Es la una de la madrugada de un jueves de enero. Vengo del concierto de Bernal en la Sala Siroco de Madrid. De camino a casa empezó a caer una lluvia fina, poco amenazante; y ahora veo cómo se cierra la noche desde el otro lado del cristal, la luz tenue del portátil iluminando mi ventana entre el hormigón de los edificios. No encuentro las palabras para llenar esta página y no porque no las tenga, más bien porque tengo demasiadas apelotonadas en la punta de los dedos.

He salido del concierto abrumada. 

El chico que me vendió la camiseta en el puesto de merch me dijo que estaba haciendo una inversión a futuro y me habló de Bernal como si yo no me conociera sus canciones casi mejor que las mías propias. Me pareció bonita la manera en la que hablaba de ellos, desde un orgullo hacia sus amigos más que justificado. De alguna forma, sé que ese sentimiento es recíproco porque La necesidad de contarlo –EP que presentaban por primera vez en Madrid– podría ser perfectamente un brindis por la amistad y los buenos momentos en compañía. Allí, a los pies del escenario y entre muchos de sus colegas (de Valencia, de aquí, de quizá alguna otra parte de España no lo suficientemente lejana como para no viajar a la capital a ser cómplice de su talento), me sentí parte de esa pandilla y creí mía
–aunque fuese fugaz– la nostalgia por un tiempo pasado entre los naranjos y las vías del metro. 

Aunque no era suya la noche, en parte el gran protagonismo se lo llevó su anterior trabajo ¿Qué tal todo allí fuera? con su retórica Iglú abriendo el setlist. Y es que hasta bien entrado el concierto no pudimos saborear las notas cítricas del EP, pero cuando empezaron a sonar los acordes de Alivio Intermitente, la gente llenó la sala con sus gritos. En directo se hace muy corta y te deja con ganas de más, aunque desde el primer segundo sientes que se te hincha el pecho de la emoción, conforme Avo canta sobre esa decepción que es encontrarte ante un doloroso “solo amigos”. Puede que no quedara nadie allí presente que no gritara aquel “yo volver a verte” con el desgarro de un corazón roto. 

Pero me estoy precipitando; volvamos al inicio. 

Bernal tocó su discografía casi al completo y nos susurró en un silencio previo a un perfecto estallido instrumental que “tenía muchas canciones que enseñarnos”. Así hizo y así lo disfrutamos: saltando, gritando, formando pogos en aquella abarrotada Sala Siroco donde el sold out se notó en el calor y en la acogida que tuvieron todos los temas del grupo valenciano. “Habéis hecho los deberes” dijo Edu cuando vio que no hubo ni una letra sin ser coreada. Y es normal: son pegadizas y fáciles de recordar, parten de experiencias que podrían ser de cualquiera y al sentirlas tan cerca al corazón, salen casi por instinto. 

Creo que parte de la magia de los conciertos del cuarteto valenciano reside en la complicidad que se materializa entre público y artista, imbuidos por una pasión por la música que es difícil de ignorar. Desde el principio nos atraparon en su pequeña burbuja nostálgica con un juego de armonías en las voces que acompañaban a un instrumental tan potente que a veces se me olvida que estos chicos no llevan la vida entera tocando sobre escenarios. Y es que el sonido que tuvieron bajo los focos fue tan contundente que cuesta creer que lleve poco tiempo macerándose. Tocaron con una aparente facilidad y una soltura envidiable. Entonces pude reafirmarme en por qué había tanta gente vibrando con su música en aquella sala.

A pesar de los pequeños problemas técnicos que hubo al principio, F4C1L y Ojalá que vengas estallaron con su desbordante energía y pudimos perdernos en la melódica guitarra de Martínez, que te lleva de la mano por un instrumental cautivador que sabe perfectamente cuándo acentuar los silencios, y cuándo dejarse reventar con la batería. Se echó de menos una mayor presencia del bajo a lo largo de todo el concierto, notándose en algunas ocasiones su falta de volumen como fue en la intro de Ojalá, donde en su versión de estudio se come al resto de instrumentos. Aún así, la emoción era superlativa y se podía ver en las caras de todo el mundo que estaba siendo un verdadero sueño estar bajo aquellas luces.

Perspectiva / Tiempo ha sido y sigue siendo mi canción favorita de Bernal desde que la escuché por primera vez hace un año, preparándome para el concierto que dieron junto a Biela en la Sala El Sol. En directo siempre suena más sincera, más desgarradora. Cuando Avo empieza a cantar esas primeras frases en ese particular tono tan grave, para luego subir al segundo estribillo entre los coros de Edu y Martínez y los redobles de Mickele. No tengo dudas de que es una de sus canciones más completas a nivel técnico y en la que todos brillan, y desde luego que sobre el escenario la hicieron sonar aún mejor. Siguiendo con el sentimiento de echar de menos enquistado en la garganta, en No tienes idea pudimos ser cómplices de uno de los momentos más emotivos de la noche cantando la última estrofa casi al desnudo, con los suaves acordes de la guitarra acompañándonos en el fondo. 

La segunda mitad del concierto vino con más fuerza y en un tono más positivo, con las canciones Entre naranjos y Ciudad, que forman parte del EP. La primera fue recibida con gran ilusión por los valencianos que sabían que aquella canción era para ellos. Volvieron a rematar su ¿Qué tal todo allí fuera? con Ranelagh y Parques, donde Martínez se gustó con una guitarra dulce que bailaba por un mástil lleno de notas agudas complementarias a las graves de la voz. La fuerza que tiene Parques en directo ya desde el inicio es inigualable, con esa batería que te llena el pecho como un corazón palpitando a toda velocidad y los gritos de Edu. Cerraron la noche con una fecha, Abril 2022, y con los nombres de sus amigos entrelazados en los versos, en una emotiva despedida donde demostraron talento y gran habilidad compositiva. 

No exageraba cuando al inicio de esta crónica dije que tenía demasiadas palabras en la cabeza; y es que me resulta difícil no desgranar cada canción con el detalle que se merece, pero entonces esta pieza dejaría de ser lo que intenta ser. La fascinación me puede cuando me encuentro ante un directo casi perfecto y quiero trasladar todas las sensaciones vividas al papel, en un intento de rendir homenaje con mis palabras a una música que sé que nos hizo sentir muchísimas cosas a todos los que estuvimos. En aquel abrazo colectivo que fue el concierto de Bernal en Madrid, me dejé enamorar por dos de las cosas más bonitas que nos puede regalar alguien: su amistad y su música.