La Renga

Sin Consuelo para mi Locura

Lo que pasó el domingo 17 de mayo en Barcelona no fue un «evento», no fue una «activación de marca» ni una «experiencia inmersiva». Fue, sencillamente, rock. Y el rock, cuando es de verdad, es un «no» rotundo a la domesticación. Es el «grito de los que no necesitan permiso para ser».

Desde temprano, el aire en Montjuïc ya venía con otro aroma. Era el olor a fernet, a asado improvisado en la memoria, a amigos, a los que están allá y los que están acá y a esa transpiración que solo genera la ansiedad de volver a verse. En ese parque que custodia la entrada al recinto, la fiesta ya había empezado. Banderas que cruzaron el charco, trapos con nombres de barrios que parecen lejanos pero que esa tarde estaban ahí, latiendo en el corazón de Barcelona. Miraba esas caras y sabía que lo que venía era grande. Era una comunión de pertenencia. Entre banderas y música, el banquete ya estaba servido antes de que sonara la primera nota.

A las 20:15, cuando el sol ya se había rendido ante la intensidad de la «familia renguera» el Poble Espanyol dejó de ser un museo al aire libre para convertirse en territorio liberado. 5.000 almas, un sold out que se sentía en la presión del pecho contra la valla, estallaron cuando los primeros acordes de «Buena ruta hermano» cortaron el aire como un rayo.

Chizzo, Tete y Tanque no vinieron a cumplir. Vinieron a reafirmar que la autogestión y la independencia no son slogans, son una forma de caminar la vida. Siguieron con «Tripa y corazón», «Cuándo vendrán» y «Buena pipa». No hubo parafernalia. Hubo tres tipos arriba de un escenario dándolo todo, y una marea humana abajo devolviendo cada nota con la garganta en carne viva.

El setlist fue un viaje sin escalas, una patada en la cabeza y un abrazo al alma. Después de esos primeros golpes, la lista siguió con «A Tu Lado», «Almohada de piedra», «Detonador», «Desnudo para siempre», «Poder», «A la carga», «Tirano», «El Rito» y «Ese lugar de ninguna parte».

Pero mediando el concierto, algo pasó. Algo cambió. Empezó con «En el baldío» y muchos sentimos el corazón apretarse en un puño, pero aguantamos. Después nos clavaron «Lo frágil de la locura» y ahí sí, algunos, yo incluido, no pudimos contener la emoción, los recuerdos, la vida misma. Tuve que dejar las cámaras, y eso que no es mi primera función en los conciertos, no podía seguir. Luego vino «Bien alto» y «Cuando estés acá», para cerrar esta parte con «Balada del diablo». La recuperación emocional se ponía difícil, la piel erizada y la garganta apretada.

El viaje continuó con «En la banquina», «El ojo del huracán», «Motoralmaisangre», «Triste Rey», «El viento», «Oportunidad», «La Razón» y «Oscuro». Cada tema, un latigazo, una caricia, una verdad escupida al aire. Y cuando pensábamos que ya no quedaba más, que el cuerpo no daba para más, llegó el final, ese final que te deja sin aliento y con ganas de más.

Con «El Revelde» Barcelona se prendió fuego, un grito de guerra que nos recordó por qué estamos acá. Después, la locura total con «Panic Show», el pogo más grande del universo, una masa de gente saltando y cantando como si no hubiera un mañana. Y para cerrar, para dejarnos la piel erizada y el alma en la mano, «Hablando de la libertad». Un himno, una declaración de principios, la certeza de que el rock es esto: libertad, encuentro, y la promesa de que el banquete, tarde o temprano, siempre vuelve a servirse.

«El rock es ‘NO’; cuando es ‘sí’ es entretenimiento dijo el gran Ruso Verea. Y lo que vivimos en el Poble Espanyol fue un ‘NO’ gigante a la distancia, un ‘NO’ al olvido. Fue el banquete que nos debíamos en esta parte del mundo.»

La Renga en Barcelona no fue solo un concierto. Fue la prueba de que el rock, cuando tiene verdad, no conoce fronteras ni pasaportes. Fue el rugido de un ave que sigue volando alto, sin importarle las modas, recordándonos que, al final del día, lo único que importa es que el banquete sigue servido.

¡Salud, y que sea rock!