El Roig Arena de Valencia tembló bajo el impacto de un ritual de puro acero británico que desafió cualquier noción del paso del tiempo. Lejos de actuar como un mero ejercicio de nostalgia para veteranos, la velada fue una rotunda demostración de vigencia sonora, arrancando desde el primer segundo. Si tuviéramos que resumir todo sería en simples palabras: una misa negra de decibelios, distorsión y devoción donde tres generaciones del heavy metal demostraron que este género no languidece en los libros de historia, sino que sigue latiendo con un pulso de hierro.

La jornada arrancó con la puntualidad y la precisión de un martillo pilón. Udo Dirkschneider saltó a las tablas al frente de U.D.O. dispuesto a dar una lección magistral de lo que significa el sonido teutón. Sin necesidad de grandes alardes ni escenografías barrocas, el veterano vocalista basó su propuesta en la fuerza bruta de un catálogo inmortal.

El impacto inicial con Fast as a Shark hizo restallar los cimientos del recinto, abriendo paso a un bloque sin fisuras donde cayeron piezas de la talla de Living for Tonite, Midnight Mover y Breaker. La garganta de Udo, rasgada y cavernosa, mantiene esa impronta única que no necesita artificios para traspasar el muro de guitarras. El clímax de su actuación llegó en un tramo final memorable donde Metal Heart, Princess of the Dawn y el himno generacional Balls to the Wall convirtieron la pista en un coro unánime. Una apertura sobria, directa y rotundamente eficaz.

El contraste no pudo ser más salvaje. Si la apertura alemana representó la disciplina del acero, Airbourne encarnaron la pura demolición del rock’n’roll. Los australianos convirtieron el Roig Arena en una fiesta multitudinaria impulsada a base de distorsión, sudor y watios.

Joel O’Keeffe volvió a ejercer de maestro de ceremonias desatado. Con GUTSY y Too Much, Too Young, Too Fast, la banda puso la directa sin intención alguna de dar tregua al público. La locura colectiva se desató por completo en Back in the Game, momento en el que O’Keeffe abandonó la seguridad del escenario para navegar sobre los hombros de un técnico entre la multitud, culminando su ya icónico ritual de reventar una lata de cerveza contra su propia cabeza. Tras un bombardeo donde sonaron Raise the Flag y Breakin’ Outta Hell, el broche de oro con Runnin’ Wild dejó al pabellón exhausto, acelerado y con los oídos pitando.

Cuando las luces volvieron a apagarse para recibir a Judas Priest, la atmósfera de la sala estaba cargada de una expectación casi mística. La banda no perdió un solo segundo en tanteos: el arranque fulminante uniendo You’ve Got Another Thing Comin’, Metal Gods y Breaking the Law fue un golpe sobre la mesa que puso patas arriba el recinto desde el primer segundo.

Sobre el escenario, el engranaje instrumental rozó la perfección. La dupla de guitarras formada por Richie Faulkner y Andy Sneap se mostró arrolladora, tejiendo riffs punzantes y solos impecables en pasajes de altísima exigencia como The Sentinel, Desert Plains o The Ripper. Sin embargo, todas las miradas terminaron convergiendo en la figura casi mitológica de Rob Halford.

A estas alturas de la película, el nivel vocal del «Metal God» trasciende cualquier análisis convencional. Halford no solo conserva su timbre metálico, sino que gestiona su registro con una inteligencia escénica prodigiosa. Sabe cuándo guardar aliento, cuándo dejar cantar a la grada y cuándo soltar esos agudos rasgados e imposibles que erizan la piel. Su interpretación en Victim of Changes fue sencillamente soberbia, demostrando un dominio técnico que acalló cualquier atisbo de duda sobre su estado de forma.

ph: @kbaezortiz

El repertorio equilibró con maestría la nostalgia y el presente. Temas como Panic Attack o Lightning Strike encajaron sin fisuras junto a clásicos incontestables como Turbo Lover, Steeler o Delivering the Goods. Y cuando la velada encaraba su recta final, la banda apretó el acelerador con Halls of Valhalla antes de desatar la locura absoluta con Painkiller, un vendaval de velocidad y potencia rítmica que dejó al público sin aliento.

El bis final convirtió el arena en un auténtico templo. Tras el interludio, el rugido de la Harley Davidson anunciaba Hell Bent for Leather con Halford sobre las dos ruedas, luciendo el mítico cuero y las tachuelas que definieron la estética de todo un género. El cierre festivo con Electric Eye y Living After Midnight puso el colofón a una noche de comunión absoluta entre banda y devotos.

Judas Priest no volvieron a Valencia a vivir de las rentas ni a ofrecer un show de despedida edulcorado. Firmaron una exhibición de poderío, vigencia y dignidad artística, demostrando que mientras ellos sigan sobre un escenario, el trono del heavy metal seguirá teniendo unos dueños indiscutibles.