Las Pelotas y Cruzando el Charco en Valencia: el grito del rock argentino que es una fiesta
Mística, historia y la presentación de Sin la piel en una noche imperdible de puro rock rioplatense.
Antes de todo debo una explicación al lector: no soy ni periodista ni notero, soy fotógrafo y escribo desde la pasión. No me pidan la frialdad del cronista ni el manual del sabelotodo de instrumentos y equipos de sonido. Yo vengo con la cámara colgada, los ojos bien abiertos y el corazón latiendo a mil, porque el rock no lo analizo: lo siento, lo sufro y lo gozo.
Las crónicas de los conciertos se suelen escribir desde la comodidad de una butaca o cuando las luces ya se apagaron, pero esta historia empezó mucho antes de que cayera la primera nota. Nos fuimos bien temprano para la Sala República, con esa necesidad de respirar la previa y ver de cerca cómo se iba armando el ambiente. Al llegar, nos encontramos con los chicos de la productora Chainsaw, que se están cargando al hombro la tarea de traer a la mayoría de las bandas argentinas; nos dimos esos abrazos y saludos necesarios que te dejan una marca hermosa en el alma cuando estás lejos de casa. Dejamos las cámaras y nos plantamos en la sala vacía a escuchar la prueba de sonido de Cruzando el Charco, que ya anticipaba que la banda venía sonando de una forma excelente.
Y ahí, mientras miraba la prueba junto a mi amigo Lucas, tambien fotógrafo, en medio de la inmensidad de la sala vacía, pasó algo que no sabíamos que podía llegar a pasar. Apareció Germán. Sí, el mismo Germán Daffunchio. Caminando solo, se nos acercó, nos saludo como te saluda ese que no te conoce pero sabe que sos de su mismo palo y a partir de ahí fueron 30 minutos de una charla colgada del tiempo, mano a mano con un ícono absoluto del rock argentino. El tipo demostró una simpleza que humilla: se sentó a hablar con nosotros de todo, desde música hasta política y las complejas situaciones que se están viviendo actualmente en Argentina. Algo que para el común de los mortales es difícil de imaginar, pero ahí estábamos, tocando el cielo con las manos antes de que se abrieran las puertas.
En medio de la conversación, Germán nos contó un poco de su tranquila vida en el pueblo de Nono, allá en las Altas Cumbres de Córdoba, y lo bueno que es estar lejos de las grandes urbes. Nos detallaba cómo ese silencio te permite pensar, cómo te permite estar y vivir de otra manera. Fue tremendo escuchar a un referente del rock contarte cómo está viviendo esta etapa después de haber pasado por todo lo que ha vivido un tipo como él.

La marea que vence la rutina y el paso firme de La Plata
Las puertas de la sala se abrieron finalmente a las 20:15. Quizá no era el mejor horario para un concierto de jueves, sabiendo que la gran mayoría de la gente trabaja y viene a las corridas del laburo, pero poco a poco el público fue llegando y copando el lugar. La gente fue llegando hasta que a las 20:40 arrancaron los chicos de Cruzando el Charco.
Ellos son una banda nueva de La Plata que viene haciendo sus pasos de forma muy muy ordenada, plantándose con un sonido bastante potente. Su propuesta de rock-pop o pop-rock realmente le llega a la gente y se nota en el ambiente. Además, la banda cuenta con dos frontmen al frente, el cantante Francisco Lago y el guitarrista Nahuel Piscitelli, que demostraron que saben manejar muy bien el escenario y manejarse a la perfección con el público. Fue un concierto de 1 hora y 10 minutos que la gente disfrutó mucho.
El rugido de la tribu y el apagón sagrado
A partir de ahí, todo empezó a cambiar. La atmósfera de la sala ya estaba calentita, impregnada de la energía que habían dejado los chicos de La Plata. Mientras tanto, los plomos se ponían a cambiar la técnica del escenario a toda velocidad. De repente, todo se oscureció y la sala estalló en un solo grito unificado. Se comenzó a escuchar el clásico e inconfundible «¡OHHHH, vamos las pelo, las pelo, las pelo, vamos las pelo!». Fue el clímax máximo de la noche, la antesala de la locura justo antes de que apareciera la banda.
El concierto arrancó con la canción Cuando ves alrededor. Se arrancó como corresponde: apostando por el presente con un primer corte de su último disco. El tema sonaba de una forma tremenda, con un pulso brutal que nos sacudió a todos de entrada. Acá es donde se nota el engranaje perfecto de la banda. Luego siguió con ¿Qué podés dar?, donde la gente, conociendo ya más el tema, se encendió por completo.

La maquinaria perfecta de un bloque indestructible

Conexión total y un pogo indomable
Pero lo maravilloso llegó a la cuarta o quinta canción, que fue Víctimas del cielo. Ahí ocurrió uno de los puntos más altos de la fiesta: Germán hizo un paseíto por ese pasillo elevado que tiene la Sala República, esa estructura que conecta el escenario con parte del público. El tipo avanzó, se apoyó en la baranda y comenzó a cantarle a la gente casi como al oído. Fue uno de los puntos más altos de la fiesta.
El concierto fue pasando entre canción y canción. Con Personalmente volvimos a tener otro momento alto donde Germán hizo el mismo paseo por la pasarela elevada. El fervor ya era total: la gente se colgaba literalmente del pasillo de la Sala República para estirar los brazos, y el tipo los saludaba a todos con una tranquilidad que dejaba helada a toda la sala.
Volvemos a tener un salto de adrenalina brutal con Si supieras. Ahí nos encontramos con la banda a pleno sobre el escenario, compacta, afilada y demoledora; sacaron músculo de rock de todos los tiempos, tirándonos encima esa prepotencia de sonido que revivió la esencia más pura de la historia de Las Pelotas. La transpiración y el pogo abajo del escenario ya eran algo totalmente indomable. Y pegado a eso, metieron Bombachitas Rosas. ¿Qué te voy a decir? ¿Qué te voy a decir, hermano, que ya no se sienta en el cuerpo? El lugar directamente explotó en una catarsis colectiva, pero el estallido absoluto ocurrió cuando la que encaró el pasillo elevado fue la mismísima Gaby. Verla avanzar por la pasarela, adueñándose de la estructura y manejando el pulso con su bajo a centímetros de las cabezas de todos, desató la locura generalizada. Fue ahí donde el público explotó por ella, regalándole una ovación gigante que demostró el amor incondicional que le tienen. Ella la que, plantada firme en las frecuencias graves, con su bajo marca el pulso y el temperamento de todo el concierto, dándole ese cimiento espeso sobre el cual la banda edifica su pared de sonido.

De ahí en adelante, de Bombachitas, para seguir y que el descontrol ya sea total, vino Esperando el milagro. Vimos a la banda completa arriba del escenario con un set brutal de luces; son tipos que están hace más de 30 años arriba de los escenarios y se nota en la solidez y el dominio brutal que tienen de la escena, mostrando plena revolución.
Inmediatamente después llegó Capitán América, donde Germán otra vez se fue al pasillo elevado a cantar. La gente clamaba descontrolada y el Pollo se plantó justo detrás de él con la trompeta para cerrar la canción con las notas del himno yankee; ahí, el público estalló en un grito unificado que salió del alma: «Argentina, Argentina». Fue un momento de fervor total.
Para el cierre definitivo, el final fue con Shine. Tremenda, tremenda. En Shine se subió un invitado muy especial: Alejandro «Ale» Pérez, uno de los chicos de la productora Chainsaw, que se sumó para hacer una cuarta guitarra sobre las tablas. Ya a esa altura era una cosa de locos, un cierre brutal para un éxtasis generalizado que nos dejó a todos con el corazón latiendo en la mano. ¡Una noche histórica de puro rock!
Fue concierto de las almas sedientas de pasión, donde la distancia se borró a puros abrazos y el rock se volvió bandera. Nos fuimos con los ojos ciegos de luces, las cámaras cargadas de historia y la certeza absoluta de que, mientras queden gargantas dispuestas a sangrar en el pogo, la resistencia del rock seguirá viva en cualquier rincón del mundo.





















































