instrumental tan rotundo que tienen compensan por todas esas pequeñas faltas. Nadie podría jamás fijarse en una nota desafinada cuando Pelle está encaramado a un altavoz del extremo del escenario intentando llegar a la barra del bar, para luego tirarse a la pista y surfear entre los asistentes. Y eso mismo comentó él entre risas tras Good Samaritan, en un español suelto que también nos regaló la mítica “¡Señoritas, señores y todos vosotros!”.

Cuando se quitaron las chaquetas de traje y se quedaron en camisa, las mangas hasta los codos y la tela toda sudada, ahí supimos todos que la cosa se ponía seria. Hate To Say I Told You So es la canción, la que la gente corea a todo pulmón, la que te deja las rodillas resentidas de tanto salto. Con un puente en el que se quedó solo el bajo con la gente siguiendo las notas en un tarareo que llenó la sala hasta el último rincón y Pelle (de nuevo metido hasta la cintura en la multitud) cantando el estribillo sobre el barullo, el suelo vibró cuando estalló el final de la canción. Parecía como si el concierto fuese a acabar ahí, porque más arriba no se podía llegar, pero sólo estábamos a mitad de setlist. Sin coger aire, cuando el micrófono volvió desde lo más alto del escenario a las manos del cantante, tocaron Trapdoor Solution que fue tan rápida que pareció más interludio que canción.
No había cuerpo para baladas, pero Pelle (el hombre no se callaba, en ocasiones parecía como si estuviera dando un monólogo más que un concierto) insistió que iban a tocar rock and roll suavito y que nos iba a gustar; aunque I’m Alive podría ser de todo menos eso, aun siendo de las más “tranquilas” del show. Después llegaron Smoke & Mirrors y See Through Head que, personalmente, pasaron un poco sin pena ni gloria entre el resto de temas que supieron agarrar más nuestra atención y robarnos el mitiquísimo español “lololó”, que irrumpió en la última Countdown to Shutdown.

Siguiendo la absurda tradición de abandonar el escenario y volver cuando el público haya suplicado un bis, The Hives pusieron el broche de oro a la noche con dos temazos que sonaron tan grandes como si aquello hubiera sido un estadio en lugar de una sala. Come On! provocó un estallido de gritos y aplausos entre el público que era imposible quedarse quieto, el cuerpo se te iba solo contagiado por la histeria colectiva y el buenrollismo. Y Tick Tick Boom terminó por reventarlo todo en un desenfreno inigualable que acabó por sentenciar que la banda no tiene rival cuando se trata de dar un buen show.
















