Donde el alma se afina y el cuerpo resiste
Viernes – Bajo la ría, el blues no duerme
El Arenal. Viernes. Final de tarde. El cielo vasco jugaba a que llovía, pero no: lo que se venía era otro tipo de tormenta. Yo estaba ahí, cámara en mano, en ese limbo entre la espera y el vértigo, cuando Mississippi Queen & The Wet Dogs arrancaron los primeros acordes.
![]()
El quinteto bilbaíno le puso calle al escenario. Blues con alma negra, funk con mugre de local de ensayo, rock como debe ser: crudo y sudado. Inés Goñi… qué decir. La mina no canta, te clava una daga. Desde el primer plano que le tiré, supe que ahí había fuego real. No hace falta hacer zoom cuando una voz te arrastra.
Después, vinieron los Kings of Blues. Y acá tengo que hacer una pausa. Porque a esos tipos les había hecho unas fotos hace apenas unos días, en el Corbera Blues Festival. Ya nos conocíamos, manteníamos una charla con la gente de Break Live Music. Ya sabíamos cómo movernos, cómo mirarnos. Entre disparo y disparo, en aquel festival, habíamos compartido algo más que música: la complicidad de saberse en el momento justo, bajo la luz justa.
![]()
Así que cuando Vasti Jackson subio al escenario, no lo viví como una sorpresa. Lo vi venir. El show fue puro groove, puro oficio, pura historia.
Y cuando la cosa ya ardía, llegaron los Blackburn Brothers. Canadienses, pero con el alma clavada en Nueva Orleans. Soplaron los metales y todo se volvió dorado. Soul, reggae, funk… El groove caminaba solo entre la gente.
![]()
Así terminó la primera noche. Vuelto polvo, con la tarjeta de memoria llena y la cabeza rebotando entre el slide de Vasti y los coros de los Blackburn. Me alejé del Arenal con la sensación de que esto era muy grande. No solo por la puesta, ni por los nombres, ni por el sonido. Era otra cosa. Había un pulso latiendo abajo del empedrado. Lo que venía iba a ser apabullante.
Sábado – El blues también madruga
El sábado arrancó con esa resaca buena: cuerpo molido, alma en alto. Me acerqué al Kiosko del Arenal temprano, con el café mal tomado y la cámara al hombro. El escenario era más chico, pero eso no importaba. A veces, en estos espacios más íntimos, la música pega más cerca del hueso. Y eso pasó desde el primer acorde con Sweet Marta & The Blues Shakers.
![]()
A Marta la conocí, cámara mediante, en otro escenario hace unos días, en el Corbera Blues Festival. Pero en Bilbao volvió a pasar lo mismo: esa energía que se siente cuando alguien no solo toca bien, sino que habita la música. Sweet Marta no necesita llenar el escenario con efectos ni poses. Su presencia se impone desde el primer segundo: por su armónica afilada como navaja vieja, por una voz que mezcla dulzura con furia, y por la forma en que sostiene el silencio entre notas.
Tiene eso que solo da el tiempo y el oficio: una manera de pararse, de mirar, de respirar antes de atacar una línea, que te obliga a estar atento. Como fotógrafo, es un regalo: cada gesto suyo es una postal en potencia. Como oyente, es un viaje: te lleva desde un boogie de bar hasta un blues de madrugada sin que te des cuenta.
Y lo más potente, quizás, es la honestidad. No hay nada impostado en lo que hace Marta. Su repertorio, mezcla de temas propios y clásicos bien elegidos, fluye con naturalidad. Y la banda la sigue con respeto y química. En un mundo saturado de artificio, ella es de las que siguen apostando por la emoción cruda. Y eso, en un escenario chico y bajo el sol, vale oro.
Después subió Al Dual, y cambió el aire. Murcia trajo rockabilly del bueno, del que huele a grasa, cuero y carretera. El tipo es un reloj. Preciso, elegante, con ese swing a lo Sun Records que se te mete en los talones. En dos temas se sumó Mingo Balaguer con la armónica, y ahí la cosa se volvió redonda.
![]()
Por la tarde, Delanie Pickering. Joven, sí. Pero con una madurez escénica que no se compra en tiendas vintage. Con una banda mínima y su guitarra como estandarte, se plantó como si viniera de Texas, Chicago y Nueva Orleans al mismo tiempo. Blues sobrio, poderoso. La gente ovacionó. Yo capturé en silencio.
![]()
Y entonces llegó Jimmie Vaughan.
![]()
Lo de Jimmie fue otra cosa. No un recital, no un show. Fue ceremonia. Fue linaje.
Carlos Malles le entregó la txapela del premio especial del festival, y Jimmie la recibió con una sonrisa tímida. El tipo se paró con su Strato como quien entra en su casa y empieza a contar historias con los dedos. Desde abajo lo veía flotar. La banda sonaba como una seda caliente.
Cuando tocaron “Texas Flood” y “Six Strings Down”, el tiempo se detuvo. Ahí estaba su hermano Stevie Ray, ahí estaba el dolor, el homenaje, el orgullo. Disparé poco. A veces la foto se guarda en otra parte. Esto fue majestuoso. De verdad.
Y como si eso no fuera suficiente, Terrance Simien & The Zydeco Experience cerraron la jornada con una fiesta de ADN cruzado. Louisiana pura. Criollo, mestizo, callejero. Acordeón, sonrisas, reggae, zydeco, y versiones de Marley y Dylan que salieron del alma colectiva. Bailamos todos. Fotografiarlo fue como meterse dentro de una pintura en movimiento.
![]()
El sábado terminó con una sonrisa generalizada, como si alguien nos hubiera devuelto algo que no sabíamos que habíamos perdido.
Domingo – Despedidas que no quieren serlo
La mañana trajo a Delanie Pickering de vuelta, esta vez con boogie, rock’n roll y más swing. El público, agradecido. La música fluía sin esfuerzo. Después, Martin Burguez & His Rhythm Combo llegaron con elegancia de época. Clásicos, temas propios, espíritu de los ’40. Pura clase.
![]()
Por la tarde, Vanessa Collier encendió el escenario. Voz arrolladora, solos de saxo y una conexión brutal con Laura Chávez, su guitarrista. Pocas veces vi una complicidad así. No había poses, solo verdad.
![]()
Después llegó la Chicago Blues Summer Tour y arrasó con todo. Mike Wheeler, Cleo Cole, Russ Green y compañía trajeron el alma de Chicago en cada golpe de caja, en cada línea de bajo. Yo no disparé mucho. A veces hay que vivir.
![]()
Y para cerrar, Ray Collins’ Hot Club. Swing, elegancia, trajes, actitud. Presentaron The Book of the Golden Age como si se tratara de una misa vintage. Nadie se quería ir. Y comenzó a llover, por si algo faltaba. Y el ambiente cambio, la banda metió swing a lo loco, el saxo salió del techo del escenario y bajo el agua la gente explotó.
![]()
Mis últimos disparos los hice con la emoción a flor de piel. Hace mucho que la fotografía dejo de ser trabajo para mi, aunque creo que nunca lo fue, siempre fue placer, y ahora se esta convirtiendo en gratitud.























































