Reseña: Eternal Blue – Spiritbox

Spiritbox – Eternal Blue: Un álbum mimado y revisado hasta la extenuación

Azul eterno, como el fondo del océano. Superficie que une amalgamas de tierras y ecosistemas dispares. Como una convergencia entre mares, unificadora de lo distinto, Eternal Blue de Spiritbox hace lo propio como nexo de unión entre estilos antagonistas, generaciones musicales tan dispares que no son concebidas dentro de un misma composición.

Musicalmente estamos ante una obra que, valiéndose de la voz como guía general, se cobija bajo brillantes instrumentales que apoyan y dan base a las variaciones de la misma, consiguiendo solidez y fluidez en la mezcla. Un relación intermitente entre el Metalcore de actual generación y líneas argumentales de un Djent marcado, aprovechado para subir la intensidad. Caldo de cultivo para la unión de diversidad sonora: desde melodías jazzistas, pasando por tintes Nu metal con sonidos industriales que se apoyan sobre el resto de instrumentos, hasta incorporaciones de Electropop.

Un álbum mimado y revisado hasta la extenuación, cuyo proceso de composición ha constado de varios años de idas y venidas en la fórmula a seguir. El peso de la composición, la mezcla y los arreglos recaen a partes muy bien delimitadas entre los distintos miembros y personal anexo a la producción, factor del que la banda ha dado buena cuenta en sus perfiles sociales. Es posible que nos encontremos ante una de las bandas más activas, dinámicas y transparentes del panorama actual. Basándonos en la propia comunicación de la banda y todo el material gráfico que aportan a través de las redes, desgranamos cada una de las aristas de este baúl emocional.

Spiritbox

El peso general del disco ha recaído sobre el trío formado por Laplante, Striguer y el productor Daniel Braunstein, siendo éste último parte activa en la composición de canciones, instrumentales y actuando como cabeza de la mezcla final.

Courtney Laplante, letrista y vocalista, es responsable directa de la alta carga sensitiva y explícitamente personal que el álbum posee. Destaca su amplio registro vocal, con líneas melódicas en tonos medios y graves, que mutan instantáneamente al gutural más profundo. Demostrando a lo largo del disco que conoce su voz a la perfección y puede variarla con soltura, con un manejo similar tanto en estudio como directo.

El artífice rítmico del disco, Michael Stringer, sirve de juez y verdugo en guitarras, líneas de bajo con el apoyo unísono a Bill Crook, batería y sintetizador. Ejerce una demostración clara de que a nivel compositivo sabe trabajar entre tecnicismos, contratiempos, riffs más lineales e incluso sonidos experimentales, con un modo minimalista a la hora de componer. Añadiendo a esto su papel como coproductor, podemos entrever su intención más clara: un disco diseñado para ser herramienta conductora y base de una voz concreta. Zev Rose como batería, siendo la incorporación más reciente al grupo, nos deja por referencias videográficas de este año, que su papel en la forma final de las líneas de batería ha sido más que claro.

En este caso, no podemos desgranar ejemplos genéricos en canciones dado que, aunque unificados dentro de la mezcla y con un sonido cohesionado, cada corte del disco discrepa con su anterior y podría perfectamente ser referencia de base para generar una catalogación distinta de géneros. Aunque sí cabe mencionar partes memorables: como la variación y versatilidad vocal entre Silk In The Strings y Hurt You; instrumentales mágicas como en Secret Garden o Halcyon y la que humildemente considero que destaca por su ambientación general: The Summit, literalmente un paseo trascendental.

En definitiva, Eternal blue es un vórtice sonoro en el que, una vez comenzado, sólo podrás dejarte fluir. Un viaje por el abismo emocional humano inmerso en cada una de sus distintas etapas. Repletas de giros argumentales, crudeza, pesadez de tempo, carga melódica onírica y una sensación de elevación constante para culminar en un final trágico e inevitable.