Reseña: Meshuggah – Immutable

Casi seis años tras el apabullante The Violent Sleep of Reason, Meshuggah vuelven con Immutable y, ¿azares de la vida?, lo han hecho en abril de este año. 2022, el año en que íbamos a superar la pandemia y hemos acabado topando con la amenaza de una guerra mundial, pánico nuclear incluido. Eso por no hablar del auge internacional del fascismo, el inminente cataclismo climático o la sistémica crisis económica y precarización de la vida. En resumidas cuentas: Moloch y zozobra global. No lo sabíamos pero estábamos necesitando este disco.

Immutable, noveno larga duración de Meshuggah, ha sido compuesto y concebido en un período de crisis permanente. Thomas Haake, batería de la banda, afirma que el título del disco hace referencia al carácter imperturbable del que la humanidad hace gala frente a la catástrofe. La experiencia colectiva de la pandemia ha acabado demostrando que no solo no hemos mejorado, sino que somos lo de siempre: una especie abocada a la extinción por mérito propio.

Pero este es un disco que no solo va del apocalipsis y la temeridad humana, algo que los conocedores del sonido Meshuggah seguramente hayan captado a la primera. El álbum habla también de ese espacio deliberadamente acotado en el que la banda ha desarrollado su estilo durante 30 años. Un espacio pequeño y aparentemente imperturbable que ha permanecido siempre en los márgenes del metal extremo, siguiendo su propia lógica y sus propias reglas. La fórmula es harto conocida: una poderosa muralla de chugging riffs in your face, la rítmica basada en un contundente 4/4 envuelto – y retorcido – por polirritmos y estructuras sincopadas, el tono de las guitarras, las disonancias, los solos progresivos de Fredrik Thordendal. En Immutable los fans tenemos más de todo eso, más de lo de siempre. Bienvenido sea, porque eso es justamente lo que queremos y porque también sabemos que Meshuggah jamás entrega dos discos iguales.

La etapa inaugurada por Obzen, con un estilo aún más calculado y cerebral que el de discos anteriores, parece haber hallado su conclusión en este álbum. Tal es así que podría funcionar como una reflexión en formato sonoro sobre la propia trayectoria de la banda. Immutable recoge por un lado la inescrutable oscuridad de The Violent Sleep Reason y por el otro el groove de Koloss. Sin embargo, si el oyente escarba un poco más, encontrará elementos y pasajes que remiten a referencias más antiguas de la banda, como Destroy Erase Improve, Chaosphere, Nothing o incluso Catch Thirty-Three.

Hacía mucho que Meshuggah no sonaban tan directos. Los temas Ligature Marks, The Faultless o I am That Thirst son una buena muestra de ello e ilustran a una banda que no solo disfruta con lo que hace, sino que está haciendo lo que le da la gana. El sonido sigue siendo un mindfuck matemático pero en Immutable es mucho más orgánico y tiene un tono cinematográfico cargado de emocionalidad. Otro de los muchos mazazos del disco, el impresionante Armies of the Preposterous, es un excelente ejercicio de tensión y liberación, de dinámicas enfrentadas. La cualidad minimalista de las composiciones, junto al elaborado trabajo con texturas y harmonías, aportan atmósfera y pueden facilitar en el oyente un estado cercano al trance y a cierta sensación de liberación. Porqué no, estamos frente a las puertas del fin de los tiempos.

Por suerte para la banda, la pandemia y la ausencia de Fredrik Thordendal (solo presente con su aportación en unos cuantos solos) no han sido más que contratiempos que, de una manera u otra, han favorecido la concepción de un disco tan extenso como exhaustivo. Sin fechas de entrega de por medio y con medio planeta recluido, Mårten Hagström, Tomas Haake, Dick Lövgren y Jens Kidman han sabido beneficiarse de un ambiente propicio para un proceso creativo fluido y sin restricciones. Los casi 70 minutos de Immutable lo convierten en el disco más largo de su carrera y tal vez en un ejercicio extenuante para el público no iniciado. They Move Below y Black Cathedral, dos piezas instrumentales situadas a mitad del disco, dan cierto respiro – y expanden de paso el clásico sonido de la banda con trazas de stoner y de black metal (!!!) – pero no serán suficiente para aligerar el peso de este caudal sonoro.

Como con cualquier disco de Meshuggah, esta es música para saborear y para dejarse asombrar, hay que darle tiempo y prestarle toda la atención. Que podáis escucharlo de una sentada o no, es lo de menos. Hacedlo como os apetezca, os aseguro que merecerá la pena.