La banda presentó Domination en Valencia con un concierto contundente, grandes clásicos y un Ralf Scheepers en plena forma.
El domingo 11 de octubre, media Valencia estaba disfrutando de un largo puente y la otra media se acercaba al Roig Arena. Bueno, al menos eso parecía si te dabas una vuelta por los alrededores del recinto, donde se formaban largas colas de gente. Eso sí, había pocas camisetas negras, y es que aquella tarde, además del concierto de Primal Fear en el Auditorio Roig Arena, también actuaba Dani Martín. Dos públicos bastante diferentes compartiendo espacio y fecha.
Los encargados de abrir la velada fueron los madrileños Ankhara, que celebraban su 30 aniversario a golpe de power metal patrio. Por desgracia, un correo que no leí a tiempo me dejó fuera de su actuación hasta que ya estaban interpretando Acordes Mágicos, el último tema de su concierto. Una pena perderme el resto, aunque al menos pude llegar a tiempo para escuchar ese cierre.
Llegó entonces el turno de Primal Fear, que aterrizaban en Valencia para presentar su nuevo trabajo, Domination. El recinto merecía una entrada sensiblemente mayor, pero los allí presentes acudieron con ganas de fiesta y lo demostraron desde el primer segundo.
Tras un breve fragmento de We Walk Without Fear, la banda arrancó con Destroyer e I Am the Primal Fear, dos temas de su nuevo disco que dejaron claro que el material reciente tiene argumentos de sobra para convivir con los clásicos. Y eso que, entre las distintas vertientes que ofrece el metal hoy en día, el heavy metal más clásico y el power metal no son precisamente los estilos que más suelo escuchar. Pero al César lo que es del César: estos dos temas son auténticos temazos.
Bajo la atenta mirada del águila que protagoniza la portada de Domination, llegaron Final Embrace y Nuclear Fire. Dos canciones nuevas y dos clásicos en el balance inicial, con el marcador empatado y el concierto cogiendo velocidad.
A partir de ahí, el protagonismo fue para Ralf Scheepers. Desconozco cuál es su receta, pero se conserva en una forma física envidiable y mantiene un caudal vocal imponente. El frontman no dejó de buscar la complicidad con la audiencia, espoleando al personal a base de los habituales cánticos de «oe, oe, oe» para hacer a la audiencia parte activa del show.

Scheepers estuvo respaldado por Thalìa Bellazecca y Magnus Karlsson a las guitarras, André Hilgers a la batería y Dirk Schlächter al bajo, ocupando el puesto de Mat Sinner, ausente por las serias complicaciones de salud que le impiden afrontar giras y esfuerzos prolongados.

Esa conexión con el público se hizo especialmente evidente antes de King of Madness, cuando Ralf animó al público a corear los estribillos de la canción antes de arrancarla. Pero no fue la única noticia que dejó durante la noche. Si mi inglés no me falló, el vocalista también anunció que están trabajando en un nuevo álbum que verá la luz en abril y que volverán a visitar nuestro país. Una noticia que fue recibida con entusiasmo por el público, que parece tener ganas de volver a encontrarse con los alemanes.
Y llegó el momento de encender los mecheros. Bueno, de sacar los móviles y encender sus linternas, que para el caso vienen a cumplir la misma función. Así acompañó el público Fighting the Darkness, poniendo un poco de luz en el auditorio. También hubo tiempo para brindar entre banda y público, aunque con bebidas bastante diferentes a cada lado del escenario. Mientras la mayoría levantaba sus cervezas, Ralf Scheepers prefirió empinar el codo con una botella de vino blanco. Fue después de Far Away, momento que aprovechó también para presentar a los miembros de la banda.

Durante la ejecución de Metal Is Forever, Ralf bajó al foso para chocar manos con las primeras filas, sellando una actuación donde el contacto cercano fue una constante. Tras este tema, la banda hizo el amago de retirarse para regresar casi de inmediato con los bises: Angel in Black y Running in the Dust.

Fue durante esta última cuando se pudo ver a dos críos a hombros en primera fila disfrutando del concierto. Una postal que resume a la perfección la continuidad de la escena metalera, con nuevas generaciones creciendo entre riffs y estribillos.
En definitiva, un muy buen concierto de Primal Fear, con un sonido a la altura, un buen juego de luces que acompañó perfectamente cada momento y una banda que demostró por qué sigue siendo una referencia dentro del power metal europeo. Si a eso le sumamos un público de diez, entregado desde el primer momento pese a que el auditorio podría haber presentado mejor entrada, poco más se puede pedir. Puede que el power metal no sea lo que más escucho habitualmente, pero cuando tienes delante a una banda tan buena, con las tablas y la actitud de Primal Fear, solo queda disfrutar del espectáculo.







