El pasado 17 de septiembre tuvo lugar el estreno a nivel mundial de Live at the Circus Maximus el último álbum en directo de David Gilmour.
El genio y maestro es una de las piezas vitales y esenciales de uno de los grupos más importantes que ha dado la música y la historia. Y no estrenó el concierto de cualquier manera, ha decidido proyectarlo por tiempo limitado (solo 5 días) en cines por todo el mundo justo un mes antes de su salida, que tendrá lugar el 17 de octubre. Por lo que me siento en parte privilegiado, ya que es algo que no podrás volver a hacer.
Ya os aviso que ver un concierto así en un cine, no es algo muy parecido a nada, es una experiencia increíble.
![]()
![]()
Debo reconocer que Gilmour es mi Paul McCartney para los Beatles, es decir, mi favorito de los cuatro componentes de Pink Floyd, la inyección perfecta de alma, sensibilidad y maestría para un grupo mastodóntico y único.
Pink Floyd es uno de esos grupos, al igual que Queen o Beatles (por citar dos y no extenderme demasiado), que han creado algo único, legendario, excepcional, exento de comparaciones, han inventado su propio estilo y han creado una influencia masiva en la historia de la música.
Entendiendo este concepto que para mi es muy importante detallar, hay que entender que estás viendo un concierto de un señor de 79 años que es pura magia y talento. Él y su banda crean lo que yo humildemente bauticé al acabar el concierto, como «belleza absoluta y constante sobre un escenario».
Él y su banda crean lo que yo humildemente bauticé al acabar el concierto, como «belleza absoluta y constante sobre un escenario».
La película empieza con un pequeño documental de la banda en gira y muestra los gigantescos preliminares previos a un concierto que se celebra nada más y nada menos que en el histórico «Circus Maximus» de Roma (Italia). Para los que no lo sepáis, este recinto fué el primer hipódromo romano, considerado el más grande estadio de la época, donde se celebraban diferentes juegos públicos y eventos masivos en la antigua Roma. Y todos sabemos que David Gilmour, se puede permitir tocar donde él quiera y crear un concierto espectacular en el recinto que se le antoje, porque un concierto así tan único y especial, que se celebre en un sitio mágico e histórico como este, es todo un regalo.
Comienza el concierto y se ve a un gato recorriendo diferentes calles y espacios del estadio y de Roma, captando tu atención hasta que aparece ese mismo gato en forma de pegatina sobre la icónica guitarra «Black Strat» de Gilmour, mientras suena la primera de las 23 canciones que contiene esta maravilla de concierto, que es 5 A.M.
Gilmour es el jefe, a mi entender, de los solos épicos sobre orquestaciones, que tanto han influenciado a tantos guitarristas en la historia del rock, del progresivo y de lo sinfónico. Sabe darte en la fibra más sensible, sabe hacerlo, y además la delicadeza con la toca cada nota no la encuentras todos los días en músicos en general.
Después de la emoción que tiene ver abrir un concierto así, delante de 18.000 personas, continúa con otra introducción Black Cat y Luck and Strange que da título a su último trabajo en estudio. El sonido es impecable, y la banda que está compuesta por casi 10 personas, impone mucho, porque el nivel de musicalidad que estás presenciando es estratosférico.
Le llega el turno a uno de los momentos de más ovación de la noche, el recuerdo a Pink Floyd y al Dark Side of the Moon con Breath (In the Air), (Time) y Breath (Reprise), memorable.
Gilmour habrá interpretado estas canciones cientos y cientos de veces, además, editadas en la gran mayoría de los discos en directo que ha publicado en solitario, y sin saber muy bien cómo lo hace, siempre dá a mi entender, una energía nueva y fresca, haciendo sonar de nuevo, algo que ya es mágico de por sí.
Recuerdo a todo el mundo en el cine aplaudiendo de emoción, como si de repente estuviéramos todos los presentes en Roma, viendo este show privilegiado.
El recuerdo Floydiano sigue con Fat Old Sun y Marooned pero, queridos amig@s, llega el momento donde la emoción estalla de verdad, el Circus Maximus romano al completo canta y corea al unísono Wish You Were Here. Podría darte mil detalles de lo que significa esto, pero creo que sobran las palabras. Un himno de esta magnitud cantado por casi veinte mil personas a la vez. Recuerdo a todo el mundo en el cine aplaudiendo de emoción, como si de repente estuviéramos todos los presentes en Roma, viendo este show privilegiado.
Cuando caigo en pensar que el concierto quizás pueda tener momentos menos significativos o bajos de intensidad por canciones no tan conocidas en el repertorio, es cuando me equivoco y me doy cuenta de que eso no va a pasar.
Seguimos con canciones nuevas de Luke and Strange con la introducción Vita Brevis y es cuando llega un momento para mí muy emotivo y especial, que aportó un toque más de humanidad y belleza al show.
David Gilmour presenta ante la multitud (sonriente y notablemente emocionado) a su hija Romany Gilmour, que toca el arpa y canta una preciosa y profunda canción que es Between Two Points. La delicadeza de la voz de Romany es igual a la de su padre tocando su guitarra, elegante y emocionante.
La última canción del primer set del concierto llega para mí en forma de regalo, (uno más de los muchos que ya nos han dado) donde ya afloran las lágrimas. High Hopes de Pink Floyd. Una canción que de por sí, es impactante, pero que la saben dar una vuelta de tuerca más y la hacen sonar impecable. Espectacular.
El segundo set del concierto comienza, de nuevo impactante con Sorrow y con la contundente The Piper’s Call de nuevo con la voz de Romany Gilmour. Me llama la atención el groove tan impecable que consigue la banda en general durante todo el show, enorme en general y las coristas (cuatro en total) que hacen un trabajo excelente.
A Great Day for Freedom y In Any Tongue preceden al momento que para mi, es el que más me impactó y por el cual, mereció la pena ver toda esta maravillosa majestuosidad de música y magia sobre un escenario.
De repente el show se convierte en algo más íntimo y reducido, con velas alrededor de un piano, las 4 coristas y Gilmour.
La directora de coro toca al piano los primeros acordes de The Great Gig in the Sky de Dark Side of the Moon dirigiendo la parte coral (incluyendo a la hija de Gilmour), y sin esperarlo cantan exactamente la misma voz estremecedora e improvisada cantada por Clare Torry en 1973, armonizando a cuatro voces todas las partes exactas de la canción. Qué rendición más increíble y extraordinaria. Reconozco que me emocioné, y mucho, es algo espectacular y conmovedor ver algo así.
Después de A Boat Lies Waiting en el mismo formato íntimo y personal, el show continúa con la maravillosa Coming Back to Life de Pink Floyd.
El último set del concierto termina con las tres últimas canciones del álbum Luke and Strange que encajan muy bien y cierran el repertorio de manera impecable. Dark and Velvet Nights, Sings y Scattered.
El concierto cierra, como no podía ser otro de otra forma, con Comfortably Numb de The Wall, nos deja exhaustos de emoción y aplaudiendo ante lo que acabamos de presenciar, con el icónico solo final de Gilmour, haciendo chillar y cantar a su guitarra como solo él sabe hacer.
Un concierto extraordinario, impecable en cuanto a sonido, imagen y producción, unas voces en general angelicales, incluyendo la de Gilmour, una banda excelente y un regalo en conclusión para los oídos y sobre todo para el alma.


