Gutalax paran en Murcia: somos lo que cagamos, y se festeja
«Hasta dónde ha llegado el fenómeno de esta gente haciendo la música que hacen… Inverosímil», me decía textualmente, con grata sorpresa, un amigo de lo extremo que se disponía a verlos en Granada, tras preguntarme qué tal había ido el bolo por Murcia la noche anterior.
Y la observación no era gratuita: Gutalax venían encadenando sold-outs en su extensa gira de octubre por salas españolas de pequeño y mediano formato. La parada en la capital murciana tampoco iba a ser una excepción.
Aquel jueves 15, la Sala Spectrum acogía una cita cuanto menos estrambótica para cualquier transeúnte ajeno al asunto: nada menos que una descarga de gore’n’roll checo y un despliegue de escobillas del váter en alto (a estrenar, esperemos).
Incordian y Avlak serían los encargados de abrir la velada.
Incordian + Avlak calientan el terreno
Venidos de tierras manchegas, Incordian tuvieron la siempre difícil tarea de despertar al público, siendo los primeros en romper el hielo a galope de un sonido crossover con ramalazos que por momentos me recordaron a criaturas del bestiario estatal del palo de Vita Imana, Brutal Thin o Ktulu.

Buena parte de su repertorio estuvo dedicada a De-Mente (2025), su primer álbum de larga duración. Entre tanta tralla y distorsión, tampoco falta una fuerte vena cómica que caracteriza su propuesta, como dejaban entrever los cortes Muerte x Churro o Thrashtornados. Personalmente, Abono Infecto fue uno de esos temas que me apunté para rescatar después en casa.

El relevo llegó de la mano de los jóvenes madrileños Avlak, que trajeron consigo un ejercicio de ‘thrasheo’ fresco e insaciable. Si disfrutas de Death Angel o Havok, resulta difícil no engancharse a su sonido, con ese espíritu tan The Art of Partying, a lo Municipal Waste, que transmiten. O su peculiar manera de entender un villancico, con Krampus.

Con Blasphemous (2025) como trabajo más reciente, apostaron por un estilo en el que el thrash y el death metal se daban la mano. Su vocalista, además, no parecía dispuesto a conformarse con la primera línea de asistentes, insistiendo en que quienes permanecían de mitad de sala hacia atrás se acercasen al escenario. ¡Que no comían!
Y, como en la «crónica de una defecación anunciada», la oportuna camiseta de Pink Flamingos que lucía su cantante ya presagiaba la oda escatológica que todos aguardábamos.
Gutalax: el desmadre esperado
Supongo que la procedencia de una banda o las etiquetas con las que pretendamos clasificar su música importan bastante poco cuando su propuesta habla el idioma universal del culo.
El cuarteto por el que estábamos esperando ya se había dejado ver de paisano durante el soundcheck, dejando constancia de que las cuerdas estaban tensas y recias como sogas de barcos, las baquetas listas para repartir blast beats a diestro y siniestro y los gorrineos perfectamente afinados.
Más tarde, al ritmo de Ghostbusters, los checos bajaron por la escalera que comunicaba el backstage con el escenario. Desde lo alto de aquella misma escalera, los chicos de Avlak contemplaban después el concierto como desde un púlpito improvisado.
Vamos al lío.
Abrir con Assmeralda es ir a lo seguro. Que luego se atrevan a decir que los metaleros no saben mover las caderas o que no les gusta hacerlo.

Globos y preservativos hinchados revoloteaban sobre las cabezas del público, que se los iba pasando de un lado a otro. Tampoco faltaban los rollos de papel higiénico listos para ser lanzados a modo de serpentinas, ni tres o cuatro individuos enfundados en sus EPI, autoproclamados gestores de pogos. Estos últimos se tomaron muy profesionalmente la tarea de mantener despejado el espacio necesario para desencadenar los brincos y zarandeos que cada nuevo corte prometía descargar sobre nuestras vértebras.
Y vaya si lo consiguieron. Con Nosím místo ponožky kousek svojí předkožky y Poopcorn no solo se puso a prueba el cardio, sino también las habilidades de patinaje del público: desde la primera canción, el parqué de la sala ya se había convertido en una pista resbaladiza a base de restos de papel higiénico y cerveza derramada.

En lo estrictamente musical, casi la mitad del repertorio estuvo protagonizado por temas de The Shitpendables (2021), último álbum de estudio de la banda hasta la fecha. Tampoco faltaron cortes del split con Spasm (2017), como Fart and Furious o Total Rectal, ni de sus primeras grabaciones de Telecockies (2009), entre ellas Šoustání prdele za slunné neděle.
Aunque quedaron fuera algunas joyas como Robocock o Sex, Drugs and Fecal Gore, hubo hueco para We Are What We Shit, el sencillo más reciente de Gutalax, que inspira el titular de esta crónica. Una declaración de intenciones que resume bastante bien la filosofía de lo que aquella noche se celebraba.
El cuarteto también tuvo tiempo de demostrar su supuesto virtuosismo interpretando nada menos que un cover de Meshuggah. O eso anunciaron, porque la prometida exhibición técnica se despachó en apenas unos segundos con Kocourek Mourek podráždil si šourek, una broma recurrente en sus directos que, por su brevedad, bien podría competir con el mítico You Suffer de Napalm Death.

Otro de los grandes momentos de cabeceo frenético llegó con Diarrhero, esa brevísima epopeya dedicada a su antihéroe definitivo, que podría dejar en mantillas al mismísimo Superman. Y que nadie confunda tampoco a Buttman con Batman, aunque suenen igualico: el primero también se dejó «oler» en el repertorio, por supuestísimo.
Qué decir de Vaginapocalypse. No sabría cómo explicarle a alguien de mi entorno las ganas que tenía de gritar «No, it’s my vagina!» en directo sin que me mirara raro. Llevaba esperando ese momento como agua de mayo desde que flipé con el despropósito potencialmente verbenero de estos individuos hace un año, en pleno ‘Resu’ 2025, a las cuatro de la tarde.
Y si todavía quedaba alguna cervical indemne, Fart and Furious se encargó de ponerla a prueba con otro intento de wall of death que resultó aún más divertido por la descoordinación y torpeza de los participantes en un espacio reducido.

Tampoco podía faltar Shitbusters, con algún que otro crowdsurfing previo, incluido el de un servidor, que aprovechó para comprobar cómo se contemplaba el inminente nuevo pogo desde una perspectiva lo suficientemente elevada como para considerarse carne de cañón. Hubiera estado feo quedarse con las ganas.
Finalmente, la ¿entrañable? versión de Old MacDonald Had a Farm, titulada Strejda Donald (sí, sí, la de «En la granja de Pepito, ia-ia-oh» aquí en España, pero plagada de cerdos y sapos hasta el apuntador), remataba la faena convirtiéndonos en alumnos de una granja escuela que respondíamos como posesos al guarrido de nuestros instructores.
Más allá de la mierda
El metal no siempre tiene que ser algo que tomarse en serio. Hay bandas que tampoco pretenden que lo hagamos y cuyo principal atractivo no reside necesariamente en ofrecernos una obra maestra, sino en proporcionar una buena dosis de diversión pegajosa. Y Gutalax esta fórmula se la sabe más que nadie.
Porque, más allá de la escatología y el evidente absurdo que impregnan su espectáculo, estos checos han conseguido convertir su particular visión del grindcore y la técnica nasal porcina en una celebración colectiva de moda. Una fiesta en la que nadie parecía demasiado preocupado por encontrar un significado trascendental a lo que estaba escuchando, ni mucho menos por sentirse ofendido por versos cuya traducción es inexistente.
No en vano, como bien insistía Maty en su constante mofa hacia sí mismos («We are a boy band of Czech Republic and we play disco music and we love dancing»), aquello no dejaba de ser, pese a la rudeza del espectáculo, una fiesta de discotequeo. Tampoco faltaron esos aperitivos musicales ochenteros que acostumbran a intercalar en sus conciertos, en la línea de Celebration, de Kool & The Gang, o I’m So Excited, de The Pointer Sisters, ya sea entre canciones o a modo de bienvenida y despedida.

Todo ello, sumado al ridículo desgaste físico tras cerca de cincuenta minutos, dejaba una curiosa sensación de paz y satisfacción. Cada cual regresaría a casa para continuar con su vida al día siguiente, deleitado (dignidad y cordura aparte) por una banda de éxito improbable y, al parecer, necesaria entre tanto politiqueo y la oscuridad a la que nos tiene acostumbrados el metal extremo.
Murcia volvió a demostrar que es un destino seguro para estas extravagancias dentro del ecosistema underground. Para los despistados que no consiguieron entrada o aquellos que quieran repetir, los Gutalax ya están confirmados para la próxima edición del Leyendas del Rock (Villena, Alicante), en agosto de 2027.









