El día 9 en la Sala El Loco pasó algo especial. Yo iba con la idea de ver un buen concierto, pero lo que trajo Hannah Aldridge a Valencia superó cualquier expectativa. Fue intenso, honesto y de esos que te dejan con la sensación de haber vivido algo único.
La noche empezó con una sorpresa. El encargado de abrir iba a ser Lachlan Bryan, pero tuvo que regresar a Australia por problemas de salud. En su lugar, la propia bajista de la banda, Katie Bates, tomó la guitarra y el micro para regalarnos sus canciones. Y vaya regalo. Con su voz y su forma de tocar consiguió que la sala se quedara en silencio, creando un espacio íntimo que nos preparó de la mejor manera posible para lo que venía después.








Y lo que vino fue pura energía. Hannah salió al escenario con una presencia arrolladora y un carisma que llenó cada rincón. Su propuesta de southern gothic americana nos sorprendió a todos: un country oscuro, lleno de fuerza y emoción. Canciones como Aftermath, Dorero o Razor Wire nos envolvieron en esa atmósfera intensa, mientras que temas como Black and White, Yankee Bank o You Ain’t Worth the Fight mostraron toda la crudeza y verdad de su música.






La banda estuvo espectacular, cada uno en su sitio, tocando con una calidad enorme. Katie Bates al bajo estuvo muy fina aportando mucho al grupo y Daniel Juter a la batería con mucho groove y precisión. Pero tengo que destacar especialmente al guitarrista, Marcus Lundqvist: lo que hizo con la guitarra fue increíble, lleno de matices, potencia y sensibilidad. De verdad que sorprendieron y mucho.








Fue uno de esos conciertos en los que la música se siente de verdad, en la piel. Hannah no solo canta, transmite, y cuando lo hace rodeada de músicos así, el resultado es demoledor. Yo entré sin saber muy bien qué esperar y salí con la certeza de haber asistido a una de esas noches que no se olvidan.




