Es una tarde de junio como otra cualquiera en Madrid. En los altavoces, como lleva haciendo de manera casi ininterrumpida durante toda la semana, suena la música de un Scott H. Biram que esa misma noche da un concierto en la sala Clamores. La tarde parece avanzar muy lentamente, como si el bochorno insufrible estuviera ralentizando el movimiento de las agujas del reloj. Suena Jack of Diamonds y, si cierro levemente los ojos, casi puedo sentir como si me transportara a Texas. Justo en ese instante, el cielo ruge y rompe a llover violentamente, despertándome de mi ensimismamiento. Casi es la hora del concierto y la Clamores se antoja como el refugio perfecto contra la lluvia y contra el mundo exterior en general.  Tan pronto aparece Scott H. Biram sobre el escenario poco importa que sigamos físicamente allí en Madrid, todos los asistentes nos hemos trasladado a su Texas natal. Con su ya icónica gorra CAT Diesel Power, la pandereta calzada en el pie izquierdo y la armónica ajustada al cuello, la primera sacudida a su inseparable Gibson del 59 hizo temblar los cimientos de la sala. El hombre orquesta mantiene intacto su virtuosismo punk y su pesado espíritu metal, que dotan a su country de raíces y a su presencia, con una incontrolable sucesión de muecas, gritos y carcajadas, de un carácter único.Nostálgico y hogareño por naturaleza como buen trovador country, cada canción e intervención de Biram fueron un retrato cotidiano de su tierra, sus paisajes, sus gentes, sus bares… A través de canciones como Wreck My Car y Slow & Easy viajamos juntos hasta San Marcos, y paseamos por las orillas del pintoresco río que parte su ciudad en dos. Con Inside a Bar hacemos una parada en The Lonesome Rose, ese lugar donde el músico tejano acostumbra a beber demasiadas cervezas, contempla su vaso vacío y no recuerda si lo que estaba bebiendo era ginebra, o quizás algo más fuerte, hasta perder la noción del tiempo y no poder ubicar si es viernes, lunes, martes, miércoles o quizás domingo.

Con su visita a España, Scott H. Biram culmina una gira que le ha llevado por toda Europa a lo largo de doce largas semanas. Demasiado tiempo lejos de casa para alguien que demostró tener siempre muy presentes a los suyos con gestos como fotografiar al público para enviar un recuerdo a su madre. Visiblemente afectado por el fallecimiento de su perro Shinner tan solo dos semanas atrás, volcó toda esa tristeza en la balada acústica I’ll Still Miss You Ruby para hacer enmudecer a un público que, inmediatamente después, respondió con un rotundo y cálido aplauso de admiración, cariño y agradecimiento. “Este tour está siendo tan largo que lo empecé con cuarenta y tantos años y ya tengo cincuenta”, bromeó antes de dar paso al homenaje a su viejo amigo, la nonagenaria leyenda del country Willie Nelson, con uno de los grandes himnos sobre la vida en la carretera, On the Road Again.

Un viaje sonoro a través de la música de raíces que continuó durante todo el concierto hasta hacer una parada obligatoria en Walkin’ Blues, un reverencial homenaje al rey del Delta blues, Robert Johnson, y al padre del blues de Chicago, Muddy Waters. El compromiso del popularmente conocido como The Dirty Old One Man Band con los orígenes del folk, el country y el blues es firme, pero sus impulsos hacia el hard rock y el metal son demasiado intensos e irremediablemente se abren paso en canciones como No Man’s Land y Hit the Road. Una guitarra sucia, pesada y abrasiva y una atronadora voz gutural que bien podrían servirle como candidatura para acompañar a Slayer en su gira de reunión.

Se despide así Scott H. Biram, como la viva encarnación de los renegados maltratados por la carretera, el alcohol y el desamor que protagonizan las historias de su cancionero. Regodeándose en la nostalgia para hacer de cada concierto su particular hogar y de su descarnada música de raíces el mejor antídoto contra esa añoranza.