Hay bandas cuya sola presencia justifica una entrada. No necesitan reinventarse ni sorprender con artificios; basta con que aparezcan sobre el escenario y dejen que las canciones hablen por ellas. Eso fue precisamente lo que ocurrió en la noche del miércoles en Valencia, dentro del ciclo FAR València, donde ZZ Top volvió a demostrar que más de medio siglo después sigue siendo uno de los grandes nombres del rock americano.

Con una puntualidad casi británica, el trío apareció a la hora prevista ante un recinto que presentaba una notable entrada. El público, compuesto por varias generaciones, respondió desde el primer minuto a la llamada de Billy F. Gibbons, Frank Beard y Elwood Francis, heredero del inolvidable Dusty Hill. Había ganas de reencontrarse con una banda que ha convertido el blues-rock texano en un lenguaje universal y que, lejos de vivir exclusivamente de la nostalgia, continúa defendiendo su repertorio con una naturalidad admirable.

El escenario, presidido por una cuidada producción visual pero sin excesos, cedía todo el protagonismo a las canciones. Porque en ZZ Top nunca ha hecho falta mucho más: una guitarra afilada, un bajo contundente, una batería sólida y ese inconfundible groove que ha marcado generaciones enteras de músicos.

Desde los primeros compases quedó claro que la maquinaria sigue perfectamente engrasada. Billy F. Gibbons continúa siendo un guitarrista de enorme personalidad, capaz de arrancar de cada riff ese inconfundible sabor a Texas que ha convertido temas como Got Me Under Pressure, Gimme All Your Lovin’, Sharp Dressed Man, Tush o la imprescindible La Grange en auténticos himnos del rock. A su alrededor, Frank Beard mantiene el pulso con la sobriedad que siempre le ha caracterizado, mientras Elwood Francis ha terminado por integrarse con total naturalidad en una formación tan icónica.

No todo fue perfecto. La ubicación del escenario, prácticamente abierta al Mediterráneo, jugó en algunos momentos una pequeña mala pasada al sonido. El viento y la propia configuración del recinto hicieron que ciertos matices se perdieran y que la mezcla no alcanzara la nitidez deseada, especialmente en algunos pasajes más cargados de guitarra. Sin llegar a empañar el espectáculo, sí fue uno de esos detalles que recordaban la dificultad de conseguir una acústica impecable en un espacio de estas características.

Aun así, el oficio de la banda terminó imponiéndose a cualquier circunstancia. ZZ Top no necesita grandes discursos entre canciones ni largas introducciones. Su forma de conectar con el público pasa por dejar que los clásicos se sucedan uno tras otro, manteniendo un ritmo constante que convierte cada concierto en una celebración del rock más genuino. Cada riff era recibido con entusiasmo por un público que respondió entregado durante toda la actuación, coreando los grandes éxitos y disfrutando de una colección de canciones que forman parte de la historia del género.

Resultó especialmente llamativa la enorme respuesta de los asistentes dentro de una programación, la de FAR València, que continúa consolidándose como una de las grandes propuestas musicales del verano valenciano. La mezcla entre aficionados de toda la vida y público más joven volvió a demostrar que el legado de los texanos sigue encontrando nuevos seguidores incluso más de cincuenta años después de su formación.

Quizá la única sensación que quedó al apagarse las luces fue la de haber asistido a un concierto algo breve para el precio de la entrada. Es una impresión compartida por parte del público y probablemente comprensible cuando hablamos de una banda cuyos miembros superan ampliamente las siete décadas y que afronta cada actuación dentro de una extensa gira europea. Más que una falta de entrega, transmite la lógica administración de esfuerzos de unos músicos que, a estas alturas de su carrera, siguen recorriendo el mundo sin renunciar a mantener un alto nivel sobre el escenario.

Y, en realidad, ahí reside el verdadero mérito de ZZ Top. No intentan competir con el pasado ni demostrar nada a nadie. Su propuesta sigue siendo exactamente la que les convirtió en leyenda: riffs inolvidables, blues, rock sureño, actitud y una elegancia escénica que solo proporciona el paso del tiempo. Puede que ya no ofrezcan conciertos maratonianos, pero cada minuto sobre las tablas sigue desprendiendo autenticidad.

Valencia despidió al pequeño gran trío texano con una larga ovación. Una despedida merecida para unos músicos que han sabido desafiar el tiempo sin perder su esencia. Porque mientras Billy Gibbons siga haciendo hablar a su guitarra y esas canciones continúen sonando con la misma fuerza que hace décadas, ZZ Top seguirá ocupando ese lugar reservado únicamente para las bandas inmortales.