¿Quién nos iba a decir hace unos años que una banda de Minsk que canta en ruso sobre la crudeza postsoviética iba a reventar la sala principal de Razzmatazz? Lo de Molchat Doma ya no es un secreto de melómanos oscuros ni un meme de internet; es una realidad total.

Hace ya algunos días se plantaron en Barcelona y dejaron claro por qué han pasado de tocar en la pequeñísima sala Meteoro en 2019, a llenar la Apolo estos últimos años, y finalmente dar el gran salto a Razzmatazz 1. Ver cómo se les queda pequeño cada recinto que pisan es la prueba definitiva de su brutal crecimiento.

Lo curioso es que salieron a un escenario completamente desnudo. Sin teloneros, sin carteles pomposos, sin pantallas gigantes dándonos estímulos visuales, ni músicos de apoyo. Solo ellos tres (Egor Shkutko a la voz, Roman Komogortsev a la guitarra y sintes, y Pavel Kozlov al bajo) arropados por la más absoluta oscuridad y ante más de mil personas entregadas desde el primer segundo.

La noche arrancó con el acelerador a fondo y apostando por su faceta más puramente electrónica. Temazos como Kolesom y Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya convirtieron la sala en una discoteca oscura improvisada. Por cierto, un aplauso gigante para los técnicos de sonido: el volumen estaba perfecto, de esos conciertos donde notas cada detalle de la producción y el bajo en el pecho sin necesidad de salir al día siguiente con pitidos en los oídos.

A un lado, Roman y Pavel hacían auténtica magia multiplicándose entre bajos hiperbólicos, guitarras afiladas y cajas de ritmos mecánicas. En el centro, bajo un foco permanente, Egor Shkutko ejercía de maestro de ceremonias con sus ya icónicos bailes robóticos y espasmódicos.

Tras el subidón inicial con la bailable III, bajaron un poco las revoluciones para ponerse atmosféricos. Sonaron canciones de su último trabajo como Belaya Polosa o la magnética Son, que sonó tan densa y misteriosa que parecía firmada por los mismísimos The Cure. Fue ahí cuando Egor desató la locura bajándose al foso a rozar las manos de las primeras filas, desatando un fervor casi místico entre los fans.

La segunda mitad fue un auténtico viaje sin frenos hacia los clásicos de la banda. El bajo de Pavel introdujo con una potencia descomunal Lyudi Nadoeli, abriendo la veda para que la pista se transformara en un hervidero con la vibrante Discoteque. Es increíble cómo este trío consigue actualizar el sonido ochentero y el coldwave, dándole un toque fresco que entra directo a los pies.

Para los bises nos tenían guardada una sorpresa preciosa: un guiño instrumental tocando los acordes de A Forest de The Cure que desembocó en la oscurísima Kletka. La locura total llegó, como era de esperar, cuando Egor gritó aquello de «Are you ready?» para arrancar con el fenómeno global Sudno (Boris Ryzhyi), con todo Razzmatazz intentando corear fonéticamente en ruso un himno que ya es generacional.

Reconozco que entré a la sala con la duda de si tres personas en un escenario tan enorme podrían replicar la densa atmósfera de sus discos de estudio. Me equivoqué por completo. La solidez instrumental de Roman y Pavel y el magnetismo natural de un Egor que llena el espacio sin necesidad de decir una sola palabra son de otra galaxia. Ahora solo queda cruzar los dedos para que este 2026 nos traiga música nueva que continúe el legado de su último LP.