Del salvajismo de Biffy Clyro y la nueva era de Linkin Park: crónica a pie de foso de una jornada de supervivencia y rock.

Afrontamos la segunda jornada de O Son do Camiño con el termómetro marcando máximas de justicia. Para mí, en realidad, era la primera etapa del peregrinaje tras haberme perdido el día inaugural. Uno suele pensar de forma ingenua que al cambiar Valencia por Santiago el clima va a dar una tregua y el ambiente será más fresco, pero el asfalto gallego tenía otros planes. Bajo un sol abrasador, tocó aparcar donde se pudo y emprender la mítica subida al monte a pata, completando una vuelta bastante absurda antes de coronar la cima. Allí arriba cientos de personas uniformadas con camisetas de Linkin Park hacían cola bajo Lorenzo para asegurar la primera línea.

Una vez superado el control, la prioridad absoluta fue reponer líquidos y bajar directos al front stage. La maniobra no era solo para ver de cerca lo que se venía; por suerte para nuestra integridad física, el propio diseño del escenario principal obró el milagro proyectando un bendito oasis de sombra en esa zona, convirtiendo la espera en algo muchísimo más llevadero.

Foto: @susopardal

Con rigurosa puntualidad británica, saltaron a escena Corella. Los de Mánchester asumieron la difícil papeleta de abrir plaza ante una explanada que, en su gran mayoría, guardaba fuerzas para el cabeza de cartel. No es fácil defender tu repertorio cuando juegas en territorio ajeno, pero el cuarteto salió a morder respaldado por las canciones de su debut Once Upon a Weekend (2024). Con un sonido de guitarras muy fresco que cabalga entre el nervio de Franz Ferdinand, las atmósferas de Foals y el ritmo bailable de Bloc Party, la banda no tardó en hacer mover al público, logrando incluso que la pista corease el estribillo de Lady Messiah. Salieron victoriosos y con el trabajo bien hecho: más de uno, incluido yo mismo, ya los ha metido en su biblioteca de Spotify.

Curiosamente, mientras Corella aún estaba repartiendo guitarrazos, el foso del escenario contiguo ya estaba cogiendo volumen por su cuenta. Una congregación de público notablemente más joven llevaba rato ocupando posiciones, esperando a D.Valentino. Cuando llegó su turno, el artista demostró por qué es uno de los valores al alza del panorama urbano. A base de R&B contemporáneo y trap melódico, levantó de inmediato un karaoke generacional en el que los asistentes no pararon de corear ni una sola letra, cerrando su paso por el monte con las bases de Prettygyal.

@susopardal

Justo después nos tocó el turno a los que fuimos jóvenes en los 2000, esa época en la que nos criamos quemando el ordenador bajando canciones de eMule que tardaban una eternidad en completarse. Los californianos Hoobastank salieron a escena y a su cantante, Doug Robb, se le vio unas cuantas veces mirando descaradamente el móvil que tenía en el suelo, de fijón, suponemos que para no colarse con alguna letra. Abrieron el recital con clásicos como Same Direction y aprovecharon para colar su nuevo single, How do you sleep?. El subidón llegó al final con sus dos mayores bombazos: The Reason y Crawling in the Dark. Como era de esperar, en cuanto sonaron los primeros acordes de The Reason, todo el mundo sacó el móvil para grabar y cantar el tema a grito pelado.

 

Tocaba cambiar de escenario y para mi sorpresa acabé en primera fila justo en el lado en el que se coloca Simon Neil de Biffy Clyro, mi banda favorita. Aún faltaban dos conciertos para que salieran los escoceses, pero yo tenía clarísimo que de ahí no me iba a mover ni con agua hirviendo. Así que me tocó disfrutar en primera línea de Niña Polaca, que venían a presentar su último trabajo, ¿Dónde está la ONU cuando más la necesitas?.

Foto: @susopardal

Poco a poco el front stage se fue llenando de fans del grupo, que desplegó ese indie rock de tintes garajeros, con guitarras sucias y letras muy directas que invitan a desgañitarse. La gente no paró de cantar ni una de sus canciones: cayeron temas como Travieso, Policía – Hachís o Suena Abba cuando enciendes el motor. Los primeros pogos del día, todavía un poco tímidos, llegaron con el ritmo más acelerado de Los días malos y terminaron de cerrar el concierto por todo lo alto con Mucho tiempo contigo.

El concierto de Sexy Zebras reunió a un montón de gente con ganas de pasárselo bien. Me encantan los grupos que no se toman en serio a sí mismos, y los madrileños son el ejemplo perfecto de banda que sale a disfrutar al escenario. Ofrecieron un despliegue tremendo de riffs de guitarra, letras absurdas, fiesta y hasta pirotecnia. Empezaron el bolo invitando a todo el mundo a moverse con Bailaremos y continuaron con Mañana no existe. Daba igual si estabas alegre o triste, ese concierto había que estar allí para vivirlo. Por desgracia para mí, lo tuve que ver a través de las pantallas del escenario de al lado; es lo malo de no tener photopass, que uno tiene que ingeniárselas para buscar buenos sitios desde el público para fotografiar a los artistas. Menos mal que estábamos en buenas manos y @melaniesilvaphoto se encargó de cubrir las fotos de este concierto. Tras el momento surrealista de cantarle el cumpleaños feliz al padre de Gabi Montes por teléfono, el público terminó de volverse loco con el fuego de Jaleo. Se estaba quedando una noche perfecta para los pogos, y en este concierto hubo unos cuantos pogos serios, sobre todo con Pogo. Para cuando cerraron el concierto con Tonterías, el foso ya era un hervidero. Es una banda que, sin duda, me apunto para ver de cerca en el futuro y no a través de una pantalla como me tocó esta vez.

Y por fin llegó el turno de mis Biffy Clyro, para mí el mejor concierto de todo el festival. Simon Neil ya había avisado de que en esta nueva etapa de directos iba a haber más salvajismo («There’s gonna be some gnarliness»), y vaya si lo cumplió. Empezaron como en los viejos tiempos, reventando el escenario con The Captain para continuar del tirón con That Golden Rule. Su energía brutal se trasladó de inmediato al público, al que vi muchísimo más enérgico que en el concierto que dieron en Valencia; e incluso en el foso se notaba la comunión, con los fotógrafos moviendo la cabeza y cantando los temas por lo bajini mientras disparaban. Todo esto pese a que venían con formación tocada, ya que su bajista, James Johnston, sigue de baja y tuvieron que defender el directo con Naomi Macleod a las cuatro cuerdas, que ya empieza a ser una veterana girando con los escoceses.

Foto: @susopardal

No sería hasta la quinta canción cuando interpretaron algo de su último disco, tocando A Little Love seguida de Goodbye, una canción destinada a ser un nuevo himno. Pero la verdadera sorpresa de la noche llegó cuando se marcaron Cop Syrup: es la primera vez que la veo en un setlist y es un temazo increíble lleno de contrastes, que pasa de una fuerza y una tralla brutales a un ambiente superatmosférico. Con casi una hora de concierto a mis espaldas, me tocó desplazarme al escenario de al lado, donde me esperaba mi mujer en segunda fila. Fue facilísimo encontrarla: era la única persona que saltaba y cantaba en medio de una marea de camisetas de Linkin Park. Una vez reunidos, ya éramos dos dándolo absolutamente todo mientras a nuestro alrededor nos miraban raro.

Terminaron diez minutos antes de lo previsto según los horarios oficiales, cerrando la traca con Bubbles y Many of Horror. Seguro que mucha gente que fue al festival solo para ver a Linkin Park se ha llevado un descubrimiento brutal con Biffy Clyro. Lo dieron todo y sonaron de fábula. Una cosa es escucharlos en casa y otra muy distinta verlos en directo.

Y por fin llegó el momento que todo el mundo estaba esperando, el motivo real por el cual se hizo el primer sold out de los tres días de festival: Linkin Park. La espera de una media hora se hizo larguísima, y más si a falta de diez minutos parece que van a arrancar y en su lugar te encasquetan el tráiler de Unshattered, la película sobre la banda dirigida por su propio DJ, Joe Hahn (a quien, por cierto, antes del concierto se le pudo ver por el foso de prensa sacando fotos o grabando vídeos en la zona de restauración). Después del tráiler, metieron una cuenta atrás de otros diez minutos que se hizo eterna. Uno no sabe muy bien con qué se va a encontrar con ellos, ya que en cada concierto cambian el setlist, tanto en las canciones que eligen como en el orden.

Foto: @susopardal

Tras un rayo láser en el centro del escenario que encendió a la gente, la banda entró en escena con Lying from You para seguir del tirón con Crawling. Las primeras canciones no se escucharon del todo bien por problemas de sonido, pero lo arreglaron enseguida. Los temas de su nuevo disco fueron acunados de lujo por el público, tal y como se demostró con The Emptiness Machine, con la que terminaron el primero de los cuatro actos en los que dividen el directo. Continuaron con una de mis canciones favoritas, The Catalyst, bañando a todo el mundo con confeti. Se veía a un Mike Shinoda muy sonriente, feliz de volver a girar; un Shinoda que se vino arriba, se fue al escenario de al lado en With You y luego se bajó al foso a saludar a los fans y regalar una gorra firmada. Terminaron el segundo acto con One Step Closer. El acto tres comenzó con una versión corta a piano de Lost con Mike y Emily Armstrong, un momento muy emotivo que enlazó con Breaking the Habit, Good Things Go y What I’ve Done, siendo este el bloque más corto de la noche.

El cuarto acto arrancó con Overflow acompañada de unos audiovisuales sencillos pero que encajaban a la perfección, y desde ahí la gente ya se volvió loca encadenando Numb e In the End, cantadas de principio a fin. Tampoco pudieron faltar Faint y Papercut para enlazar con Heavy Is the Crown y terminar reventándolo todo con Bleed It Out. Tengo amigos que vieron el concierto desde el anfiteatro y les pareció un poco soso; desde luego, no fue para nada lo que yo viví desde la segunda fila. Emily Armstrong me parece perfecta para esta nueva etapa de Linkin Park: canta, toca la guitarra y hasta se atreve con la batería. Su momento álgido de comunión con los asistentes llegó cuando salió al escenario con la bandera de Galicia.

Y con esto, para mí, llegó el final del segundo día de O Son do Camiño. Casi doce horas de pie, bajo el sol y aguantando el tipo con solo una botella de agua; un día muy duro pero que valió muchísimo la pena. Los que aún se quedaron con ganas de más terminaron en manos de The Bloody Beetroots DJ Set. Para mí, era el momento de emprender la retirada, intentar llegar vivos al coche y poder descansar de una vez, que uno ya tiene una edad.