Lo Viejo Si Funciona

The Kings of Blues cerraron el Corbera Blues Festival 2025 con un show incendiario. La banda, formada por leyendas vivas como Vasti Jackson, Tony Coleman, Kenny “Blues Boss” Wayne, Russell B. Jackson y Waldo Weathers, ofreció dos horas de blues, funk y rock & roll del más puro y visceral.

Corbera, 29 de junio de 2025. Última noche del festival. Pueblo en calma, cerveza fría, un escenario que ya había visto de todo ese fin de semana… hasta que ellos salieron a escena.
El calor era insoportable. 39 grados nos esperaban como un puñetazo seco en la cara. Ese calor de pueblo en verano, que no te deja respirar, que te hace transpirar hasta los huesos. Pero ahí estábamos. Porque si vas a ver al blues arder, qué mejor que hacerlo con el cuerpo en llamas.
Yo ya lo sabía. Lo había visto a Vasti Jackson romper la noche valenciana hace un tiempo, en el escenario del 16 Toneladas. Ahí lo conocí, cámara en mano, entre luces y solos de guitarra que no necesitan autotune ni efectos. Solo madera, metal y alma. Esa noche entendí que el blues no está muerto. Solo esperaba a que lo llamaran de vuelta a pelear. Y vaya si lo llamaron.

Vasti Jackson

Porque lo que pasó en Corbera no fue un concierto. Fue una declaración de principios. Subieron al escenario cinco tipos que no vienen a jugar a ser leyenda: lo son. The Kings of Blues, se llaman. Y no es marketing, es una verdad tallada a mano en cada nota.

¿Quiénes son? Sentate.

Vasti Jackson,  voz y guitarra, un frontman como ya no quedan, mezcla de fuego, groove y espíritu gospel. Te canta con los dedos, te rompe con la mirada.
Tony Coleman, batería. El ex B.B. King que no pega, castiga. Pero además, arenga, grita, apunta al cielo y al público con las baquetas como si estuviera dirigiendo una revuelta.
Kenny “Blues Boss” Wayne, teclado. Una mezcla de elegancia, swing y groove, premiado y respetado por todo el mundo del blues.
Waldo Weathers, saxo. Viene de tocar con James Brown, y eso se nota: suena como si el alma del funk lo empujara desde adentro.
Russell B. Jackson, bajo. Otro «ex» de B.B. King, otro guerrero de la línea de fuego. Firme, clásico, profundo.
Todos tipos grandes, con años encima. Y todos, con hambre.

Dos horas a fuego.

Dos horas que no fueron solo música. Fueron testimonio. Fueron una clase. Una misa negra. Cada tema era una historia, un rugido, una postal del Mississippi, de Memphis, de lo que fuimos y deberíamos volver a ser.
Vasti dominaba el escenario como un predicador endemoniado. Tony incitaba a la rebelión desde la batería: señalando, sonriendo, gritándole al público que el blues también se baila con el puño en alto.
Y entonces pasó eso que te deja con la cámara colgando y el corazón en la garganta.
Vasti, Waldo y Russell caminaban el escenario con esa cadencia tan blues, tan de ellos: sin apuro, con swing en los huesos, con ese aire de tipos que ya vieron todo… y sin embargo, siguen tocando como si fuera la primera vez. Cantaban al borde, miraban al público, se reían entre sí como hermanos que comparten el fuego.
Y ahí estaba Kenny “Blues Boss” Wayne, sentado, elegante, siempre a la derecha del escenario, sin moverse ni un centímetro de más. Hasta que ellos tres se le fueron encima. No en actitud de estrellas, no en pose. Fueron como niños al fogón, mirando al maestro, esperando la chispa.
Y Kenny la soltó. Lo que siguió fue un solo de teclas que hizo lagrimear hasta al mismo dios del blues. Piano eléctrico, toque justo, ni una nota de más. Pura emoción, pura escuela. Fue como si Ray Charles y Otis Spann se cruzaran en un cruce de caminos y dijeran: “dale, Kenny, es todo tuyo”. Y él lo tomó, lo rompió y lo devolvió hecho arte.

 

Y el final…

Y cuando creías que ya no quedaba nada por quemar, cuando los cuerpos sudaban y las almas seguían bailando con las velas ardiendo, Vasti pegó el salto.
Se subió de un brinco a una caja de sonido a centímetros del público. Ahí, arriba de ese altar improvisado, nos miró a todos. Y entonces rompió el aire con un solo no eléctrico, pero electrizante.
No fue solo lo que tocó —que fue animal—, fue cómo se movía, cómo sacudía la guitarra como si estuviera exorcizando demonios.
Ese solo tenía algo del diablo, pero también de salvación. Un rugido con forma de nota. Un grito hecho slide. Un latido que vino de abajo y nos atravesó a todos como un rayo.
La gente no gritaba: rugía. Yo… ni disparé. Porque a veces hay que dejar la cámara y mirar con el alma.

Reflexión y cierre

Yo llevo muchos años en esto. Vi mucho. Escuché de todo. Fotografié lo que pude y lo que quise. Y te juro que tengo que hacer memoria… mucha memoria, para recordar algo tan bestial. Tanto en sonido, en músicos, en escena, en transpiración.
Y eso, amigo… eso lo dice todo.
Porque esto no fue solo un show. Fue una prueba irrefutable de que el blues, el funk y el rock & roll siguen vivos. Y no por nostalgia. Siguen vivos porque hay tipos como estos que lo llevan en la sangre, que lo tocan como se respira y lo escupen como se predica.
Porque el rock & roll no salió de una app. Es hijo de tipos como estos. De bestias que no necesitan decorado para romperte el alma en dos.

Ahora me esperan otras notas. Tengo que sentarme a contar lo que hizo Graham Foster, la bestia blanca del blues británico que Elton John descubrió y que comparte sangre con Malcolm, aquel bajista de The Pretenders. Y también hablar de los locales, de Sweet Marta and the Blues Shakers, esa armónica que destila blues puro, con una banda que suena tan ajustada que parece de otro tiempo.

Pero eso no será hoy. Hoy, lo único que puedo decir, con la cámara colgada y el corazón todavía agitado, es que…

Lo viejo sí funciona.