Crónica | Viva Belgrado y Boneflower en Madrid

Si de algo sé es de pasión, de dejarte la piel en lo que haces incluso cuando duele. Hay muchas cosas que me llenan en esta vida, muchas cosas en las que invierto mi tiempo y esfuerzo, pero la música va mucho más allá. Para mí, lo es todo; no recuerdo un momento en el que no me haya acompañado. De alguna forma u otra, toda mi vida gira en torno a ella y no querría que fuese diferente. Y es que me encanta la música en todas sus formas, pero vivirla en directo es de las mejores sensaciones del universo. A los pies del artista, bajo las luces que contornean su silueta e instrumento, no puedo evitar emocionarme. Me parece mágico lo que sucede sobre el escenario; la complicidad instantánea que se materializa en la sala entre nosotros (el público) y ellos (el artista, tan lejano y cercano a la vez). Pero como en todo, hay canciones y conciertos que se sienten y se viven de manera distinta y yo sabía que el de Viva Belgrado y Boneflower en Madrid el pasado 2 de febrero iba a ser más que especial.

En la calle ya se había formado una cola considerable cuando llegué antes de que abrieran las puertas. Con el sold out anunciado hacía apenas unos días, la gente no esperó hasta el último momento para agolparse a las puertas de la sala La Paqui y se notaban las ganas de ver a ambos grupos. Boneflower empezó y acabó su set con la fuerza de un ciclón que entró en la sala, nos despeinó con violencia y se marchó casi sin despedirse. Y fue una pena que tuvieran tan poco tiempo para deleitarse en sus hipnóticos vaivenes sobre el escenario y esas piruetas casi mortales porque el pésimo sonido (especialmente en la parte vocal) nos dejó con un amargo sabor de boca. Entre la desbordante distorsión de las guitarras apenas se podía distinguir la voz de Eric, que para nada se queda corta en potencia o rango cuando las condiciones técnicas de la sala están a la altura del directo.

Con un setlist similar al que tocaron hace unos meses en la sala El Sol, volví a encontrarme en esa burbuja nostálgica con Saltpeter y su “Nothing feels the same”, que da igual cuántas veces lo grite que siempre se sentirá igual de amargo. Entre tanta efervescencia, también hubo algo de pausa con Boötes, cuyos acordes dulces y agudos siempre consiguen tranquilizar a un público que no puede evitar quedarse en silencio admirando cuando llega este impasse. Tampoco dejaron de lado su último trabajo Dolor / 遠来 con El Escondite y el viaje emocional que representa esta propuesta más indie entre tanto screamo, que además tenía sentido tocar compartiendo cartel con quienes son inspiración de ésta. Para cerrar, Aching Absence terminó por reventar el escenario casi como si estuviera rindiendo homenaje a todas las bandas –como La Dispute, que tanto resuenan entre sus versos– de las que ambos grupos han bebido en la composición de sus temas.

A pesar de las dificultades técnicas que, sin duda, mermaron la experiencia tan increíble que es ver a Boneflower sobre el escenario, el trío supo anteponerse a ello y dar lo mejor de sí con un instrumental casi impecable y una energía que a más de un grupo le falta. 

El tiempo pasa y las cosas cambian y con la música ocurre lo mismo pues siempre se encuentra en continuo movimiento, fluyendo y evolucionando con nosotros. Entiendo que cuando un grupo empieza a adentrarse en otros estilos y géneros y se desvía de los sonidos que tanto nos gustan para explorar nuevas formas y medios, es difícil de frenar ese sentimiento de rechazo que nos empieza a nacer. Y es que somos animales de costumbres y nos gusta sentirnos seguros. Así que no me parece injustificado que algunas personas ya no se vean entre el público de Viva Belgrado, gente que conoció a la banda con la visceral Flores, Carne y que ahora no sabe bien qué hacer con las formas disruptivas de Cancionero de los Cielos. Pero esto probablemente no sea sorpresa para la banda, ni tampoco algo malo porque al final la música tiene vida en sí misma y también necesita crecer. Y en este concierto de presentación se pudo ver con gran descaro la madurez y el crecimiento –tanto emocional como musical– que han tenido durante los cuatro años de sequía entre Bellavista y este último trabajo. 

Desde el sold out en una sala considerablemente grande –para un grupo que viene de tocar en casas okupas y que ahora tiene su propio sello, esto es fuerte–, hasta la gran pero sencilla puesta en escena; con el azul siendo el leitmotiv de la noche, entre el cielo algo nuboso en la pantalla y las rosas tintadas a los pies de la banda que me recordaron a un altar de Semana Santa aunque realmente fuese un guiño al vídeo de Elena. Quizá todo se sintiese forzosamente producido, pero la esencia de lo que es Viva Belgrado seguía estando bajo aquellos focos y eso es lo verdaderamente importante. 

Perfect Blue fue la elegida para abrir el set y aunque la elección era buena, el sonido aún seguía siendo pésimo y la voz se escuchó tan mal que hubiera agradecido un bis con el tema para poder recordarla como se merece. Y es que ya desde el primer segundo nos dejaron ver que aquella noche nada se había dejado al azar y que empezar con una canción que pide “Para terminar, déjame intentarlo una vez más” tiene su por qué. Como ya anunciaron en Instagram, habría colaboraciones y, aunque la de Erik Urano y Sara Zozaya –los 40 segundos más tiernos y bonitos de la noche envueltos en el terciopelo de su voz– eran las más esperadas y evidentes, creo que la que más nos sorprendió fue la de Eric de Boneflower que gritó algunos de los versos en El Gran Danés (y esta vez sí se pudo apreciar bien la increíble voz que tiene). Aunque tocaron Cancionero en toda su totalidad, también revisitaron antiguos temas de toda su discografía como Una Soga, Cerecita Blues, Annapurnas –que jamás me cansaré de escuchar en directo porque cada vez la tocan mejor–, Un Collar –recordando que no es la primera vez que coquetean con sus raíces andaluzas– y Un Relato. En el ecuador del concierto Vernissage –en la que Cándido cambió la guitarra por el sinte–,  Chéjov y las Gaviotas y Gemini –ambas explosivas y llenas de fuerza– cobraron vida y sus letras retumbaron en la sala con los coros de un público que se sabía las canciones como si no tuvieran tan solo dos semanas de vida.

Es en la segunda mitad del setlist donde para mí empezaron a mostrarse vulnerables de verdad, dejándose ver entre lo que para alguna gente podría ser pretensión y algo de postureo. Llegó el momento de las canciones que yo creo que más definen la esencia del grupo y que aunque la forma es más que evidente que es diferente en este disco, el contenido sigue siendo el mismo al de sus primeros trabajos. Aquí es donde cobran sentido mis palabras del principio y es que si de algo sabe Viva Belgrado, al igual que yo, es de pasión y estoy fervientemente convencida de que la música también lo es todo para ellos. Por eso sus canciones siempre se han sentido como un espejo para mí, reflejando de vuelta todo aquello que me quita el sueño. Cuando empezaron a sonar los primeros acordes de Ranchera de la Mina, estalló un rugido por parte del público y se escuchó desde el fondo un “¡Viva Córdoba!” que llegó hasta el escenario como una ola. La voz pausada de Cándido se vio arropada por el coro del público que no dejó ni una palabra sin cantar, inevitablemente emocionando al cantante mientras desnudaba su alma bajo los focos con la tan sincera pregunta retórica “¿Y si no sé volver?” La esperadísima transición a El Cristo de los Faroles cayó sobre nosotros como una tormenta, con las guitarras distorsionadas rugiendo en el compás de una increíble percusión y las luces cegándonos como si fueran destellos de relámpagos. En el puente, con el bajo como colchón, la gente empezó a recitar “Lo he tenido todo, lo dejé caer y ahora me encuentro en un pozo sin fondo” antes de que volviera a entrar la voz y el impecable solo de guitarra de Jaime. 

Con Saturno Devorando a Su Hijo lloré, pero fue más ese llanto que te sale de pura rabia y frustración, más que de pena. Y es que esta canción define a la perfección lo que es amar la música, lo que es darlo todo y sentir que estás gritando a la nada, la desesperación de entregarte en cuerpo y alma a algo que te llena y vacía a la vez. Aunque pueda pasar algo más desapercibida entre otros temas del disco, creo que ésta es el hijo perfecto de todos sus anteriores trabajos y los nuevos sonidos que están conformando su “nueva” música, tanto instrumentalmente como en letra (además de que vocalmente resuena bastante a sus inicios de garganta desgarrada); y en directo es simplemente exquisita. Entre aplausos, Cándido gritó fuera del micro –como hace en Ravenala– y la gente con él, para después pronunciar la sobrecogedora confesión “A veces miro al cielo y pienso que creo que odio la música”. Elena Observando la Osa Mayor trajo la calma a una noche de emociones a flor de piel y, con su bajo acompañando los oníricos acordes de una guitarra que sustituyó al sinte en su versión en directo, la gente volvió a dejarse la garganta pero esta vez repitiendo la desgarradora pregunta “¿Y si no te vuelvo a ver?” Aquella propuesta instrumental, donde la ausencia de guitarras ya no era lo importante si no la sinceridad de la melodía, nos llevó desde Madrid hasta todos los puntos del planeta y del universo.

Y de Cancionero viajamos en el tiempo a los inicios, a Flores, Carne y la insuperable Báltica, sobrecogedora a todos los niveles de principio a fin, incluso más en directo si es eso posible. No puede existir una sin la otra y así siguieron con De Carne y Flor, al igual que parece que no puede haber una Ranchera sin su Cristo. Ahí estaba otra vez, la desgarradora certeza de lo que conlleva amar la música, en los versos “Es el precio a pagar por estas canciones” que todos coreamos como si fueran nuestros. Antes de acabar con El Gran Danés y Ravenala, que parece que aún no ha encontrado ninguna otra canción que la desbanque en ser el broche de oro para cerrar el setlist, tocaron Un Tragaluz, con un Cándido seguro en una vocalización afinada y certera y una percusión que en directo me pareció mucho más redonda que en disco. También sorprendieron con Más triste que Shinji Ikari, que no suele llegar a los escenarios a pesar de que su versión live (más chill, más rapeada que hablada en sus atropellados versos) también tiene su rollo y que supuso un descanso agradecido entre tanta visceralidad.

En parte el concierto se sintió como una confesión enmascarada, dicha con violencia y poco cuidado, como si gritándola tuviera menos peso. Cuando en Vernissage Cándido cantó “Ya no sé si soy capaz de volver a emocionar con una canción”, no podría estar más equivocado porque, con las manos sobre el escenario sintiéndolo vibrar y los ojos cerrados como si estuviera rezando al mismo Cielo que parece bendecir este ecléctico disco, yo sí me emocioné y conmigo, estoy segura, las mil personas que aquella noche fuimos testigos de cuán importante es la música.