Los cambios sociales provocados por las caídas de regímenes políticos a lo largo de la historia siempre han sido cambios radicales en todos los países que los han sufrido. Desde la Revolución Francesa, pasando por el periodo de postguerras mundiales, e incluso hasta nuestros días se han producido multitud de caídas y regeneraciones de modelos de estado o simplemente ideales y formas de entender la vida. En todas ellas ha sido la sociedad, entendida como conjunto de individuos que plasman en la realidad su concepto de sociedad ideal, la que ha llevado la batuta del devenir de cada uno de los países que ha sufrido los cambios.

En España, tras cuarenta años de dictadura franquista, fue la juventud la que tomó el mando de los cambios culturales y artísticos tras liberarse del peso que el régimen dictatorial supuso para cualquier atisbo de apertura al exterior que favoreciera la absorción de las tendencias que estaban llevándose a cabo en otros países. Y como en la mayoría de los casos de los cambios político-sociales, toda esa metamorfosis se centraba casi al 100% en una ciudad, siendo Madrid el caso en España.

Si bien en otras áreas del Estado se habían realizado eventos culturales o musicales de gran importancia, aglutinando a miles de personas incluso en algunas de ellas, fue la juventud madrileña la que enarboló la bandera de la radicalidad en esa mutación que fue la transición española. Era la cultura de barrio, de las calles, de las barras de bar…., fue lo que se denominó El Rollo del Rock. Y todo este movimiento de cambio necesitaba el apoyo institucional para poder montar la infraestructura que cualquiera de estas aventuras a organizar exigían.

El inusual interés de la clase política en demostrar un punto de inflexión entre la dictadura sufrida y la incipiente democracia conseguida, es clave para favorecer la organización de este tipo de eventos. Es Madrid donde confluyeron esos intereses necesarios para convertir a la ciudad en el referente nacional musical, teniendo a Enrique Tierno Galván como el mayor impulsor de este movimiento durante la primera parte de la década de los ochenta.

Pero fue Daniel Velázquez nuestro héroe de la página de la historia que contamos hoy. Nacido como Ceferino Feito, formó parte del grupo Cefe y Los Gigantes y regentaba un local en la calle Monederos del barrio de Usera donde se organizaban conciertos. Su posicionamiento en el ambiente musical madrileño le favoreció para conocer a José Luis Álvarez de la extinta UCD, que en 1978 conseguiría la Alcaldía de Madrid y le ofrecería un puesto como Asesor Musical en el Ayuntamiento. Es entonces cuando surge la idea de organizar un concurso de grupos de rock, algo a lo que el Alcalde no puede negarse, aunque se expuso sobre la mesa el peligro de que, al tratarse de grupos roqueros los que actuaran, las posibilidades de asistencia de público porrero serían mayúsculas.

Con la ayuda de Antonio Vázquez, Director de la Delegación de Acción Vecinal, se consiguieron el montaje por parte del Ministerio de Cultura del escenario sito en la explanada de la Pista de Exhibiciones de la Casa de Campo (el Rockódromo), y la cesión del equipo de sonido gracias a la tienda de instrumentos musicales Leturiaga. Con todo esto, Vicente Mariskal Romero, por aquel entonces en Radio Centro de Madrid desde donde se emitían Musicolandia y Mariskal Romero Show, actuó como presentador del festival-concurso “Primer Premio Villa de Madrid de música rock” el 15 de mayo de 1978, festividad de San Isidro para más señas. Paracelso fueron los primeros vencedores, a los que siguieron El Gran Wyoming y su banda en 1979 y Gigante en 1980.

Primer escenario del festival-concurso (Fuente: Archivo MariskalRock.com)

Con el asentamiento del concurso tras sus tres primeras ediciones, los políticos fueron posicionándose en la idea de romper con el pasado apoyando a los que habían luchado contra el franquismo, músicos y público del rock en general, haciendo extensivo este deseo a los medios de comunicación que dejaban atrás breves crónicas de festivales y conciertos pasados, más centrados en destacar el estado de embriaguez o el consumo de alucinógenos de los asistentes a los mismos. Además, se reconocía al rock como expresión cultural legítima.

Pero fue en 1981 cuando el concurso adquirió ese grado de madurez que le hace destacar sobre cualquier otro evento. El escenario se trasladó a la Plaza de Toros de Las Ventas facilitando la asistencia de treinta mil personas, quedándose fuera más de cinco mil en la calle. Los finalistas eran cinco grupos de rock duro, estilo que se encontraba en auge en la capital gracias, entre otros, al Festival de Rock de Vallecas. Los ganadores fueron unos jovencísimos Obús.

Fue Juan Luis Serrano el que propuso la idea de presentarse al concurso. Tras pasar varias rondas eliminatorias en la sala de la asociación cultural El Gayo Vallecano y dejando atrás a otros 155 grupos, Obús se presentó junto a otras cuatro bandas en la final del Villa de Madrid en Las Ventas. Fue Fortu el que creó la imagen de Obús a semejanza de la de Judas Priest, con tachas hasta en los gallumbos como el cantante ha afirmado en más de una ocasión, adoptando una estética acorde con la música que hacían, dando el paso que marcaba la diferencia entre el rock duro y el heavy metal. Considerados unos macarras por esto mismo, la actuación sobre el escenario de la final fue de los conciertos más recordados de la época. Prepárate, Préstame amigo tu cabeza, Dosis de heavy metal, Pesadilla nuclear …. La decisión del jurado fue unánime, con la excepción de un miembro del sector popero que impugnó los premios, pero que se desestimó por falta de pruebas, y esta victoria catapultó a Obús al éxito, incluso sin haber firmado todavía con ninguna discográfica.

Pero si por algo fue más reseñable esa cuarta edición del Villa de Madrid fue por lo que significó para el rock y el heavy en España. El Rollo del Rock se asentó definitivamente en todas las capas de la sociedad, las radio fórmulas ponían sus canciones, la televisión comenzaban a invitar a los grupos, y los viejos del lugar ya dejaban de mirar de reojo las pintas de los jóvenes melenudos rebeldes que pululaban por las aceras de la capital con una litrona en la mano. Más importante fue el espaldarazo que supuso la victoria de Obús como referente para otros grupos que vinieron detrás y se ilusionaron por ganar el concurso.

En cuanto a la organización del festival-concurso, en 1982 se establecieron tres categorías de premios (jazz-rock, rock duro y pop-rock) ante la afluencia de más participantes. Sirviendo de trampolín para infinidad de grupos, el festival de música más longevo de España ha tomado un respiro por la pandemia mundial del COVID-19 durante 2020, siendo 2021 su última y cuadragésimo primera edición. Su existencia sigue cumpliendo el objetivo con el que se ideó, impulsando a nuevas bandas y marcando la línea diferenciadora entre lo normal y lo distinto.